• Mons. Fernando María Cavaller

Ascender con Cristo


La Ascensión de Jesús a los cielos que hoy celebramos está relatada en el evangelio y también en el comienzo del libro de los Hechos de los Apóstoles de la primera lectura. Éste último dice que “después de su Pasión, Jesús se manifestó a los apóstoles dándoles numerosas pruebas de que vivía, y durante cuarenta días se les apareció y les habló del Reino de Dios”. Así sabemos el tiempo que transcurrió entre la Pascua y la Ascensión. Un tiempo misterioso como todas las cuarentenas que aparecen en la Biblia: los 40 días de Moisés en el monte Sinaí, los 40 años del pueblo de Israel hacia la tierra prometida, los 40 días de Jesús ayunando en el desierto de Judea antes de comenzar su vida pública. Y la Iglesia ha pasado estas cuarentenas al año litúrgico, en dos momentos: la cuarentena de Cuaresma (que así se llama precisamente) para preparar la Pascua y la cuarentena de Pascua que termina con la Ascensión. San Agustín nos enseñaba en un comentario que les envié la semana pasada que hay dos tiempos, “uno, el presente, que se desarrolla en medio de las pruebas y tribulaciones de esta vida, y el otro, el futuro, en el que gozaremos de la seguridad y alegría perpetua”, y entonces “se han instituido la celebración de un doble tiempo, el de antes y el de después de Pascua. El que precede a la Pascua significa las tribulaciones que en esta vida pasamos, el que celebramos ahora, después de Pascua, significa la felicidad que luego poseeremos…Por esto, en aquel primer tiempo nos ejercitamos en ayunos y oraciones, en el segundo, el que ahora celebramos, descansamos de loas ayunos y lo empleamos todo en la alabanza. Esto significa el Aleluya que cantamos”. (In Salm 148) Es interesante observar el realismo que la Iglesia ha querido dar a estas dos cuarentenas, la penitencial de Cuaresma y la festiva de Pascua, porque son exactamente 40 días de calendario en cada caso. Pero entonces la cuarentena de Pascua ha terminado con la fiesta de la Ascensión el jueves pasado. Así se celebra todavía en varios países de Europa, como Italia y Francia, y varios países de América. En algunos es incluso feriado oficial. En otros, como el nuestro, ha pasado al domingo siguiente, es decir, hoy. Se ha ido perdiendo ese realismo sacro que las fiestas cristianas otorgaban a la vida general de la sociedad, que hasta no hace mucho se regulaba no sólo con festividades cívicas sino religiosas, y eran muchas más que las cívicas. Hoy la proporción es inversa. En Argentina quedan sólo tres feriados religiosos. Este proceso de desacralización se ha extendido desde el siglo pasado inclusive a los domingos, que han quedado incluidos en el genérico “fin de semana”, un tiempo de descanso sin referencia religiosa alguna. En este estado de cosas llegó la cuarentena del coronavirus, que ha venido a confundir lo que quedaba, porque ha abarcado la cuarentena cuaresmal y luego la pascual, y lo que al principio parecía providencial porque coincidía la penitencia cuaresmal con el aislamiento sanitario, después no porque seguimos haciendo penitencia con barbijo y aislamiento durante los 40 días pascuales. Llegará Pentecostés el próximo domingo, 50 días después de Pascua, y todo seguirá igual al parecer. Todo esto lo pongo de relieve, porque precisamente la fiesta de la Ascensión en particular señala lo más olvidado en el mundo actual: la existencia del cielo. Es decir, la realidad de una vida eterna con Dios después de esta vida terrena. Y lo señala no como una idea piadosa y consoladora, sino como una convicción fundada en el hecho real e histórico de la Ascensión de Jesucristo a los cielos. El relato de hoy dice que “los Apóstoles lo vieron elevarse, y una nube lo ocultó de la vista de ellos”. Es interesante pensar que Jesús, el Hijo eterno del Padre eterno, bajó del cielo para hacerse hombre, pero fue un hecho invisible, anunciado por el ángel a María, y aceptado por la fe. Pero ahora, en cambio, Jesús se muestra gloriosamente resucitado a los Apóstoles durante 40 días y finalmente asciende al cielo a la vista de ellos. Nos alegramos de esto, porque la fe cristiana está fundada en hechos reales, que la Iglesia celebra sacramentalmente en la liturgia todo el año. El culto católico es el único medio por el cual mantenemos vivo ese realismo de los hechos, como el de la Ascensión, y por eso hay que defender y reclamar ese culto, precisamente ahora, para que no caiga en el olvido, o termine siendo un espectáculo virtual de televisión. A ese realismo histórico, se ha sumado en la tradición cristiana el realismo geográfico, que inspiró a la Iglesia desde el comienzo la veneración de los lugares santos donde los hechos ocurrieron. Y esa fue, y es, la razón de las peregrinaciones, especialmente a Tierra Santa. El evangelio de San Lucas señala el lugar de la Ascensión en el monte de los Olivos, frente a Jerusalén, a 800 m de altura. Desde allí se ve toda la ciudad. En el siglo IV ya había una iglesia, que destruyeron los persas en el año 614. Los cruzados levantaron otra en el siglo XII, que fue destruida por los musulmanes en el siglo XIII. Pero quedó en pie la edícula central, un pequeño templete que todavía está allí, donde los peregrinos ingresan para besar en el piso de roca la huella de los pies de Jesús antes de su Ascensión.

