• P. José María Iraburu

No muchos libros


En la lectura cristiana se ha de preferir la calidad a la cantidad, y la profundidad a la extensión. Los maestros antiguos, al tratar de la asimilación verdadera de las lecturas, empleaban términos como ruminatio, o bien masticatio: una buena digestión exige una masticación cuidadosa de lo ingerido. La lectura extensiva, apresurada, superficial, más perjudica que ayuda, pues envanece sin aprovechar. «No el mucho saber harta y satisface al alma, decía San Ignacio de Loyola, sino el sentir y gustar de las cosas internamente» (Ejercicios 2). Y San Juan de la Cruz (+1591), ante la tentación de una cierta gula espiritual, advertía lo mismo: «Muchos no se acaban de hartar de oir consejos y aprender preceptos espirituales y tener y leer muchos libros que traten de eso, y se les va más en esto el tiempo que en obrar la mortificación y perfección de la pobreza interior de espíritu que deben» (1 Noche 3,1).


Puede haber en esto, como señalaba Juan Gerson, algo insano, como «un estómago asqueado, al que le gusta comer de muchas cosas y digerir poco» (De libris legendis a monacho). Y San Francisco de Sales aconsejaba: «Leed poco cada vez, pero con atención y devoción» (Oeuvres 21,142).


De hecho, San Ignacio de Loyola, ateniéndose a su propia enseñanza, que no era a su vez sino la manifestación de su experiencia personal, leía no muchos libros, y en su habitación solía tener sólo dos, que siempre releía sin cansarse, el Nuevo Testamento y la Imitación de Cristo (L. González de Cámara: ob. cit. 584 Y 659). San Francisco de Sales se atenía siempre al Combate espiritual de Lorenzo Scupli (+1610): «Es mi libro preferido, y lo llevo en mi bolsillo hace lo menos dieciocho años, sin que nunca lo haya releído sin provecho» (Oeuvres 13, 304). Más recientemente, Santa Teresa del Niño Jesús (+1897) procedía de modo semejante. De ella se cuenta que, «ya carmelita, un día que pasaba por delante de una biblioteca, dijo sonriendo a su hermana Celina: ¡Qué triste me sentiría si hubiese leído todos esos libros! Hubiera perdido un tiempo precioso que he empleado simplemente en amar a Dios» (Proceso apostólico 930). Y Charles de Foucauld (+1916) declaraba: «Desde hace diez años, puede decirse que no he leído más que dos libros: Santa Teresa y San Juan Crisóstomo. El segundo apenas lo he comenzado; el primero lo he leído y releído diez veces» (Lett. à l’Abbé Huvelin 8-III-1898).


Y adviértase que muchos de los santos que nos dan estas enseñanzas y ejemplos no son anacoretas alejados del mundo y sin influjo visible sobre él. San Bernardo, San Francisco de Asís, San Ignacio de Loyola o San Francisco de Sales, por ejemplo, con sus lecturas elegidas e intensas, fueron los hombres más influyentes de su tiempo, y en medio de las mayores turbulencias ideológicas, ellos supieron marcar al pueblo cristiano, con seguridad y valentía, el norte evangélico.


IRABURU, José María, "Lecturas y libros cristianos"

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