• La Cumbrera

Lo que puede hacer un sacerdote en tiempos de crisis


En estos tiempos de crisis económica queremos presentar el ejemplo de un sacerdote español del siglo pasado, José María Arizmendiarrieta, párroco vasco que en tiempos de profunda crisis económica para su parroquia usó su imaginación para promover todo tipo de inciativas, algunas de las cuales traspasaron los límites parroquiales y hoy son conocidas en el mundo entero. Don José María, cuyo apellido se acorta frecuentemente en Arizmendi, nació el 22 de abril del año 1915 en el caserío Iturbe de la anteiglesia de San Pedro de Barinaga, perteneciente a Markina-Jeméin (Vizcaya), en el seno de una familia modesta, hijo de José Luis Arizmendarrieta y Tomasa Madariaga. Era el mayor de cuatro hermanos, además de él su hermana María, Francisco y Jesús. Su infancia transcurrió en el característico ambiente sacrificado del campo vasco de entonces, en el que el exigente trabajo cotidiano quedaba regido por el ritmo de las estaciones que ordenaban las faenas agrícolas y ganaderas. El pequeño tomó de su madre una profunda vida espiritual en la que trabajo y fe constituían dos valores asociados y esenciales. Esta espiritualidad era renovada diariamente con el rezo del rosario antes de la cena, así como con la participación en los sacramentos en la vecina Iglesia de San Pedro de Barinaga.


A los cuatro años comenzó a ir a la escuela, que era un local anexo a la parroquia que costeaban los vecinos de aquel barrio de Barinaga. Pensativo, dotado para el pensamiento abstracto, hábil en el dibujo y los trabajos manuales, interesado por la lectura y con una curiosidad innata, el mayor de los Arizmendiarrieta pronto destacó como uno de los mejores estudiantes de la escuela. Su habilidad con las letras y su afán de conocimiento fueron alentados por su querida madre, Tomasa, así como por su maestra, Patrocinio.


En 1922, el Obispo de Vitoria, Leopoldo Eijo Garay, convocó por primera vez a los jóvenes vizcaínos a comenzar los estudios sacerdotales en el nuevo seminario provincial, recién inaugurado. En 1927, con doce años de edad, José María cedió el mayorazgo al siguiente hermano ingresando en el Seminario Menor de Castillo-Elejabeitia, para estudiar sobre todo latín y cultura general. Cuatro años más tarde, en 1931, se incorporó al Seminario Conciliar de Vitoria donde estudió Filosofía y Teología, estudios que tuvo que interrumpir al estallar la Guerra Civil de 1936 cuando era época de vacaciones.


En el Seminario Conciliar conoció la espiritualidad del Movimiento Sacerdotal de Vitoria, que José María tomó de profesores como Goicoecheaundía, Juan Thalamás o Roberto Aguirre. Dicho movimiento promovía la identificación del sacerdote con la figura de Jesucristo. Jesucristo se convertía en el espejo de su vida, en guía de sus sacrificios y horizonte de sus aspiraciones de perfección.

Dedicó el paréntesis de la guerra a continuar los cursos de seminarista, primero en Bilbao compaginando como “gudari” -esto es, soldado del Euzko Gudarostea, la denominación utilizada por el ejército del gobierno vasco durante la Guerra Civil- sus servicios en el periódico Eguna en el que firmaba, aún con 21 años, con el seudónimo de Arretxinaga. Nunca fue llamado al frente porque de pequeño había perdido un ojo por accidente, por lo que su labor fue de colaboración a través del periodismo, como se ha visto.


Derrotado el bando republicano por las tropas nacionales, José María intuyó el peligro y trató de huir a Francia pero, tras no pocas peripecias, llega hasta Lazkao (Guipúzcoa) y mientras esperaba, se presentó un hombre conocido en los círculos franquistas que le aconsejó regresar a casa y presentarse en la Caja de Reclutas. En efecto, volvió a casa y de inmediato fue a Bilbao, pero allí fue víctima de un chivatazo y se le encerró en la cárcel de Larrinaga. Tras petición de pena de muerte por parte del fiscal, fue absuelto al demostrar que cobraba del cuartel y no del periódico. Después en Burgos, destinado a su Plana Mayor para trabajar a una Oficina de Información de la Capitanía General, siguió estudiando para rendir sus exámenes en el Seminario de Bergara, ya que el de Vitoria se había convertido en hospital de sangre.


