• Mons. Fernando María Cavaller

La corrección fraterna


Sermón correspondiente al Domingo XXIII (A) 2020


El tema de las tres lecturas es la corrección fraterna. “Fraterna” en cuanto se habla de hermanos cristianos, pero se aplica a padres y madres respecto a sus hijos, a abuelos y abuelas, a personas mayores respecto a los jóvenes, a sacerdotes, a educadores en general, y a personas en igualdad de condición, como los amigos. La cuestión brota del mandamiento del amor al prójimo, de la caridad, como dice San Pablo hoy: “Que la única deuda con los demás sea la del amor mutuo...El amor es la plenitud de la Ley”.


En primer lugar, hay que decir que hay una Ley de Dios que indica el bien y el mal. Dios habla a la conciencia con su voz y a la vez revela y promulga esa Ley para que sea conocida por todos. La Iglesia, por su parte, enseña esta Ley de Dios, en el orden religioso y moral, y no es una opinión más sino la voz del mismo Jesucristo que es la Verdad. Hoy vivimos una época de relativismo generalizado que no quiere reconocer autoridad alguna, con una actitud de autonomía individual. El peligro está cada vez más a la vista: se pierde la distinción entre lo que está bien y lo que está mal de modo objetivo. Es decir, se pierde la referencia del obrar humano según la Ley de Dios, que es objetiva. Se va extendiendo la idea de que es el sujeto el que decide la moralidad de los actos, que no hay actos intrínsecamente malos, sino que todo puede ser juzgado según las circunstancias y la subjetividad. Así va desapareciendo de a poco la idea de “pecado”, es decir, que transgredir la Ley de Dios es, ante todo, una ofensa a Dios, y que en esto consiste la esencia del pecado. Pero, claro, si no hay Ley de Dios, no hay pecado, y no hace falta la corrección. Si cada uno es su ley y su juez, todo es relativo y la corrección está de más.


En segundo lugar, la visión del evangelio es muy realista. No oculta que puede haber pecado dentro de la comunidad cristiana. Se trata de “hermanos” que pecan. Ya en los albores de la Iglesia hubo quienes no admitían que pudiera existir el pecado entre los discípulos de Cristo, y afirmaban que los pecados cometidos después del bautismo ya no tenían perdón. Hoy, muchas sectas, y los mismos medios, se encargan de desprestigiar a la Iglesia Católica porque en ella hay pecadores, como si fuera una demostración de que no es verdadera Iglesia de Cristo. Pero la realidad es que el pecado existe y existirá. La idea de una Iglesia totalmente pura ha sido siempre considerada como herética. Después del bautismo, que borra el pecado original, subsisten las consecuencias, las concupiscencias, las tendencias al pecado. Por eso, existe después del bautismo el sacramento de la confesión. La Iglesia está compuesta de pecadores perdonados, a excepción de la Virgen Santísima, que fue redimida de modo anticipado y preservada del pecado original porque iba a ser la Madre de Dios. Y todos le pedimos en el Ave María: “ruega por nosotros los pecadores”. Por tanto, siempre habrá que corregir a pecadores que están dentro de la Iglesia.


Jesús es el primero que nos habla del pecado, que nos llama a la conversión y al arrepentimiento, que nos corrige y quiere perdonarnos. Pero también nos enseña hoy que nosotros debemos hacer lo mismo con el prójimo. Nos habla de la corrección al pecador como un deber cristiano, fruto de la caridad. Se hace, en realidad, en nombre de Dios, por amor a Dios, y por tanto, por amor al pecador, no al pecado del pecador. Y esta caridad aparece también en las normas que pone hoy Jesús para hacer la corrección. Primero en privado. “Si te escucha habrás ganado a tu hermano”. La solución nunca podrá ser, como a veces sucede, andar divulgando los pecados ajenos: ni ayuda al pecador en cuestión, ni al que habla, ni al que se entera. Se impone la corrección de corazón a corazón. El segundo paso, si persistiera, es una divulgación limitada a dos o tres personas. Era práctica del Antiguo Testamento tomar dos o tres testigos en toda causa. Es frecuente recurso en familia, o entre amigos, o recurrir a un sacerdote o un consejero confiable. El tercer paso, llevarlo ante la comunidad, y si no resulta, excluirlo de la comunidad, se refiere al ámbito de la Iglesia, que llama a esto último excomunión, pero que sigue siendo una acción medicinal con vistas a su conversión. Jesús deja este poder a los mismos apóstoles, cuando les habla hoy de atar y desatar. Hay pecados graves, como el aborto, que incluyen ipso facto, es decir, por el mismo hecho, la pena de excomunión.


Hay varias cosas que pueden impedir la corrección o arruinarla. Una es si se piensa de modo egoísta que corremos el riesgo de que la persona no nos quiera más, y se aleje. Es verdad que ha crecido la sensibilidad a tal punto, que es cada vez más difícil encontrar quien acepte una corrección, porque se lo toma como una ofensa personal. ¿Pero quién es el ofendido, Dios por mi pecado, o yo porque me corrigen? Por supuesto, si la corrección se hace en el peor momento, o va acompañada de un desahogo de ira, lo estropea todo porque no tiene que ver con la caridad, que siempre busca el bien del otro al corregirlo.

