• P. Christian Viña

Amor, aborto; árboles y mascotas

Actualizado: jun 9


El pasado viernes 14, memoria de los Santos Cirilo y Metodio, copatrones de Europa; y de San Valentín, mártir, como lo hago diariamente, antes de la salida del sol, recé el Oficio de Lectura y las Laudes, en el templo de mi parroquia; y, luego, hice la meditación. Después, para evitar los latigazos del sol casi africano que tenemos estos días, aproveché las últimas sombras para realizar un poco de limpieza en el jardín, y tras algunos ejercicios físicos en la plaza, fui a pagar algunos de los servicios parroquiales. Como era bien temprano, ya había fila a la espera de su apertura. La polémica entre los que aguardábamos, como de costumbre, era el costo de la luz, el gas, el teléfono y demás cargas; con tarifas que buscan ser del primerísimo mundo y, claro está, con sueldos e ingresos del penúltimo mundo...


Uno de los más exaltados era un hombre mayor que se quejaba de las habituales pícaras maniobras, siempre dirigidas a meros fines recaudatorios. Y ponía, como ejemplo, las veces que se reclaman deudas ya canceladas. Si uno no conserva los tiques de pago, inevitablemente debe volver a pagarlas. Indignado decía que le habían respondido más de una vez, en las empresas proveedoras, que ahora «todo es digital. Y no hay que tener tantos papeles, para 'no matar árboles'...». Inmediatamente le dije: «Está bien que se preocupen por no matar árboles... Deberían tener tanta o más preocupación por no matar bebés, con el aborto»... Silencio absoluto. El ruido de la cortina metálica anunciaba la apertura del local; y la consiguiente extinción paulatina de la cola... Era claro que el quejoso cliente no estaba a favor del homicidio intrauterino; que el Concilio Vaticano II definiera como «crimen abominable». Era claro, también, que no quería polémicas en la tórrida mañana, al aire libre; o no deseaba demorarse en el trámite...


La nueva embestida abortista del actual gobierno argentino -mejor dicho, la profundización de la agenda abortista, ya iniciada con el gobierno anterior- vuelve a poner sobre el tapete hasta dónde llegan las contradicciones de los que dicen defender a los árboles y las mascotas, y demuestran un desprecio absoluto hacia la vida humana más indefensa. Patéticas, particularmente, resultan ser las posturas más radicalizadas de la izquierda y la extrema izquierda; que en nombre de los derechos humanos, y el supuesto derecho de la mujer a elegir sobre su cuerpo -en realidad sobre un cuerpo que no es el suyo- terminan siendo serviles, cuando no sostenidas, por el imperialismo antinatalista, antivida y antifamilia. Basta repasar los aportantes de ciertas multinacionales a determinadas ONG verdes, para comprender quiénes financian estas campañas.

Duele muchísimo, de cualquier modo, comprobar que algunos provida, y defensores de los auténticos derechos humanos, sean poco comprometidos, poco sacrificados e, incluso, poco valientes a la hora de cristalizar, en hechos, lo que creen y piensan. Por ejemplo, ¿puede entenderse que, después de tantas marchas provida, y del milagroso rechazo de la ley del aborto -gracias a la intervención indudable de la Santísima Virgen, que nos cubrió con su celeste manto- los candidatos abortistas en las elecciones hayan superado ampliamente el 90 por ciento de los votos?. ¿Puede explicarse que la preocupación por la economía -siempre desastrosa, en nuestra Argentina saqueada- se centre, exclusivamente, en el bolsillo; cuando todo es parte de un mismo paquete del globalismo, y sus ejecutores, como el Fondo Monetario Mundial, el Banco Mundial, y las Naciones desUnidas, entre otros?. ¿O es que no terminamos de entender que el ajuste ecónomico -o sea, el seguir metiéndoles la mano en el bolsillo a los más pobres- es solo parte de una exigencia mucho mayor, que incluye, limitación de los nacimientos, injusticia social, liberalización de la droga, eutanasia, y toda otra práctica perversa, y antivida?.


Nuestra sociedad está legítimamente indignada con el asesinato de un joven, Fernando Báez Sosa; a manos de una manada de salvajes, a la salida de un boliche bailable, en Villa Gesell. Y muestra, también, su conmoción ante la perfectamente evitable muerte, por hambre, y por sed, de como mínimo siete niños compatriotas, de la etnia wichí, en nuestra provincia de Salta. Son, sin dudas, muertes escandalosas; que muestran hasta dónde llega la insensibilidad y hasta el desprecio a los más vulnerables. ¿Esta misma sociedad, sacudida por estos horrendos crímenes, permitirá que su dirigencia -oficialista, y supuestamente opositora-, que hoy se desgarra las vestiduras ante estas muertes, con tanto impacto mediático, institucionalice el crimen de argentinos, de uno y otro sexo, en el seno materno? ¿Tendrán estos políticos, que supimos conseguir, la valentía necesaria de reconocer que buscan legalizar el aborto, para quedar bien con sus mandantes de afuera; a cambio de algunos dólares, para refinanciar la deuda?.