La incidencia de la Guerra Civil retrasó un año su consagración sacerdotal que se produjo finalmente el 21 de diciembre de 1940. El 1 de enero de 1941 celebró su primera Misa en la Iglesia de San Pedro de Barinaga, tenía 25 años. Su primer y único destino de toda su vida fue el de coadjutor de la Iglesia Parroquial de San Juan Bautista de Mondragón, a la que llegó el 5 de febrero de 1941, sin que nadie fuera a esperarle a la estación. En su casa cural convivió durante unos años con el párroco don José Luis Iñarra, que había llegado al mismo tiempo que él. Mondragón en esa época tenía unos 7.000 habitantes que sufrían los avatares de la Guerra Civil, que se añadía a un conato de huelga revolucionaria acaecida el 5 de octubre de 1934, y que continuó con sus penalidades con la Segunda Guerra Mundial declarada apenas 6 meses de concluir la guerra civil española. Por consiguiente el escenario social en el que comenzó su ministerio requería mucha prudencia y un gran sentido sobrenatural para ir sanando heridas con trabajo, talento y bondad. Todo ello cumpliría abundantemente el nuevo coadjutor.


Al principio, sus feligreses describían a don José María como alguien que hablaba en un tono monótono y difícil de entender, y de hecho pidieron al obispo que lo sustituyera. Sin embargo, poco a poco fueron valorando la grandeza de este sacerdote, que no estaba tanto en sus dotes oratorias sino en su impulso apostólico.


La juventud, como Consiliario de Acción Católica, fue el semillero de su acción apostólica. Al paso que influía en su espiritualidad la dirigía hacia la acción y progresivamente hacia iniciativas de mayor envergadura. Los círculos de estudio en el Centro de Acción Católica, los ejercicios espirituales, la intensificación de sus horas en el confesionario, las pláticas dominicales, le llevó a ser el director espiritual de decenas de jóvenes a quienes sólo les llevaba 10 a 12 años de edad. Con esos mismos jóvenes llevó a cabo las actividades propias de la Navidad, El nacimiento, el Bizar-Zuri -cartero de los Reyes Magos que llega un día antes que ellos recorriendo las calles-, el Olentzero -un carbonero que según la tradición vasca trae regalos a los niños el día de Navidad-, la cabalgata de Reyes, funciones de teatro y concursos ayudaron mucho a reavivar la fe de los mondragoneses.


Pero a su vez, todas estas iniciativas mostraban las dotes organizativas del joven sacerdote, que años más tarde darían tanto fruto en su apostolado social. El mismo año de su llegada a la parroquia, fundó la Juventud Deportiva Mondragón, para la que creó unas quinielas; años más tarde inaugurará el campo de fútbol de Iturripe, el 24 de junio de 1945. En 1943 fundó la Escuela Profesional con los primeros 20 alumnos bajo el emblemático aforismo de que “la educación constituye una inversión que no se amortiza”. No fue la única, por aquellos años surgió una red de Escuelas Profesionales animadas por sacerdotes: Vitoria, Hernani, Tolosa, más tarde las agrícolas de Álava. El pionero fue don Pedro Anitua en Vitoria, quien inició con quince muchachos el 14 de abril de 1941 la Escuela de Aprendices, pronto trasladada a los locales de la Fundación Olabe. La de don José María, mucho más abierta y novedosa, tuvo un tal éxito que años después, en 1965, construirá una nueva Escuela con capacidad para 1.500 alumnos.


Simultáneamente se implicó tenazmente y con éxito en la construcción de un centenar de viviendas económicas para atenuar el extremado hacinamiento que sufría el pueblo. Buscando más horizontes se dirigió a la Escuela de Peritos de Zaragoza con una docena de sus más cercanos colaboradores para que con dispensa de escolaridad y estudiando en Mondragón para mantener sus puestos de trabajo, alcanzaran la titulación de Peritos Industriales, lo que se culminó en 1952.


