• P. Christian Viña

"Eucaristía, persecución de la Iglesia, y 'nuevas catacumbas'...”


En el 304, en Abitinia (actual Túnez), 49 católicos fueron sorprendidos, bajo la persecución del emperador Diocleciano, celebrando la Eucaristía dominical. Conducidos a Cartago, fueron interrogados por el procónsul Anulino, quién les preguntó por qué habían transgredido la orden del empecador Uno de ellos, Emérito, contestó ¡Sine dominico non possumus! (Sin el Domingo no podemos vivir). Fueron masacrados, en diversos sitios, después de horribles torturas. 


Hoy, 17 siglos después, el virus de Wuhan ha provocado que otros pichones de Diocleciano, en distintas partes del mundo; con diferencia de estilos y matices, hayan ordenado la prohibición o restricciones sobre el debido culto a Dios, y en especial la Misa del Domingo. Para ellos, conscientes o no de su servilismo al Nuevo desOrden Mundial, la Iglesia puede ayudar a los pobres, trasformar sus templos en comedores, y participar de encuentros sanitarios con las autoridades políticas, pero no puede celebrar la Eucaristía. El odio anticristiano ataca el Misterio central de la Iglesia.


¿Vamos camino a trasformar nuestras comunidades en otras Abitinias? Hay fuertes indicios, aquí y allá, de que nos encaminamos una vez más al tiempo de las catacumbas. O, si se prefiere, de las nuevas catacumbas, que se registran, paradójicamente, en los tiempos en que más se declama la supuesta libertad para ¡todos, todas, y todes!; como se afirma desde los prejuicios ideológicos, y una ignorancia supina sobre la bien inclusiva –por estar moldeada por el catolicismo- lengua española…


Más que nunca, entonces, debemos fortalecernos en la Adoración Eucarística. Y predisponernos, así, para la Santa Misa; allí donde haya, o donde pueda ser vista aunque más no sea, al menos en esta emergencia, por la televisión y las redes. Está claro que el Nuevo desOrden Mundial solo quiere convertir a la Iglesia en una ONG más; que se haga cargo de los pobres que ese globalismo masónico genera y multiplica. El Nuevo Paradigma está ideado para buscar reducir a la Iglesia a una multinacional humanitaria; con un barniz de cierta espiritualidad.


Es hora, entonces, de sacudirnos de muchas comodidades. En lo que queda de la pandemia, y después de esta, costará enormemente encontrar dónde haya Misas. Habrá que levantarse más temprano; habrá que caminar o viajar más; y habrá que ser, también, más generosos en el sostenimiento espiritual y material de la Iglesia. Los católicos de China, de Corea del Norte, de Cuba, de Venezuela; de Nigeria, República Centroafricana, Mozambique, y otros países africanos; de India, Pakistán, y otros países asiáticos, con su gran cuota de martirio, deben inspirarnos a vivir heroicamente nuestro catolicismo.


Podemos plantearnos, por ejemplo, cuánto invertimos –y está bien que así sea- en nuestros estudios; en capacitaciones para obtener más ingresos y mejores trabajos; y en progresar económicamente. ¿Cuánto invertimos, y de qué modo, en nuestro destino final: la salvación eterna, y la gloria eterna junto a Dios?


Hoy, más que nunca, debemos tomar conciencia de que católico ignorante, futuro protestante. El que no se forma, el que no busca vivir de acuerdo con las exigencias evangélicas, y el que no procura ser fiel –con la gracia de Dios, y con todas las fuerzas a su alcance- al Magisterio bimilenario de la Iglesia, más tarde o más temprano, se va a una secta; o termina siendo un católico cascotero, dentro de la estructura eclesial.


Algunos pasos, bien concretos, pueden servirnos para volver, con fervor, al encuentro del Señor, en la Santa Misa:


- Programar la Eucaristía como lo central del Domingo. Cuidado con dejarla para lo último; luego de un fin de semana lleno de vicios, o de pereza desenfrenada.