Hay dos extremos que evitar. Uno, muy habitual, es sustituir la corrección caritativa a la persona por la crítica y la murmuración, o por una acusación sin piedad ninguna, incluso en público. Esto se ve cada vez más. Dice San Ambrosio que “aprovecha más la corrección amiga que la acusación violenta; aquélla inspira compunción, ésta excita la indignación” (Catena Aurea, VI, 266). El otro extremo es no decir nada. Pero es una obra de caridad decirle la verdad al que peca, sobre todo si es algo grave. “El silencio otorga” dice la máxima antigua. Y San Agustín nos advierte: “Si lo dejas estar, peor eres tú; él ha cometido un pecado y con el pecado se ha herido a sí mismo; ¿no te importan las heridas de tu hermano? Le ves perecer o que ha perecido, ¿y te encojes de hombros? Peor eres tú callando que él faltando” (Sermón 82). San Agustín veía, en el abandono de la corrección fraterna, una de las causas principales de la relajación de las costumbres.


Por otra parte, la actitud frente al pecado ajeno nunca estará del lado del rigorismo, pero tampoco del laxismo. La fórmula de toda educación sana ha sido siempre: ni rigor ni permisividad. La corrección camina por esta vía, difícil pero posible. La dificultad en corregir no anula su necesidad. La prudencia iluminada por la gracia divina sabrá en cada ocasión qué hacer, qué decir, cuándo y cómo. Ayuda lo que dice también San Agustín: “Cuando nos veamos precisados a reprender a otros, pensemos primero si alguna vez hemos cometido aquella falta que vamos a reprender; y si no la hemos cometido, pensemos que somos hombres y que hemos podido cometerla…Y entonces tengamos presente la común fragilidad, para que la misericordia, y no el rencor, preceda a aquella corrección” (sobre el Sermón de la montaña, 2).


Además, si corregimos no tanto en nombre propio sino en nombre de Dios, la paciencia en esperar la conversión nos vendrá también de Él, que nos amonesta una y otra vez y espera nuestro arrepentimiento. Es posible que la corrección sea rechazada y discutida en el momento de hacerla, y San Pablo nos dice: “El siervo del Señor debe instruir con mansedumbre a quienes le contradicen, porque podría ser que Dios les inspirase el arrepentimiento, con lo cual llegarían al conocimiento de la verdad, volviendo sobre sí mismos y librándose de los lazos con que el diablo los tenía sometidos a su voluntad” (2 Tim 24-26).

Paciencia y mansedumbre son virtudes propias de la verdadera corrección fraterna. Más aún, los santos acompañaban la corrección con oración y sacrificios. Al respecto dice San Juan Bosco: “Os recomiendo que imitéis la caridad que usaba Pablo con los neófitos, caridad que con frecuencia lo llevaba a derramar lágrimas y a suplicar, cuando los encontraba poco dóciles y rebeldes a su amor. Guardaos de que nadie pueda pensar que os dejáis llevar por los arranques de vuestro espíritu…que en nadie pueda surgir la duda de que obramos sólo para hacer prevalecer nuestra autoridad o para desahogar nuestro mal humor…Éste era el modo de obrar de Jesús con los apóstoles, ya que era paciente con ellos, a pesar de que eran ignorantes y rudos, e incluso poco fieles; también con los pecadores se comportaba con benignidad y con una amigable familiaridad, de tal modo que era motivo de admiración para unos, de escándalo para otros, pero también de ocasión de que muchos concibieran la esperanza de alcanzar el perdón de Dios. Por eso nos mandó que fuésemos mansos y humildes de corazón.”


La cuestión de fondo es, entonces, que solo el humilde sabe corregir y solo el humilde se deja corregir. La soberbia, el orgullo arrogante, serán siempre el obstáculo en uno y en el otro.


La cuestión es, que teniendo en cuenta todo lo dicho hasta aquí, no podemos eximirnos de cumplir con nuestro deber, unas veces mejor y otras no tanto. Porque lo que hoy le dice Dios al profeta Ezequiel vale para todos: “Yo te he puesto como centinela de la casa de Israel: cuando oigas una palabra de mi boca, tú les advertirás de mi parte. Cuando yo diga al malvado: “Vas a morir”, si tú no le hablas para advertir al malvado que abandone su mala conducta, el malvado morirá por su culpa, pero a ti te pediré cuenta de su sangre. Si tú, en cambio, adviertes al malvado para que se convierta de su mala conducta, y él no se convierte, él morirá por su culpa, pero tú habrás salvado tu vida”.

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Para nosotros, la palabra no impide la acción, lo que la impide es no formarse antes detenidamente de ponerla en ejecución, por eso mismo debemos formarnos, y formar a los que sean de nuestro entorno. Para eso queremos distinguimos.