• Mons. Fernando María Cavaller

No ir o ir: Invierno o primavera


Sermón correspondiente al Domingo XXVI (A) 2020

Jesús nos cuenta hoy otra parábola. Un padre con dos hijos. Otra vez se trata de ir a trabajar a la viña. Un hijo le respondió “voy Señor”, pero no fue. El otro dijo “no quiero”, pero después se arrepintió y fue. Es sin duda, una escena familiar que conocemos. Tiene que ver con la obediencia.


Pero Jesús la aplica al llamado de Dios y a la respuesta del hombre en la fe, que es la obediencia mayor. La comparación parece a primera vista que fuera entre buenos y malos, pero Jesús la hace más bien entre los que dicen que son buenos (pero no lo son) y los que habiendo sido malos después han cambiado de vida.


Ya con Juan Bautista, antes de Jesús, los que parecían más preparados para aceptar su predicación no lo hicieron. Fueron los más pecadores los que se arrepintieron. Con Jesús pasó igual. Los fariseos, sacerdotes y escribas, a quienes se está dirigiendo aquí con esta parábola, no aceptaron su predicación, y se le opusieron. Más aún le persiguieron y algunos lograron crucificarle. En cambio, los pecadores, que eran mal mirados por los fariseos, se convertían, como Zaqueo el publicano, o María Magdalena la pecadora pública. En la parábola, el dueño de la viña es Dios y los dos hijos son estas dos clases de personas. Y Jesús explica la parábola directamente. Les dice a los fariseos y sacerdotes allí presentes: ustedes han escuchado el llamado, pero no han obedecido, en cambio los publicanos y las prostitutas eran malos, pero se han convertido. Entran al Reino porque se convierten y obedecen en la fe. Unos dicen obedecer y no obedecen, y los otros desobedecen, pero luego obedecen. Todos desobedecen, pero unos se convierten y los otro no. Esta es la diferencia. La obediencia final a la voluntad de Dios. Los fariseos decían ser religiosos y observantes, pero no lo eran en realidad. Son algunos católicos de hoy que andan diciendo que son católicos pero su comportamiento lo desmiente. No van a la Viña realmente. Y hay también hoy quienes obran mal, pero se convierten y terminan siendo verdaderos católicos en la Viña.


Hay que salir del “ya voy”, sin terminar nunca de ir de veras. Pensemos a cuantas cosas respondemos con esta actitud. Los chicos lo dicen para dilatar los deberes del colegio, o hacer un mandado cualquiera. Pero los jóvenes y los mayores lo siguen diciendo en otras cosas. En realidad, lo que interiormente estamos contestando es “no quiero”, no quiero ir a la viña, y disimulamos con el “ya voy”. Dejar para mañana lo que se puede hacer hoy, es mala praxis. Y así se nos pasa la vida.


La solución es una sola: la decisión por el “sí”, con la ayuda de la gracia, por supuesto. No posterguemos esta decisión. ¿Qué sentido tiene postergar lo único que nos puede salvar? ¿Postergó la Virgen el sí delante del ángel? ¿Postergaron los apóstoles su respuesta al llamado de Jesús, cuando dejaron las redes y lo siguieron? Es un engaño peligroso. Decía San Agustín: “Temo al Señor que pasa y no vuelve”. Son las oportunidades de la gracia, del llamado divino.


Sin duda, será preferible estar entre los que dicen no pero después van, y no entre los eternos prometedores falsos. De estos dice Jesús en otro lugar del Evangelio: “Haced lo que ellos os digan, pero no los imitéis, porque no hacen lo que dicen” (Mt 23,3), y también: “No son los que dicen ‘Señor, Señor’ los que entrarán en el Reino de los cielos, sino los que cumplen la voluntad del Padre celestial” (Mt 7, 21).


La obediencia es la virtud primera porque se opone precisamente al pecado original, que fue de desobediencia. La obediencia radica en el alma, es puramente espiritual, está en la voluntad y en la libertad. Por eso, la obediencia es la primera virtud que hay que enseñar a los niños. Y hay que seguir pidiéndola a los jóvenes. Pero debemos practicarla visiblemente los mayores. Se educa con el ejemplo. Si niños y jóvenes ven que son los mayores los que dicen “ya voy” y no van, ¿por qué habrían de obedecer?


La realidad es que no vivimos en tiempos de obediencia. Impera una suerte de anomía (vivir sin ley), a la vista de todos, desde la moto que pasa los semáforos en rojo a toda velocidad, hasta la impunidad de delitos mayores. La sociedad se ha convertido en una escuela de desobediencia general. Y los que ejercen la autoridad, en cualquier ámbito y nivel, no podrán curar el mal mientras ellos mismos no obedezcan a la Ley de Dios y a las leyes humanas que derivan de ella.