La gravísima emergencia antropológica que estamos viviendo en Occidente es consecuencia de la negación y hasta el desprecio de la metafísica. Como el constructivismo todo «lo construye» por acuerdos -cada vez más efímeros-, y circunstanciales votaciones, no hay lugar para el concepto de naturaleza. Para este hombre posmoderno, poscristiano, posverdad, y todos los pos que le quieran poner, nada nos es dado desde afuera; todo se construye desde adentro. En consecuencia, el obrar no sigue al ser; sino el ser al obrar. En vez de ortodoxia, ortopraxis. En vez de reconocimiento sereno de los dones -claro está, venidos desde lo Alto-, para multiplicarlos en pos del bien común, solo cabe fabricar realidades y situaciones no naturales, y hasta antinaturales. Ahora lo importante es cómo uno se autopercibe... ¿Qué sería de este pobre servidor, por caso, si se autopercibiera Obispo o Papa?...


Ante la negación de lo evidente, ante el desprecio de la razón, ante incluso el rechazo de la Constitución Argentina, que en su artículo 75 manda a proteger la vida humana desde la concepción, seguiremos dando la batalla que sea necesaria, para anunciar y dar testimonio del Evangelio de la Vida, y la vida en abundancia (Jn 10, 10). Y, en obediencia a lo que nos manda San Pablo, continuaremos proclamando la Palabra de Dios, insistiendo con ocasión o sin ella, arguyendo, reprendiendo, exhortando, con paciencia incansable, y con afán de enseñar (2 Tm 4, 2). Nuestro combate no es contra nadie, sino a favor de la vida, la familia, el bien común, y la Patria que Dios nos regaló... Como no queremos más excluidos, ni nuevas muertes atroces, nos oponemos firmemente al ahogo y el descuartizamiento de bebés, en el útero. ¿Cómo puede ser que nos quejemos -y con sobrada razón- de la inseguridad, en nuestro país; y trasformemos el seno materno en el lugar más oscuro e inseguro de todos?.


Como era de esperar, muy poco se habló en este viernes 14 de los santos Cirilo y Metodio; hermanos de sangre que, llenos de audacia y celo apostólico, evangelizaron en el siglo noveno de nuestra era cristiana, a los pueblos eslavos. Con razón, el papa San Juan Pablo II los proclamó «Copatrones de Europa»; pues por ellos, en buena medida, medio continente fue cristiano. Se habló mucho más -como también era previsible- de San Valentín; sacerdote mártir del siglo tercero que, en plena persecución del imperio romano, casaba «clandestinamente» a los cristianos, y que fue decapitado por Claudio II, en el 270. No se trata aquí, claro está, de generar competencia entre la popularidad de los santos. Duele, y mucho, que se desconozca la verdadera vida de ellos; y que, peor aun, se busque manipularlos, con claras intenciones ideológicas, y de mercadotecnia.


Los «festejos» paganos por San Valentín, en la práctica, se han trasformado en un vale todo, con escasa o nula referencia religiosa. Tanto es así que, incluso para evitar cualquier vínculo con la fe, se habla de Día de los enamorados; y, claro está, de todos los enamorados; sean cuales fuesen los sujetos y objetos del «amor»... Y, como era de esperar, en estos días del llamado poliamor -algo así como el endiosamiento de la promiscuidad, la poligamia, la infidelidad y el adulterio, disfrazados de presunta «legalidad»-, hasta las variaciones más perversas van quedando superadas... Por eso, no es de extrañar que animadores televisivos, influencers, y deformadores de opinión, entre otros, hayan hablado, también, de amor a los objetos, animados e inanimados; desde árboles hasta mascotas, pasando por instrumentos musicales, y de otro tipo...


Puede resultar tragicómico, pero todo esto es la consecuencia del obstinado capricho, como decíamos, de la guerra contra la naturaleza. Y de divinizar la creatura, en remplazo del verdadero Dios. Pero los árboles y las mascotas también son creaturas de Dios, se nos replica una y otra vez... Ya lo sabemos, por supuesto. Pero no son hijos de Dios. Están a nuestro servicio; y, nosotros, al servicio del Señor. Dos mil años de Iglesia, desde la Sagrada Tradición y la Sagrada Escritura, y la Doctrina Social, hasta la exhortación Querida Amazonía, del papa Francisco, publicada esta semana, nos ubican perfectamente, a cada uno, y a las cosas, en el auténtico plan amoroso de Dios.


Bellamente dice el Catecismo de la Iglesia Católica, en su punto 220: «El amor de Dios es 'eterno' (Is 54, 8). 'Porque los montes se correrán y las colinas se moverán, mas mi amor de tu lado no se apartará' (Is 54, 10). 'Con amor eterno te he amado: por eso he reservado gracia para ti' (Jr 31,3)». En otras palabras: ninguna creatura podrá apartarnos del amor personal, único e irrepetible, que el Señor tiene para cada uno de nosotros. Va siendo hora, entonces, de que devolvamos en parte, como corresponde, tan grande regalo. Y que, en clave de una auténtica ecología humana, entendamos definitivamente que esta, nuestra casa común de la tierra, no es un fin en sí misma; sino el anticipo de la verdadera Casa, en donde todo será Vida, y para siempre...

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Para nosotros, la palabra no impide la acción, lo que la impide es no formarse antes detenidamente de ponerla en ejecución, por eso mismo debemos formarnos, y formar a los que sean de nuestro entorno. Para eso queremos distinguimos.