• La Cumbrera

Amores y amoríos


De Enciso Viana, Emilio.

Me lo entregaron al terminar una conferencia. Un papel cuidadosamente doblado, y en él escrita a máquina esta pregunta escueta. ¿Qué es amor y qué es amorío?

Tengo el papel sobre la mesa, y me hace la impresión de que las letras me miran con insistencia nerviosa queriéndome arrancar una contestación que preocupa.

Más aún: me parece ver tras de las letras unos ojos femeninos inquietos, en expectación ansiosa de lo que va a salir de mi pluma.

¿Quién ha escrito la pregunta? No lo sé. Indudablemente, una muchacha de mi auditorio. Acaso, antes de hacerlo, apoyada sobre la máquina, la mirada fija en el espacio, ha soñado con el amor...

¿Será amor? ¿Será tan sólo un amorío? Pero ¿qué es el amorío?

Sencillamente, un amor, raquítico que no puede confundirse con el verdadero amor, sano, robusto, lleno de vida, de ideales, de energías...

En las personas humanas, el raquitismo procede, en ocasiones, de que han nacido antes de tiempo. Son sietemesinos; corren peligro de malograrse antes de la edad adulta; y si no se malogran, crecen raquíticos y endebles. Sólo en corto porcentaje, vencida la debilidad nativa, llegan a ser individuos robustos.

Lo mismo pasa en nuestro terreno. Los amores precoces, expuestos en el capítulo anterior, no pasan de ser amoríos sietemesinos.

¿Habéis visto muchos amores de quinceños llegar a la madurez? Lo corriente es que tan sólo sirvan para iniciar una cadena de amoríos, más o menos larga, a cuyo final, en el mejor de los casos, se encuentra un amor nacido ya en plena juventud.

¿Y si no llega el amor? Porque también se da este caso amargo, pero real. ¡Ya lo creo que se da, y con demasiada frecuencia!

Los que ya hemos alcanzado el mediodía de la vida conocemos muchas chicas que han doblado el cabo de Buena Esperanza, y están amargadas en su soltería tras de una serie de amoríos iniciados a los catorce o dieciséis años.

No es extraño que estén amargadas después de haber comido durante tanto tiempo fruta verde. Porque fruta verde son los amoríos prematuros. No han llegado a sazón, y dejan una acritud..., el amargor del desengaño, de la desilusión.... y juntamente, con frecuencia, el escozor inquietante de una pérdida de pudor, de delicadeza en la tersura nítida de la pureza.

Mas no sólo los amores sietemesinos son amoríos; el raquitismo puede también proceder de otros conceptos. Por ejemplo: los amores superficiales nacidos de un sentimentalismo enfermizo o de un egoísmo con careta.

Hay muchos amores frívolos, ligeros, superficiales, que no calan hondo, que son la resultante necesaria de esta vida moderna de nuestra muchachada, en intima promiscuidad, y con los corazones enfrentados sin suficiente defensa espiritual, sin la debida orientación, sin la necesaria sensatez.

Para ellos, la vida es constante diversión; hay que pasarla entre continuas carcajadas; se juega con todo, hasta el amor.

¡Mentira! Se juega con el amorío; con el amor, no.

El que verdaderamente ama, no juega; siente el amor como más serio, que ilusiona, que esponja el espíritu de alegría, que ilumina la vida con sonrisas. Precisamente aquí está la clave: el amorío es carcajada que agita y aturde: el amor es sonrisa que ilumina y aquieta.

A veces se confunde el amor con un sentimentalismo enfermizo. El amor es siempre racional: nace del corazón, el cierto, pero el corazón tiene sobre si la cabeza. Amores irracionales, no.

¿Eres tú de las que tienen fe en el flechazo? Pero ¿tú crees que cualquier sentimiento provocado en un hombre o en una mujer es amor? El amor es pasión, pero no toda pasión es amor.

Le has flechado, y ha surgido una llamarada imponente que, al parecer, todo lo abrasa. Es una verdadera locura... Está loco por ti... Escapas de cualquier cosa... Es todo vehemencia, fuego, sin freno...

—No hable usted de frenos al corazón. Usted no sabe lo que es amar. El amor no entiende de matemáticas, ni de límites, ni de leyes...

¡Amorío, nada más que amorío! Deja que el tiempo haga su obra, y de aquella inmensa hoguera no quedará ni el rescoldo, y si entonces hay otro flechazo... ¡Desgraciada la que confundió el amor con el amorío!

Como lo es también la que se enamora de un buen tipo, de la elegancia de un Dandy, del gracejo, de un buen conversador, del atractivo, de un espíritu aventurero...

¿Y si se enamora del puesto elevado que permite pavonearse en las alturas, del sueldo pingüe que proporciona vestidos y joyas, de la posición económica que saca de estrecheces hogareñas, del apellido ilustre, del blasón?...

¿Eso es amor o egoísmo?

El verdadero amor va de corazón a corazón, sin pasar por el automóvil o por el magnetismo de una charla sugerente. Podrá gustar todo esto; pero como accidente secundario nada más.

¿Que también las muchachas de amor interesado sienten hacia el chico cierto amor? Sí; pequeño, raquítico, endeble, enfermizo, pospuesto a lo otro. Es decir, que no es amor, sino amorío.

Lo mismo, enteramente lo mismo, que el de aquellas que entablan relaciones con un chico únicamente por no quedarse solteras, para no ser menos que sus amigas, por darles envidia, por ser la primera que se casa.

Amorío, simple amorío anémico y tuberculoso. El más leve enfriamiento puede acabar con él.


Amor robusto, firme, inextinguible, el que en las páginas de la Sagrada Escritura se yergue abriendo camino y trazando norma: El amor sagrado da Cristo a la Iglesia.

La amó con generosidad inigualable, y se sacrificó en el holocausto más completo para santificarla, purificarla y mostrarla radiante de gloria, sin una sombra, sin una arruga, santa e inmaculada.

La iglesia responde a este amor con esplendidez sublime. Por Cristo ha derramado la sangre de sus mártires, puesto en juego la ciencia de sus doctores, derrochado el heroísmo de sus confesores, ofrendado la finura delicada de sus vírgenes y abierto ríos de lágrimas en los ojos de sus penitentes.

Todo le parece poco tratándose de Cristo: templos monumentales, retablos deslumbradores, sagrarios bien bruñidos, ornamentos preciosos, corporales blancos, almas puras, corazones limpios...

Así, dice San Pablo, se amarán el marido y la mujer.

Así, dice el sacerdote el día de las bodas, es el verdadero amor.

Ahí tiene que desembocar el amor de los novios. Como Cristo amó a su Iglesia.

El amor que con él se conforma es verdadero amor.

Del libro "Muchacha en el noviazgo", por Enciso Viana, Emilio.

Para nosotros, la palabra no impide la acción, lo que la impide es no formarse antes detenidamente de ponerla en ejecución, por eso mismo debemos formarnos, y formar a los que sean de nuestro entorno. Para eso queremos distinguimos.

facebook.png
instagram.png
gorjeo.png

© 2018 by La Cumbrera - lacumbrerab@gmail.com