• Pio XII

¿Qué jardinero expondrá a las tempestades una planta de valor?

Actualizado: hace un día


¿Qué jardinero expondrá jamás a las tempestades una planta de valor, pero aun tierna para una robustez que todavía no posee?

La virginidad es una virtud difícil: para alcanzarla no basta un firme y expreso propósito de renunciar absoluta y perpetuamente a los deleites legítimos del matrimonio, es también necesario refrenar y moderar los rebeldes movimientos del cuerpo y del corazón con una continua y vigilante lucha, huir de los atractivos del mundo y superar los asaltos del demonio. ¡Cuán verdaderas son las palabras del Crisóstomo: La raíz y los frutos de la virginidad es una vida crucificada! (74). La virginidad, según San Ambrosio, es como un sacrificio, y la virgen es hostia de pureza y víctima de castidad (75) Más aun, San Metodio, Obispo de Olimpo, compara a quienes son vírgenes con los mártires (76), y San Gregorio Magno enseña que la castidad perfecta sustituye al martirio: Aunque falta la persecución, nuestra paz tiene su martirio; porque si no ofrecemos nuestro cuello al hierro, damos muerte con la espada del espíritu a los deseos carnales de nuestra alma (77). Por tanto, la castidad consagrada a Dios exige almas fuertes y noble preparadas a luchar y vencer por el reino de los cielos (78).

Los medios que el Divino Redentor nos recomendó para salvaguarda eficaz de nuestra virtud son la asidua, vigilancia para hacer con diligencia cuanto esté en nuestra mano, y la oración constante para pedir a Dios lo que, por nuestra debilidad no podemos alcanzar: Velad y orad para que no caigáis en la tentación. El espíritu está pronto, pero la carne es flaca (84).

Esta vigilancia en todos los momentos y en todas las circunstancias de nuestra vida nos es absolutamente necesaria: Porque la carne tiene tendencias contrarias a las del espíritu, y el espíritu las tiene contrarias a las de la carne (85). Si alguno fuere indulgente, aun en cosas mínimas, con las seducciones del cuerpo, fácilmente se sentirá arrastrado hacia aquellas obras de la carne que el Apóstol enumera (86) y que son los vicios más torpes y repugnantes de los hombres.

Por esta razón es menester ante todo velar sobre los movimientos de las pasiones de los sentidos, refrenarlos con una vida voluntariamente austera y con las penitencias corporales, para someterlos a la recta razón y a la ley de Dios. Los que son de Cristo tienen crucificada su carne con los vicios y pasiones (87). El mismo Apóstol de las gentes confiesa de sí mismo: Castigo mi cuerpo y lo esclavizo no sea que predicando a los demás venga yo a ser reprobado (88). Todos los santos velaron con empeño sobre los movimientos de sus sentidos y sus pasiones, y los refrenaron, a veces, con violencia, según la palabra del Divino Maestro: Yo os digo: cualquiera que mirare a una mujer con mal deseo hacia ella, ya adulteró en su corazón. Que sí tu ojo derecho es para ti , ocasión de pecar, sácalo y arrójalo fuera de ti; pues mejor te está el perder uno de tus miembros que no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno (89). Con esta advertencia, como es claro, nuestro Redentor pide ante todo de nosotros que no consintamos jamás en pecado, ni aun mentalmente, y que alejemos de nosotros con energía todo lo que puede manchar, aun levemente, esta hermosísima virtud. En esta materia toda diligencia es poca, ninguna severidad es excesiva. Si la salud débil u otras causas no permiten a alguien realizar grandes austeridades corporales, en ninguna manera le dispensan de la vigilancia y de la mortificación interna.

En este punto conviene, además, recordar lo que enseñan los Santos Padres (90) y los Doctores de la Iglesia (91): que más fácilmente podremos superarlos atractivos del pecado y las seducciones de la pasión huyendo de ellos con todas nuestras fuerzas que combatiéndolos de frente. Para defender la castidad, según la expresión de San Jerónimo, es preferible la huida a la batalla en campo abierto: "Huyo para no ser vencido" (92). Consiste ésta huida en evitar diligentemente la ocasión de pecar, y principalmente en elevar nuevamente y nuestra alma a las cosas divinas durante las tentaciones, fijando la vista en Aquel a quien hemos consagrado nuestra virginidad. Contemplad la belleza de vuestro amante Esposo, nos aconseja San Agustín (93).

Esta huida y esta continua vigilancia para alejar de nosotros las ocasiones de pecar las han considerado siempre los santos como el mejor medio de luchar en esta materia; hoy día, sin embargo, no todos aceptan esta doctrina. piensan algunos que todos los cristianos, y principalmente los ministros sagrados, no deben ser segregados del mundo, como en tiempos pasados, sino ,que deben estar presentes en el mundo, y por, tanto tienen que afrontar el riesgo y poner a prueba su castidad, para que se manifieste si son o no capaces de resistir: para que se acostumbren a contemplar todo con ánimo sereno y se inmunicen contra cualquier género de turbaciones. Les conceden fácilmente que puedan sin sonrojo mirar todo lo que a sus ojos se ofrece, frecuentar espectáculos cinematográficos, aun los prohibidos por la censura eclesiástica; hojear cualesquiera revistas, aun obscenas, y leer las novelas puestas en el índice o prohibidas por el mismo derecho natural. Y esto lo permiten con el pretexto que hoy día son muchos los que se sacian de tales espectáculos y lecturas, y es necesario entender su manera de pensar y sentir para poderlos ayudar. El que ama el peligro, perecerá en él (94); y viene aquí muy oportuno el consejo de San Agustín: No me digáis que tenéis el alma pura, si tenéis ojos impuros; porque el ojo impuro es mensajero de un corazón impuro (95).

