• Mons. Fernando María Cavaller

El Señor es nuestro refugio y defensa

Actualizado: jun 9


Dice el Salmo 90: “No temerás la peste que se desliza en las tinieblas, ni la epidémica que devasta a mediodía…porque hiciste del Señor tu refugio, tomaste al Altísimo por defensa”.

Sí. Junto con la peste se extiende el temor entre la gente. El temor a contagiarse. El temor a morir. El virus del miedo. Esto es propio de nuestra naturaleza humana. Pero el salmo, precisamente en esta situación, nos señala a Dios como refugio y defensa. Es decir, que el temor natural hay que acompañarlo y superarlo con otro temor. Se trata del santo temor de Dios, que es uno de los dones del Espíritu Santo, y que significa ponerse delante de la majestad de Dios, someterse a su voluntad, y alejarse de todo lo que pueda desagradarle, es decir una conversión a Dios, donde precisamente lo que se teme es perder a Dios, ofender a Dios, perder la Salud que viene de Él. Es un temor que brota del amor a Dios. Y entonces nos damos cuenta que Él es nuestro refugio y defensa contra todo mal. Es decir, produce en nosotros un profundo sentimiento de humildad.

Esto es lo que debiera surgir también en una situación como la que vive el mundo frente al mal del virus. El orgullo que impera en la actualidad en el mundo, donde Dios es irrelevante para el progreso y la solución de los problemas, queda abatido frente a la inesperada irrupción de un virus microscópico que atenta contra la vida. De hecho, el mundo parece haber colapsado. La tecnología y el avance de la ciencia y la medicina ayudan y las precauciones son necesarias, en el marco de una solidaridad general para evitar la difusión del mal. Pero este esfuerzo debe estar acompañado de la fe en Dios, del aumento de oraciones y peticiones, y del ofrecimiento de todos los sacrificios, voluntarios e involuntarios. Es el momento de profundizar nuestra fe en la Providencia divina, y recordar que todo está en sus manos, de principio a fin, toda nuestra vida. La disminución de actividades y movimientos, el aislamiento, sea de precaución o para curar el mal, tiene que ser una oportunidad para elevar nuestra alma a Dios, que la ha creado unida a nuestro cuerpo.

En este sentido, desde que Cristo entró en el mundo, la Iglesia de sus discípulos se ha preocupado del ser humano sin separar cuerpos de almas, ni almas de cuerpos, en la medida en que aún el cuerpo que es mortal y muere en algún momento, con o sin pandemias, está llamado a resucitar como el de Cristo. De aquí ha brotado desde el principio de la historia de la Iglesia, y en todas las épocas hasta hoy, no sólo cuidarse del contagio sino la caridad de cuidar a los enfermos. Esto está registrado precisamente en la historia de pestes que azotaron el mundo. En los primeros siglos las hubo, y los cristianos se distinguían de los paganos del imperio romano por cuidar y sanar a los enfermos, como en la peste antonina del siglo II en tiempos de Marco Aurelio, que devastó Roma y se extendió por toda Italia y la Galia. Luego vino la peste en tiempos de Justiniano que mató a más de 600.000 personas. En la edad media fue la peste negra o bubónica del siglo XIV que en algunos sitios mató a dos tercios de la población europea. Aparecieron luego la viruela, el cólera del siglo XIX, la fiebre amarilla, la malaria, la fiebre española inmediatamente a la primera guerra mundial con la que entre 1918 y 1920 murieron entre 50 y 100 millones de personas, entre ellas los dos pastorcitos de Fátima. Y así podríamos continuar con esta historia de horror. Sin embargo, en todos estos casos, la fe, la esperanza y la caridad cristiana aumentaron de modo visible y concreto.

