• La Cumbrera

Lefebvre y los Filo-lefebvrianos


Consagración episcopal de Mons. Marcel Lefebvre por el Card. Achille Liénart (1947)

(La Cumbrera) A veces uno preferiría no tocar ciertos temas, porque nos tocan muy de cerca o porque el precio que esas ideas conllevan es muy alto, pero “No podemos callar lo que hemos visto y oído”.


En un primer momento cuando uno no conoce la historia del Obispo Marcel Lefebvre puede uno llegar a creer que no estaba tan mal lo que hizo y que las circunstancias lo obligaron a tener que ordenar a cuatro Obispos.


Uno puede llegar a pensar incluso que era injusto que mientras que a este Obispo lo excomulgaron por hacer un acto para defender la formación tradicional en los seminarios y la Misa tradicional, a otros sacerdotes u Obispos que hacen daño a la Iglesia no los reprenden de ninguna forma.


Nos venden la idea de que la lucha de Lefebvre era legítima y defendía la integridad de la fe de la Iglesia; pero si ponemos atención aplicaría exactamente lo mismo a Lutero. Una de las cosas que reclamaba Lutero era la venta de las indulgencias para que la Santa Sede obtuviera fondos. Si nos dijeran que un sacerdote alzó la voz contra la simonía de la Santa Sede, ¿no podríamos decir que la lucha de Lutero estaba justificada? ¡Por supuesto! Por eso se cuenta la historia a medias, para que los villanos parezcan héroes.


Esta es la historia que a muchos venden y es fácil de comprar porque, como en toda secta, cuenta la historia a medias. Así que antes de tomar una postura más clara, obviamente uno se ve obligado a conocer más.

La firma de Marcel Lefebvre acordando y aprobando con su firma, la totalidad de los documentos del Concilio Vaticano II.

Sin más, esta exposición sucinta podremos pensar que nada tiene que ver con Lefebvre y puede ser que se tenga razón en ello porque este Obispo fue un gran mal para la Iglesia, en principio por el simple hecho de ser Obispo. Porque un pecado de un soltero puede tener poca repercusión en su entorno, el de un casado puede destrozar una familia, el de un presbítero una comunidad entera; pero el de un Obispo puede dividir a la Iglesia a cientos o miles de comunidades.


Por ultimo y para despejar dudas de la situación canónica actual, recordamos las palabras de su santidad Benedicto XVI sobre la remisión de la excomunión, "El hecho de que la Fraternidad San Pío X no posea una posición canónica en la Iglesia, no se basa al fin y al cabo en razones disciplinares sino doctrinales. Hasta que la Fraternidad no tenga una posición canónica en la Iglesia, tampoco sus ministros ejercen ministerios legítimos en la Iglesia." "Para precisarlo una vez más: hasta que las cuestiones relativas a la doctrina no se aclaren, la Fraternidad no tiene ningún estado canónico en la Iglesia, y sus ministros, no obstante hayan sido liberados de la sanción eclesiástica, no ejercen legítimamente ministerio alguno en la Iglesia."


Para profundizar en el tema, dejamos un estudio profundo del tema desarrollado por el Padre José María Iraburu, el cual hace referencia el autor del artículo a continuación.

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(Infocatolica) En España, existe la expresión “marear la perdiz”. No sé si en Hispanoamérica la habrán conservado o, visto que por allá no hay perdices, se habrá transformado en marear el cóndor, el colibrí o el guacamayo, según la fauna de los diversos países. En cualquier caso, su significado es algo universal: dar vueltas a una cuestión sin ir a lo esencial y meterse en mil temas accesorios que, en lugar de contribuir a solucionar el problema, lo enredan cada vez más.

Esta introducción viene a cuento de las diversas réplicas al artículo del P. Iraburu en InfoCatólica “Filo-lefebvrianos”, varios de cuyos autores tienen evidentes habilidades dialécticas y amplios conocimientos en algunos campos, como el Derecho Canónico. He leído con interés varias de esas respuestas, en comentarios al propio post o en artículos en otros lugares de Internet. He estado tentado de ponerme a discutir sobre la multitud de temas concretos que plantean esas réplicas, pero creo que es más apropiado señalar su fallo fundamental: Marean la perdiz. El gran problema de esas respuestas es que no van a lo esencial. Da igual que el lefebvrismo sea cisma material, formal, aparente o potencial, que la excomunión alcance a las personas o a las instituciones, que una Misa celebrada por un sacerdote de la FSSPX permita cumplir el precepto o no, que haya que usar el código de derecho canónico antiguo o el nuevo, que tengan razón en A o en B, que un Papa haya permitido tal cosa o que un obispo haya hecho tal otra… Al margen de todo eso, es evidente que Mons. Lefebvre y sus sucesores son desobedientes en materia gravísima al Papa, que hasta la fecha no se han arrepentido de esa conducta y que existen al margen del orden jerárquico de la Iglesia. Y no es una desobediencia puntual, sino una desobediencia general y que se ha mantenido durante décadas. Eso basta para que la relación fundamental que un católico tenga con ellos sea rezar para su “retorno", como ha dicho el Papa. Lo demás es marear la perdiz.