Sin duda, este funesto método se funda en una grave confusión. Porque Jesucristo Nuestro Señor afirmó, sí, de sus Apóstoles: Yo los he enviado al mundo (96); Pero antes había dicho de del mundo, ellos mismos: No son del mundo, como ni yo tampoco soy del mundo (97), y a su Divino Padre había orado con estas palabras: No te pido que los saques del mundo sino que los preserves del mal (98).

El pudor adivina, el peligro, impide ponerse en él y hace evitar las ocasiones a que algunos menos prudentes se exponen. El pudor no gusta de palabras torpes o menos honestas, y aborrece aun la más leve inmodestia; evita la familiaridad sospechosa con personas de otro sexo, infundiendo en el ánimo la debida reverencia al cuerpo que es miembro de Cristo (101) y templo del Espíritu Santo (102). Quien posee el pudor cristiano tiene horror a cualquier pecado de impureza y se retira apenas siente despertarse la seducción.

El pudor se alimenta del temor de Dios, ese temor filial basado en una profunda humildad cristiana, que nos hace huir con suma diligencia de todo pecado. Ya lo afirmaba Nuestro Predecesor San Clemente I con estas palabras: El que es casto en el cuerpo no se vanaglorie, porque otro es quien le da el don de la continencia (104). Cuán importante sea la humildad cristiana para conservar, la virginidad, nadie lo ha expresado más claramente que San Agustín: Ya que la continencia perpetua, y sobre todo la virginidad es un don excelentísimo en los santos de Dios, ha de vigilarse atentamente para que no se corrompa con la soberbia... Por eso., Cuanto mayor me parece este don, más temo no venga a desaparecer en lo futuro por causa de la soberbia. Solo Dios es el verdadero custodio de la gracia virginal, que El mismo concedió, y "Dios es caridad" (105). La guardiana, por tanto de la virginidad, es la caridad y la morada de esta guardiana es la humildad (106).

Un medio excelente para conservar intacta y sostener la castidad Perfecta, media comprobado continuamente por la experiencia de los siglos es el de una sólida y ardiente devoción a la Virgen madre de Dios. En cierta manera, esta devoción contiene en si todos los demás medios, pues quien sincera y profundamente la vive, se tiene, que sentir impulsado a velar, a orar, a acercarse al tribunal de la penitencia y al banquete eucarístico. Santa Madre de Dios, que es Virgen de vírgenes y maestra de la virginidad, como afirma San Ambrosio (113), y es Madre poderosísima de aquellos, sobre todo, que se han dedicado al divino servicio.

Por ella, dice San Atanasio, comenzó a existir la virginidad (114), y lo enseña claramente, San Agustín con estas palabras: La dignidad virginal comenzó con la Madre de Dios ( 115). Siguiendo las huellas del mismo San Atanasio (116), San Ambrosio propone a las vírgenes como modelo la vida de la Virgen María: Imitadla, hijas... (117). Sírvaos la vida de María de imagen y modelo de virginidad, cual imagen que se hubiese trasladado a un lienzo; en ella, como en un espejo, brilla la hermosura de la castidad y la belleza de toda virtud. De aquí podéis sacar ejemplos de vida, ya que en ella, como en un dechado, se muestra, con las enseñanzas manifiestas de su santidad qué es lo que habéis de corregir, qué es lo que habéis de reformar, qué es lo que habéis de retener... He aquí la imagen de la verdadera virginidad. Esta fue María, cuya vida pasó a ser norma para todas las vírgenes... (118).


Sea, pues, la Santísima Virgen maestra de nuestro modo de proceder (119), Tan grande, fue su gracia, que no solo conservó en sí misma la virginidad, sino que concedía este don insigne a los que visitaba (120). ¡Cuán verdadero es pues el dicho del mismo San Ambrosio: Oh riquezas de la virginidad de María! (121). En vista de tales riquezas aprovecha grandemente, también hoy a las vírgenes consagradas, a los religiosos y a los sacerdotes el contemplar la virginidad de María para observar con más fidelidad y perfección la castidad de su propio estado.

Pero no os contentéis, amadísimos hijos, con meditar las virtudes de la Santísima Virgen María; acudid a ella con absoluta confianza, siguiendo el consejo de San Bernardo: Busquemos la gracia, y busquémosla por María (122). Y en este Año Mariano de una manera especial poned en ella el cuidado de vuestra vida espiritual y de la perfección, imitando el ejemplo de San Jerónimo, que aseguraba: Para mí la virginidad es una consagración en María y en Cristo (123).

Perseveren hasta la muerte (127) con ánimo constante en el santo propósito de servir a Cristo y tengan presente que sus angustias, sus padecimiento y sus oraciones son de gran valor ante Dios para la implantación del reino de Cristo en sus naciones y en la Iglesia entera; tengan por cierto que los que siguen al Cordero dondequiera que va (128) cantarán por toda la eternidad un cántico nuevo (129), que ningún otro, puede cantar.

Nuestro corazón paterno se llena de compasión hacia los que confiesan valerosamente su fe hasta el mismo martirio. Rogamos a Dios por ellos y por los que en todos los ámbitos de la tierra se dedican al servicio divino, a fin de que el Señor los confirme, los fortifique y los consuele. Y a vosotros todos, Venerables Hermanos, y a fieles exhortamos insistentemente a orar en unión con Nos para obtener a todas esas almas consagradas las consolaciones, dones y auxilios divinos.

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Para nosotros, la palabra no impide la acción, lo que la impide es no formarse antes detenidamente de ponerla en ejecución, por eso mismo debemos formarnos, y formar a los que sean de nuestro entorno. Para eso queremos distinguimos.