Se celebraban misas especiales, procesiones con el Santísimo, y se ofrecían rogativas y penitencias como en los casos de terremotos y tormentas. Estuvo también el ejemplo de grandes santos como San Carlos Borromeo, Arzobispo de Milán, durante la epidemia de 1576, que atacó allí y en el norte de Italia, como el virus de hoy. «Ante la ausencia de las autoridades locales, organizó los servicios sanitarios, fundó y renovó hospitales, consiguió dinero y víveres y decretó medidas preventivas. Ante todo, hizo las diligencias para proporcionar socorro espiritual, asistencia a los enfermos, sepultura a los muertos y la administración de los sacramentos a los habitantes de la ciudad, que estaban confinados en su casa, entre otras medidas preventivas. Sin temor al contagio, sufragó personalmente los gastos visitando hospitales, encabezando procesiones de penitencia y haciéndose todo a todos como un padre y verdadero pastor». San John Henry Newman, siendo ya sacerdote católico después de su conversión, fue llamado por el obispo para que enviara a dos de sus sacerdotes oratorianos para ayudar en una zona de Inglaterra azotada por el cólera; fue él mismo, poniéndose en riesgo de contagio. Tenemos, además, todas las congregaciones fundadas en los últimos siglos para cuidar enfermos, como la de San Camilo de Lelis, o las Hermanas de la Caridad de Santa Teresa de Calcuta. Los ejemplos son interminables.

Y es que la fe en la vida eterna que responde a la revelación de Jesucristo y es esencial al ser y a la misión salvífica de la Iglesia, ha estado siempre presente. Si ahora, a causa de la crisis actual en la Iglesia, disminuyera y no actuara en esta situación de peligro, no sería fiel a Cristo. La Iglesia ha actuado siempre, no copiando las actitudes del mundo que sólo consideran el presente terrenal, ni tan sólo las medidas sanitarias oficiales, sino que ha mantenido la visión propia de la fe. Como han hecho los obispos de Polonia, si el contacto en las iglesias parece un riesgo, que se multipliquen las misas para que haya menos gente en cada una. Pero cerrar todas las iglesias es un verdadero escándalo. En Roma se han vuelto a abrir después de la decisión que las había cerrado. ¿Cómo no ofrecer el ámbito propio de oración y súplicas, y separar a los fieles de los sacramentos de salvación, precisamente en una situación de peligro como ésta? Ni hace falta indicarlo.

Como sea, la Providencia de Dios nos hace vivir una Cuaresma especial, que incluye penitencias no buscadas, y pide un aumento significativo de oración, de espíritu de sacrificio y de caridad. Es un tiempo que debe ayudar a considerar con mayor profundidad qué es el hombre, quienes somos en realidad, cuál es nuestro origen y nuestro fin, no sólo natural sino sobrenatural. No hay que caer en la histeria o paranoia, que desgraciadamente provocan los medios, aunque no se lo propongan, con su información al minuto. Hay que tomar las precauciones del caso, pero a la vez hay que buscar más a Jesús. Él ofrece hoy a la samaritana el “agua viva”, que es Él mismo. Aquella mujer volvió cambiada después del encuentro con Él. Volvió curada. Si nos ha redimido en la cruz del virus universal del pecado, que también es mortal, puede librarnos de los males corporales, como lo muestran sus milagros en el evangelio, y los que hicieron sus apóstoles y los santos posteriores al curar enfermedades y detener pestilencias a lo largo de los siglos. Estemos tranquilos y pongámonos en las manos del Señor, tanto los que viven el aislamiento obligado de una cuarentena, como todos los demás que temen el contagio. Vivamos a fondo esta “cuarentena” como “Cuaresma” cristiana: la palabra es la misma. La Pascua llegará, y Jesús nos salvará. Que nadie caiga en la tentación de decir, como aquellos hebreos en el desierto: “¿Está el Señor entre nosotros o no? (Éxodo 17:7)

El Señor nos responde hoy con el salmo 90, que cité al comienzo: “No temerás la peste que se desliza en las tinieblas, ni la epidémica que devasta a mediodía…porque hiciste del Señor tu refugio, tomaste al Altísimo por defensa”.

Permitida su reproducción citando autor y a La Cumbrera

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