Cuando un fiel cualquiera, como yo, lee que Mons. Lefebvre dijo literalmente “Roma ha perdido la fe, Roma está en la apostasía; ya no se puede confiar en ellos”, ese fiel pierde cualquier posible simpatía por el lefebvrismo. Frases como ésa, que desgraciadamente se oyen mucho en labios de algunos lefebvrianos que confunden la parresía con decir lo primero que les pasa por la cabeza, hacen que sea imposible seguir considerando con simpatía a los lefebvrianos. A mí me sucede. Después de escuchar o leer cosas así ya no tengo nada que discutir. Es cierto que otros son más prudentes y matizan más, como Mons. Fellay (gracias a Dios), pero resulta difícil negar que esa mentalidad es la que subyace de facto, de forma más o menos confusa, a todo el lefebvrismo: La Iglesia ha apostatado así que nosotros somos ahora la “verdadera Iglesia”.

Frente a esa postura, no podemos dejar de defender que sólo hay una Iglesia y es dentro de ella donde Dios quiere que hagamos su Voluntad, incluyendo la solución de todas aquellas cuestiones legítimas que pueda plantear el lefebvrismo. Aquí mismo, en InfoCatólica, se han escrito infinidad de artículos elogiosos sobre la forma extraordinaria del Rito Romano, se ha hablado de las maneras en las que podría enriquecerse la forma ordinaria en contacto con la extraordinaria, se han denunciado multitud de abusos doctrinales y litúrgicos, se han desmontado falsas interpretaciones del Concilio Vaticano II, se ha criticado a obispos y sacerdotes, con respeto y en cuestiones opinables, siempre que ha hecho falta, se han combatido tanto el semipelagianismo como el modernismo, se ha hablado de la Tradición, de San Pío X, de Pío IX, del Syllabus, de Trento o de Calcedonia… Es falso que no puedan hacerse estas cosas dentro de la Iglesia y de la obediencia. Y si eso es falso, no hay justificación para la desobediencia de la FSSPX en materia muy grave.

¿Quiere eso decir que los lefebvrianos carezcan de razón en todo lo que dicen? No. ¿Quiere decir que no tienen nada que aportar a la Iglesia? No. ¿Quiere decir que toda la responsabilidad es suya? No. ¿Quiere decir que hay que olvidar o ignorar los abusos de tipo litúrgico o doctrinal que han (y hemos) sufrido? No. ¿Quiere decir que son los únicos que obran mal o los que más gravemente obran mal? No. Pero todas esas cosas no cambian ni un ápice el hecho de que obran gravemente mal y eso es algo que un católico no puede justificar, porque el fin no justifica los medios.

El Papa, por su parte, está haciendo todo lo posible por reintegrar a los lefebvrianos a la comunión eclesial, con gestos de una magnanimidad y una humildad pasmosas, como el levantamiento de las excomuniones, la organización de discusiones doctrinales, el mismo Motu Proprio y una actitud constante de ponerse en el lugar del otro y buscar la reconciliación. Y con el reconocimiento, que es cuestión de justicia, de lo mucho que han sufrido tantos fieles y sacerdotes por las falsas interpretaciones del Concilio, por los abusos litúrgicos, por la prohibición de la liturgia antigua, etc. Por eso, ahora, la pelota está en el tejado de los lefebvrianos y a ellos les toca corresponder a la actitud de humildad y magnanimidad del Papa y evitar la tentación de creer que esa humildad es debilidad o condonación de su desobediencia (como, por desgracia, sucedió con el levantamiento de las excomuniones, que muchos lefebvrianos presentaron como una aceptación de sus posturas, en lugar de como un acto de misericordia).

Es un deber de todo católico orar por la plena reintegración a la comunión eclesial de los lefebvrianos. Y cuando se produzca esa reintegración, si Dios quiere, será un día de alegría grande para toda la Iglesia. Entonces podrán trabajar para hacer oír sus preocupaciones legítimas en la Iglesia y también podrá la Iglesia irles sacando de cualquier error que puedan tener, como hace con todos nosotros.

Mientras tanto, como muy acertadamente señalaba el P. Iraburu, hace un flaco favor a los lefebvrianos quien les justifica en su postura de desobediencia, porque contribuye a que no acepten la mano que les tiende el papa y a alejar aún más el día de la reconciliación.

Me da igual que a eso lo llamemos filo-lefebvrismo o de cualquier otra forma, porque lo importante es una actitud concreta y fácilmente reconocible que nada tiene que ver con el amor a la Tradición. Se puede discutir de todo lo discutible, pero si uno justifica lo injustificable, la desobediencia grave al Papa y a su Magisterio, la afirmación de que un Concilio ecuménico es en buena parte herético o próximo a la herejía, el rechazo frontal de la liturgia postconciliar o las ordenaciones episcopales contra la ley de la Iglesia y el mandato expreso del Papa, está metiendo la pata hasta el fondo y, sin darse cuenta, está clavando un puñal en la espalda de los propios lefebvrianos en lugar de ayudarles. Que Dios nos libre a todos de escuchar un día las terribles palabras del Señor: “El que conmigo no recoge, desparrama”.


Artículo original del blog Espada de doble filo con el titulo "De perdices mareadas, cismas y lefebvrianos", material de Fides et Caritas y Infocatolica.

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