- Tomar conciencia de que debemos ir vestidos, del mejor modo, a la Iglesia. No para alimentar vanidades, o improcedentes competencias con los demás. Sí para estar, como corresponde, en la Casa de Dios. Lo exterior muestra al interior; lo certifica y lo manifiesta al mundo. Nuestros padres iban a los templos con saco y corbata; y nuestras madres, bien cubiertas con su indumentaria, e impecables mantillas. ¿Es mucho pedir volver a recuperar el debido respeto, el pudor, el buen gusto, la discreción; encaminados, todos ellos, a la debida reverencia al Señor, y la necesaria delicadeza con los hermanos?


- En lo posible, incorporar la Lectio divina durante la semana. Prepararse para la liturgia; y, luego, dejarse guiar por ella. Fomentar los Círculos Bíblicos, y espacios de formación sobre la Palabra de Dios. Volver a una renovada apologética. Y para eso, claro está, deben conocerse muy bien los textos bíblicos; nacidos de la Tradición de la Iglesia, y confirmados oficialmente por ella.


- Cuidar mucho a los sacerdotes. En primer lugar, claro está, con la oración. Y, también, ayudándolos en sus necesidades espirituales y materiales. Protegerlos de ciertos entornos, y familiaridades indebidas… Tomar conciencia de que la parroquia debe ser mantenida, espiritual y económicamente, no solo un rato el Domingo, sino toda la semana.


- Generar en nuestras comunidades un auténtico clima vocacional (a la santidad cristiana, al matrimonio, al sacerdocio, y a la vida religiosa). Y acompañar, del mejor modo, cuando surge una vocación de particular consagración. En el futuro inmediato, tendremos una escasez notable de sacerdotes. Nunca será mucho lo que hagamos por promover, entonces, las vocaciones.


- Santo Tomás de Aquino dice: Cristo instituyó este sacramento como el memorial perenne de su pasión, como el cumplimiento de las antiguas figuras y la más maravillosa de sus obras; y lo dejó a los suyos como singular consuelo en las tristezas de su ausencia (Sermón para la fiesta del Cuerpo de Cristo). Memorial, o sea, actualización (y no recuerdo) del Misterio Pascual; cumplimiento de las antiguas figuras, porque los sacrificios de la Antigua Alianza solo prefiguraban el Único Sacrificio del Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (Jn 1, 29); y singular consuelo en las tristezas de su ausencia. Hoy, el gran ausente es el Dios hecho hombre; que ha sido remplazado por el hombre que juega a ser Dios. Hoy, también, se han llevado a nuestro Señor, y no sabemos dónde lo han puesto (Jn 20, 13). Él no es esencial, para los poderosos de este mundo; en estos tiempos de enfermedades y de hambre. A gritar, entonces, con Pedro, a Jesús, en medio de la tormenta, ¡Señor, sálvanos! (Mt 14, 30).

La celebración popular de San Cayetano, a quien en Argentina, y en otros países se lo considera especialmente como patrono del pan y del trabajo, nos hace olvidar un poco de los otros santos que celebramos este 7 de agosto: San Sixto II, papa, y compañeros mártires. El papa Sixto, en plena persecución del emperador Valeriano, fue decapitado en el 257, en el cementerio de Calixto, en Roma; luego de celebrar allí la Santa Misa. Pidamos su intercesión, y la de los Mártires de Abitinia para que nosotros, católicos en este siglo XXI, estemos siempre dispuestos a más y más sacrificios por el Señor, y su amadísima Iglesia. Y que, desde los cuatro puntos cardinales, en todo el planeta, se escuche, hoy también desde nuestros pechos ardientes, ¡Sine dominico non possumus!

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Para nosotros, la palabra no impide la acción, lo que la impide es no formarse antes detenidamente de ponerla en ejecución, por eso mismo debemos formarnos, y formar a los que sean de nuestro entorno. Para eso queremos distinguimos.