• Mons. Fernando María Cavaller

Mons. Cavaller: La perseverancia en la fe orante


Sermón correspondiente al Domingo XX (A) 2020


Tiro y Sidón estaban en la costa del Mar Mediterráneo. Era la antigua fenicia, territorio sirio, al norte de Galilea. Era tierra de paganos. Pero San Mateo dice de Jesús que se había “extendido su fama por toda Siria”. Y en el evangelio de hoy lo vemos entrar en tierra de paganos. Es la universalidad de la salvación traída por Jesús, que iba más allá de los límites de Israel. En esa ocasión aparece esa mujer sirio-fenicia. Y llama la atención que no siendo judía llame a Jesús “Hijo de David”, que era un título que correspondía al Mesías esperado, como descendiente del Rey David. Evidentemente había sentido hablar de Jesús.


La mujer insiste en la curación de su hija, poseída de un demonio. Insiste a los gritos. Parece que Jesús no le hiciera caso. Los discípulos le dicen que la atienda para que se vaya de una vez. Lo cierto es que Jesús demora atenderla para excitar más la fe de aquella mujer.


Primero le dice que Él ha sido enviado a las gentes de Israel. El plan de Dios era, en efecto, que los judíos tuviesen la primacía, por ser el Pueblo elegido, por haber tenido la revelación primera. Por eso Jesús habla del “pan de los hijos” refiriéndose a los judíos, y de “cachorros” o “perros”, que era la forma habitual de los judíos para referirse a los paganos. La mujer contesta con una lógica hogareña: los cachorros comen las migajas que caen de la mesa de los hijos. Y Jesús elogia la fe de esta mujer pagana, una fe más grande aún por contraste, ya que muchos en Israel, en Nazaret mismo, no habían creído en Jesús, y por eso no había podido hacer milagros allí. En cambio, ahora lo va a hacer. Porque antes de realizar un milagro Jesús pedía la fe de la persona. No es el milagro el que causa la fe sino al revés. Por supuesto, el milagro aumenta esa fe, pero no la precede.


El milagro aquí fue, además, “a distancia”. Jesús le dijo a la mujer: “que se cumpla tu deseo”, y el evangelio continúa diciendo: “en ese momento su hija quedó curada”. No la tenía delante. No hacía falta. Esta es una enseñanza que sigue vigente hasta hoy: no hay distancia ni física ni espiritual entre nosotros y Jesús. Está siempre presente y cercano. Y actúa.


Pero hay todavía otra enseñanza detrás de este milagro. El evangelio de San Marcos, que también lo relata, agrega que la mujer “volvió a su casa, y encontró a la niña acostada en la cama y que el demonio se había ido”. No fue la curación física de una enfermedad. Fue un exorcismo. Jesús expulsó al diablo de aquella niña. Todos los milagros de Jesús tienen una doble dimensión. Por un lado, muestran Quién es, revelan su identidad divina, son signos de su poder, como la tempestad calmada del domingo pasado. Pero, por otro lado, tienen una dimensión salvífica mayor que el hecho concreto. No se limitan a curar tal enfermedad de tal persona. Porque detrás de todos esos “males” está el “gran Mal”. En algunos casos esto se hace más patente, como en la hija de la mujer pagana. Jesús ha venido a salvarnos del pecado y de la muerte, que son el fruto de la acción diabólica en la historia de toda la humanidad. Por eso entra también en tierra pagana. Pero hizo exorcismos en Israel, como con aquel poseído en la sinagoga de Cafarnaúm, el sordomudo endemoniado, el epiléptico endemoniado, o los siete demonios que expulsó de María Magdalena. La lucha de Jesucristo contra el demonio es evidente de principio a fin del evangelio, desde la persecución en Belén con la matanza de los inocentes, pasando por las tentaciones en su ayuno en el desierto, hasta la cruz. Y la Iglesia, comenzando por los mismos apóstoles, y a lo largo de la historia, se ha encontrado de frente con el gran Enemigo. Conocemos las luchas de un Cura de Ars, o de un Padre Pío, o las historias relatadas por el Padre Amort, el famoso exorcista de Roma, ya fallecido. El mal no es “algo” sino “alguien”, no es abstracto sino real y personal, y así influye en los seres humanos. Es imposible observar ciertos personajes o acontecimientos públicos sin intuir una intervención preternatural diabólica que está detrás. Este mismo descalabro pandémico universal, no parece ser sólo natural y humano. Pero el Señor sigue presente y cercano. Y si le imploramos actuará.


El grito de aquella mujer siro-fenicia era el grito de toda la humanidad, desde Adán hasta el fin de los tiempos, clamando por la salvación: ‘Señor, mira que estamos atormentados por el demonio’. ‘Estamos postrados’, en el doble sentido corporal y espiritual. Nosotros somos esa mujer cananea, en un mundo neopagano, y clamamos, e insistimos esperando que el Señor nos atienda. Su ejemplo nos enseña a ser perseverantes en la oración. Porque si el Señor nos hace esperar y se demora, es para que crezcamos en nuestra fe y esperanza. Pero actuará.


Está dispuesto incluso a darnos “más de lo que pedimos”. Ya había dicho “pedid y recibiréis, llamad y se os abrirá”. La oración de petición está reconociendo el poder y la misericordia infinita de Dios. Y es un acto de humildad, porque quien pide reconoce que no puede sólo, que necesita de Dios. No pedir es simplemente un signo de orgullo. Y esto también es obra del diablo. Pero el Señor Jesucristo se ha dignado venir a nuestro territorio del mundo, ha pasado la frontera del cielo para bajar a la tierra. Salgamos nosotros a Su encuentro, como aquella mujer, pidiéndole que nos cure, a nosotros y a nuestros hijos, que nos “libre del mal”, como Él mismo nos enseñó en el Padre Nuestro, que en el texto griego original dice: “líbranos del maligno”. Le estamos pidiendo lo que sólo Él puede hacer. Y creemos en la eficacia de la fe y la oración perseverante.


Y al pedir, recordemos que no estamos solos, que así como aquella madre siro-fenicia clamaba por su hija, mucho más lo hace nuestra Madre del Cielo, pidiendo a Jesús por sus hijos de la tierra. Ayer la hemos venerado en el día de su Asunción, y hoy la seguimos contemplando como la gran intercesora. En su cuarta aparición en Fátima, que tuvo que postergar hasta el día 19 de agosto porque habían metido presos a los pastorcitos, el mensaje fue: “Rezad, rezad, rezad mucho. Haced sacrificios por los pecadores. Muchas almas se van al infierno, porque nadie está dispuesto a ayudarlas con sacrificios”. ¿De qué estaba hablando sino precisamente de la obra del diablo, de la verdadera posesión de las almas, que es hacerlas pecar y lograr que no se arrepientan, que no se conviertan, y que sigan así hasta la muerte, para que esa posesión termine siendo eterna? María Santísima nos dice hoy, como ayer, que pidamos con insistencia, como aquella mujer del evangelio, que al volver a su casa: “encontró a la niña acostada en la cama y que el demonio se había ido”.

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