Sin embargo, el ideal de ayuda social a sus feligreses de Mondragón iba más allá, don José María planeaba la creación de una empresa que diese trabajo a aquellas gentes, según la doctrina social de la Iglesia. El proyecto se empezó a gestar en 1953, doce años después de llegar a aquella parroquia: Junto a algunos graduados de la escuela fundaron la primera empresa cooperativa Ulgor, que pronto se amplió y diversificó convirtiéndose en la conocida Fagor, y posteriormente creó Mondragón Corporación Cooperativa (MCC), de la que dependen empresas tan conocidas como Eroski. Fue entonces cuando se creó la Caja Laboral Popular como sociedad cooperativa de crédito, una caja de ahorros cooperativa que permitía a los miembros cooperativistas el acceso a los servicios financieros a la vez que proporcionó fondos a Mondragón Corporación Cooperativa para expandirse como grupo empresarial.


Los seglares que colaboraron con él en la fundación de la cooperativa, empresarios que han pasado a la historia por su éxito empresarial, reconocen sin embargo con humildad que el inspirador del proyecto fue don José María: “Muchos de nosotros exhibimos con orgullo, no exento de infantil vanidad, el noble título de fundadores de esta experiencia cooperativa, cuando realmente el título de fundador, en singular y sin restricciones, sólo es imputable a la figura impar de d. José María, porque no en balde fue el hombre, el creyente, el sacerdote que engendró el principio vital de todas estas realizaciones y las alentó durante su vida, impregnándolo todo con su inspiración y proyección como espíritu animador inmanente, como el alma que se desparrama en toda la realidad del hombre”.


Mondragón Corporación Cooperativa es actualmente el primer grupo empresarial vasco y el séptimo de España; es a su vez el mayor grupo empresarial cooperativista del mundo presente en varios países de Europa, Asia y América.


A lo largo de los años sus iniciativas se multiplicaron y consolidaron: En 1966 creó Alecop (Actividad Laboral Escolar Cooperativa), gestionada por alumnos en activo de la Nueva Escuela Profesional que había construido en 1965. Aquel mismo año se le concedió la medalla al Mérito en el Trabajo, en su categoría de oro y se le nombró hijo adoptivo de Mondragón. Tres años más tarde la Escuela Profesional fue reconocida como Escuela de Ingeniería Técnica Industrial por Orden Ministerial. En 1976 será Escuela Universitaria de Ingeniería Técnica.


Pero don José María, si bien ha pasado a la historia ligado al fenómeno cooperativista y educativo, fue ante todo un sacerdote celoso del bien de las almas. Coadjutor por vida de la Parroquia de San Juan de Mondragón y pobre que vivía del magro estipendio parroquial, a pesar de haber creado empresas, firme en sus convicciones religiosas y a la vez avanzado en lo social. Él mismo solía decir de sí mismo: “Siempre sacerdote, sacerdote en todo, sólo sacerdote”.


Tenía una gran capacidad de hacerse todo a todos. En este sentido, un estrecho colaborador suyo recordará: “D. José María era hombre de paz. Asombraba la capacidad de diálogo con personas de todo tipo de ideologías políticas o religiosas. Gozaba de las amistades más dispares en todos los estamentos sociales. En su modesto despacho de la Escuela Profesional recibía a empresarios y obreros, industriales y hombres de campo, ministros y amas de casa, líderes extremistas y humildes religiosas, catedráticos y estudiantes”


Su gran afán era evangelizar con todos los medios a su disposición, pero sin quedarse en un activismo social que de por sí sería bueno, sino intentando llevar a sus feligreses al encuentro con Cristo. En una ocasión, hablando de cómo la gente se alejaba de Dios, escribía: “Hemos hecho cristianos ñoños, hemos hecho cristianos desertores y nos encontramos ahora con una masa sin fermento cristiano. Cristiano es el que vive a Cristo en su mente. Cristiano es el que se ha enamorado de la belleza de la fisonomía de Cristo y le lleva en su corazón. Cristiano es el que ha hecho a Cristo el centro de su vida y se mueve en esa región superior. Presencia de Cristo, amor de Cristo, empeño en llevar a Cristo a las almas”.