Pero se puede pasar del “ya voy” a la obediencia plena de la Voluntad de Dios. Para decirlo con una imagen que tenemos a la vista en estos días: se puede pasar del invierno de la desobediencia a la primavera de la obediencia al Señor de la Viña. Como sucede según el orden natural con este cambio de estación, así puede suceder en el orden sobrenatural con el cambio de nuestra vida. Nadie prefiere el invierno a la primavera. ¿Por qué vamos a preferir el invierno del actual estado de cosas, en nosotros, en el mundo, o en la Iglesia? El paisaje es de ramas secas y de cielos nublados. El panorama invernal recuerda la muerte. Y muchas cosas parecen muertas o a punto de morir. Estamos frente a un proceso de disolución. Es la imagen que presenta esa obra genial del escritor Lewis en el primer libro de las Crónicas de Narnia: el país está en un invierno que no pasa, porque está dominado por la Bruja Blanca, que, por supuesto, representa al Maligno. Los que no quieren someterse a su imperio son petrificados. Sin embargo, el pequeño grupo de niños lideran una batalla y lograrán vencer, con la ayuda del león Aslan, que representa a Cristo. Y las nieves invernales se van derritiendo y aparece la primavera florida, y vuelve la alegría y la paz al reino de Narnia. Lo mismo debería ocurrir con nuestro invierno del alma, con nuestro invierno de desobediencia, en medio de las ramas secas del “ya voy”, encerrados en la cueva de nuestro egoísmo. El Señor nos llama a salir para ir a trabajar a Su Viña, donde es primavera. Pero elegimos neciamente quedarnos sin flores ni frutos, en una vida estéril. La esterilidad de hacer la propia voluntad y no la de Dios. La pereza de no “pelear el buen combate” (1 Tim 6,12). Jesús mismo obedeció al Padre, y luchó en la cruz para vencer al invierno universal del pecado. Y resucitó. Era primavera: la Pascua florida.


Y es que el llamado del Señor obedece a un Plan mayor que el que está a primera vista. Porque este mundo creado y redimido, tampoco es definitivo, porque incluye aún el invierno de la muerte, y está llamado a ser transformado en una primavera eterna que aún no vemos. Quiero decirlo con palabras de San John Henry Newman, en uno de sus sermones más célebres:

“Que estos pensamientos sean los vuestros, hermanos míos, especialmente en esta estación de la primavera en que toda la naturaleza es rica y bella. Solamente una vez al año, pero una vez no obstante, el mundo que vemos hace estallar sus poderes ocultos y se revela a sí mismo de alguna manera. Entonces aparecen las flores, los árboles frutales, las flores se abren, y la hierba y el trigo crecen. Hay un impulso repentino y un estallido de esta vida oculta que Dios ha colocado en el mundo material. Pues bien, esto es como un ejemplo de lo que el mundo puede hacer por mandato de Dios. Esta tierra que se esponja ahora con flores y hojas, estallará un día en un mundo nuevo de luz y de gloria, en el cual veremos a los santos y a los ángeles. ¿Quién podría pensar sin la experiencia de primaveras anteriores, quién podría concebir dos o tres meses antes, que la naturaleza, aparentemente muerta, pudiera llegar a ser tan espléndida y tan variada? ¡Qué diferente es un árbol, qué diferente la perspectiva, cuando las hojas están en él y cuando caen! ¡Qué inverosímil sería que, antes de tiempo, las ramas secas y desnudas se vistieran súbitamente con lo que es tan brillante y refrescante! Así es que en el buen tiempo de Dios las hojas vienen a los árboles. La estación puede demorarse, pero llegará finalmente. Lo mismo ocurre con esta primavera eterna que esperan todos los cristianos. Llegará, aunque haya que aguardar. Esperémosla, ya que “vendrá y no tardará” (Heb 10,37). Por ello decimos cada día “Venga a nosotros Tu reino”, que quiere decir “Señor muéstrate”, manifiéstate, Tú que te sientas entre los Querubines, muéstrate, despliega Tu fuerza y ven a ayudarnos”.


Newman se refiere a una de las peticiones del Padrenuestro. Podríamos hoy agregar la que sigue: “Hágase Tu voluntad en la tierra como en el cielo”. Porque obedeciendo Su voluntad de ir a Su Viña, con prontitud, sin postergaciones, sin el “ya voy” invernal, es como podremos estar preparados para entrar en su Reino, y gozar de esa “primavera eterna”, que “llegará finalmente”, …aunque haya que aguardarla un tiempo más.

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