Dicho esto, acerca del realismo de la fe y del culto cristiano, consideremos algunos aspectos de la Ascensión de Jesús. En primer lugar ¿qué significa Ascensión? No sube hacia un lugar físico que está fuera del alcance de nuestra vista, fuera del planeta. El cielo de que aquí se trata no es el que llamamos cielo y ven nuestros ojos ahora. Aquí el Cielo no es un espacio, no es algo, sino Alguien, es Dios mismo, es Cristo mismo. Lo dijo Jesús en la Última Cena: “Me voy al Padre…Salí del Padre y he venido al mundo. Ahora dejo otra vez del mundo y voy al Padre” (Jn 16, 17.28). En el Credo lo decimos así: “Subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso”.

En segundo lugar, como dice San León Magno, los apóstoles “al no ver el cuerpo del Señor pudieron comprender con mayor claridad que no había dejado al Padre al bajar a la tierra, ni había abandonado a sus discípulos, al subir al cielo”. Es decir, no está ausente sino presente. Newman lo expresa así: “Cuando vivía visible en la tierra, Él estaba también en el cielo; y ahora, aunque ascendido allá arriba, se encuentra aún sobre la tierra”. Podríamos preguntar ¿dónde? Por un lado, y pensando en su divinidad la respuesta sería “está en todo lugar”. Pero pensando en su humanidad glorificada, unida a su divinidad, la respuesta puede ser más concreta: “está presente real y substancialmente en la Eucaristía”. Dice Newman al respecto: “Él está aún aquí, y nuevamente en secreto...Su presencia es tan poco manifestativa e impresionante para la mayoría, como también lo fue Su presencia corporal antes...Cuando nació en el mundo, el mundo no lo supo. Yació en un rudo pesebre, entre los animales, pero “todos los ángeles de Dios le rindieron culto”. Ahora también Él está presente sobre la mesa [del altar]...y la fe adora, ... aunque el mundo pase de largo”. Esto es algo que podemos vivir hoy, aunque no tengamos misa: está el sagrario y allí está Jesús vivo y presente. En nuestra iglesia se expone todos los días el Santísimo Sacramento, podemos entrar y adorar, aunque el mundo pase de largo. En el evangelio de San Mateo, que leemos hoy Jesús les dice a los apóstoles: “Yo estaré siempre con vosotros hasta el fin del mundo”. Y así es.

En tercer lugar, la Ascensión del Señor a los cielos nos habla, finalmente, de su vuelta visible a la tierra, su Segunda Venida al fin de los tiempos. Así dice el relato de hoy: “Como [los apóstoles] permanecían con la mirada puesta en el cielo mientras Jesús subía, se les aparecieron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron:

‘Hombres de Galilea, ¿por qué seguís mirando al cielo? Este Jesús que os ha sido quitado y fue elevado al cielo, vendrá de la misma manera que lo habéis visto partir”. Es lo que cantamos de pie en misa después de la consagración: “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, ven Señor Jesús”. Vivimos entre la Ascensión de Jesús y su Venida al fin de los tiempos, su Ida y su Vuelta, y la Eucaristía es su Presencia

intermedia. Dice Newman: “Desde que Cristo vino, padeció por nosotros y ascendió a los cielos, se encuentra siempre cerca de nosotros, siempre a mano, aunque de hecho todavía no haya vuelto. Nunca se ha ido del todo y nunca acaba de venir”. La Eucaristía es “un sostén y un consuelo mientras tanto, juntando el pasado y el futuro, recordándonos que Él ha venido una vez y prometiéndonos que vendrá de nuevo”. Por eso la deseamos ahora, y la reclamamos con todo derecho, porque es lo más esencial, precisamente en esta cuarentena sanitaria.

Por muy aislado que el mundo esté para prevenir el contagio, no lo está de la presencia de Cristo resucitado, que ha abierto las puertas y ventanas de este mundo para invitarnos a pasar al cielo, donde Él ya está junto al Padre. Esas puertas y ventanas se hacen visibles aquí en las iglesias, que por eso mismo deben estar abiertas, porque allí está Jesús presente hasta el fin de los tiempos en el Pan celestial. Y porque allí se celebra de modo real la Misa, el culto esencial, donde Jesús baja Su Cielo a la tierra y nos hace escuchar la exhortación del Prefacio: “levantemos el corazón”, para que respondamos con alegría “lo tenemos levantando hacia el Señor”, es decir, “nuestro corazón asciende contigo”. No nos dejes descender, Señor. Amén.

Cortesía de Mons. Fernando María Cavaller.

Para nosotros, la palabra no impide la acción, lo que la impide es no formarse antes detenidamente de ponerla en ejecución, por eso mismo debemos formarnos, y formar a los que sean de nuestro entorno. Para eso queremos distinguimos.

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