En la Acción Católica inculcaba fuertemente la noción de apostolado. No se conformaba con el militante sumiso, obediente, asistente asiduo, sino con el activo, dinámico, ardoroso. El apóstol ha de irradiar optimismo, entusiasmo, alegría, pasar de dirigido a dirigente, de pasivo a activo, ser faro luminoso en el taller y en el puesto de trabajo. Para él la Acción Católica es la regeneración del mundo, su renovación. La acción surgiría espontanea de la piedad y el estudio. En una plática a militantes, les dirá: “ésta no es una cofradía o congregación piadosa, sino milicia de Cristo, vanguardia de la Iglesia, que exige espíritu de sacrificio y de trabajo”.


Gran director y consejero, es recordado por los que le trataron como guía espiritual por su gran dedicación paciente a cada persona, a pesar de sus muchas ocupaciones: “Todos estábamos ciertos de que lo importunábamos, pero él no hacía ningún gesto de cansancio ni su sonrisa perdía transparencia ni miraba insinuante al reloj. Trataba la alegría y las penas, lo heroico y lo banal, si con ello tranquilizaba. Aquellas toneladas de sensibilidad e inteligencia que desparramaba representaban un sedante esperanzador para quien estuvo al alcance de su vida”. Su palabra y su convicción hicieron el milagro de sembrar ilusiones y proyectos, de suscitar entusiasmo y trabajo constante, de aunar voluntades y lanzarlas a planes siempre renovados, al parecer inalcanzables, pero que sus colaboradores con él los fueron convirtiendo en realidad.

Sacerdote de profunda vida interior, amaba el sacrificio y lo predicaba como fundamental en la vida cristiana: “falta capital (es) no ofrecer a Dios lo que tenemos obligación de ofrecer: el trabajo, el sufrimiento… Cristiano es sinónimo de mártir. Cristiano, hoy, no puede ser más que aquél que tiene vocación de mártir. Y la Iglesia triunfa siempre sobre la sangre de los mártires. Seremos mártires cuando nuestra vida, pedazo a pedazo, parte por parte, gota a gota, en cada hora, en cada día, la ofrezcamos siempre en testimonio de la misma verdad. Este martirio, por lo mismo que es más costoso, es también más glorioso”.


A mediados de la década de los 60, el coadjutor de Mondragón adivinó que ese nivel de entrega llegaba a su límite, se le manifestó una enfermedad de corazón y cerca estuvo de la muerte. Un desfallecimiento en Madrid, en 1967, le presentó la realidad de su corazón enfermo. Cuando la operación a que se sometió dio sus frutos y contempló cómo iba recobrando el vigor, su anhelo de vivir hizo el resto. Tomó esa primera caída como un pequeño traspiés, cargó de nuevo con la cruz de su herido corazón y siguió adelante. En 1974 sufrió una nueva operación cardíaca. El sufrimiento y el dolor final le llevarán a la postre a decir: “El dolor es una prueba más de confianza en el amor a Dios”.


En el otoño de 1976, cuando su debilidad se fue haciendo extrema, la vida que llevó fue muestra de esta convicción profunda en la fe y el sentido de su vida. “Sabía que la vida se esfumaba, que la había derramado a manos llenas, pero sus rasgos esenciales de virtud no se modificaron en ningún momento. Siguió animando, endulzando la vida de los que le visitaban, para que no sufrieran”, recordaría uno de sus más queridos discípulos que le acompañó en este tiempo de declinar físico y anímico.


El 29 de noviembre de 1976, ya a la tarde, mientras caía la lluvia, rezaba con los que le rodeaban el Magnificat con un hilillo apenas audible de voz y así dejó este mundo. Muchos años antes, en unos ejercicios espirituales a los que había asistido a la edad de 37 años, don José María había escrito para sí: “La muerte (…) desde el punto de vista cristiano y sacerdotal es una liberación. Debo confiar que Dios tenga bondad y misericordia conmigo y más si me esfuerzo en ser sacerdote y apóstol”.


Los muchos reconocimientos que tuvo durante su vida y tras su muerte por su querido pueblo de Mondragón parecen confirmar lo que él años antes había dicho: “Afortunado aquel pueblo que tiene a la Iglesia como a su amigo, pues esa Iglesia podrá disponer de magníficos resortes para tutelar sus derechos y salvaguardar su dignidad. Si le tiene a la Iglesia junto a sí nadie podrá jamás llegar a tiranizar a ese pueblo”.


Por Alberto Royo Mejía en Temas de historia de la Iglesia.

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