• P. Antonio Orozco-Delclós

Sobre la verdad y el error

Actualizado: jun 9


"La verdad... no cambia una vez que ha sido encontrada, pero todo cambia a su alrededor, y si no se hace un esfuerzo por mantener con vida el sentimiento de su presencia, será olvidada sin que tenga que pasar tiempo (...) Una de las principales funciones de la sabiduría es precisamente mantener la verdad presente a la mirada de los hombres." (E. GILSON, El filósofo y la teología, Madrid, 1962, p. 180)

"Sólo unos pocos piensan la verdad depositada en el ser de las cosas." (ANSELMO DE CANTERBURY, Diálogo sobre la verdad, cap. 9)

LA FUERZA DE LA VERDAD La pregunta de Agustín, en su tratado sobre el Evangelio de San Juan -" ¿hay algo que desee el alma con más vehemencia que la verdad?"-, contiene en sí su propia respuesta (1). ¿Qué podría ser más fuerte que el deseo de la verdad? ¿Qué podría ser más conmovente? Unos jóvenes alumnos propusieron a Tomás de Aquino una curiosa cuestión, que dejó resuelto en el artículo l° de la Cuestión XIV de sus Quodlibetales: "Si, la verdad es más poderosa que el vino, que el rey y que la mujer". Como es habitual en el de Aquino, antes de ofrecer cabal respuesta, recoge unas objeciones que agudizan aún más la dificultad: "Parece -dice- que el vino es lo que inmuta máximamente al hombre", pues puede incluso hacerle perder el sentido. Por otra parte, continúa, el rey es capaz de impeler al hombre hacia cosas dificilísimas, hasta el punto de lograr que el súbdito se exponga al peligro de muerte. Pero la mujer, por su parte, domina al mismísimo rey. Parece pues que la fuerza de la verdad, como la del vino y la del rey, palidecen ante el poder fenomenal de la mujer. Tomás, con todo rigor y, según creo, pasando un buen rato, va a resolver la dificultad. Ante todo se cuida de declarar que verdad, vino, rey y mujer, son entidades heterogéneas si se consideran en sí mismas y por ello no son comparables, a no ser por la semejanza que pueda haber entre algunos de sus efectos. Y encuentra que verdad, vino, rey y mujer, convienen en inmutar –o sea, conmover- el corazón del varón, por lo cual pueden compararse y jerarquizarse según la cualidad de la inmutación que causan. El hombre -sigue el Doctor de Aquino- puede ser inmutado, conmovido, en tanto que animal, en el cuerpo o en los sentidos; y en el entendimiento práctico o en el especulativo, en tanto que racional. "Pues bien, entre aquellas cosas que inmutan naturalmente al hombre según la disposición del cuerpo, la excelencia pertenece al vino, que hace hablar por los codos (quod facit per temulentiam loqui). Entre las cosas que inmutan la tendencia de los sentidos, la delectación es la más irresistible y, en este campo, la mujer es más poderosa. Por otra parte, en el orden del hacer, que rige el entendimiento práctico, la máxima potestad pertenece al rey. En cambio, en el ámbito especulativo, lo sumo y potentísimo es la verdad. Y -concluye Tomás- como las potencias corporales se someten a las animales, y las animales a las intelectuales, y las intelectuales prácticas a las especulativas, tenemos que, absolutamente hablando, la verdad es lo más digno, lo más excelente y lo más fuerte" (2). La argumentación que acabamos de seguir revela una salud mental maravillosa, y permite sospechar que la obra de Tomás de Aquino ha de ser altamente saludable para quien la aborde en nuestros días, en los que tan escasos de humor andamos, así como ayunos de verdadera sabiduría. Tomás viene a decirnos que no se puede mutilar al hombre, como hacen ciertos sociólogos, psicólogos, antropólogos, ignorantes de sus respectivas ciencias. El hombre es un ente complejo: una complejidad que es, valga la redundancia, una, es decir, que forma un todo animado por el espíritu racional, que es lo más alto y vigoroso que hay en él. Y ese espíritu -inteligente- se halla ordenado por naturaleza a la verdad; su fin es la verdad. Y la verdad -esa orientación a la verdad- es lo que le hace ser hombre; lo que le hace ser más, infinitamente más que animal. Por ello -y porque lo vive y siente dentro- Tomás entiende bien que el primero, en la jerarquía de los grandes deseos humanos, es el deseo de la verdad (3); deseo más fuerte aún que el de continuar en la existencia, que éste es común con el de los seres irracionales. El hombre es más, y ese más -por lo que es hombre- engendra el deseo, la mayor sed del hombre, sed de verdad. Y como la verdad es inagotable, su sed es insaciable. Y si la sed se agotara o saturara, entonces asistiríamos a la agonía del espíritu humano. Si hoy contemplamos una considerable masa de gente que no tienen sed de verdad, que le vuelve las espaldas, desinteresándose de ella, incluso huyendo, entonces habremos de admitir que aqueja a una gran parte del mundo la más grave enfermedad que pueda pensarse. Una dolencia, por lo demás, que tiende a la deshumanización del hombre, al anular el ejercicio de la más específica de sus facultades: el entendimiento, creado, justamente, con vistas a la verdad. Es el amor a la peor de las esclavitudes: la ignorancia (vencible); la búsqueda de liberaciones que encadenan la libertad. Verdad y libertad son, ciertamente, categorías distintas, pero íntima e indisolublemente relacionadas. Es curioso advertir que según los Upanishads, la auténtica liberación del hombre consiste en salir del avidyá, que es la ignorancia, entenebrecedora de la conciencia, que la enclaustra en los límites tan angostos del ego y la sumerge en una especie de letargo del espíritu, reduciéndolo a una vida ilusoria de ensueño. "La verdad os hará libres" (4), dice, más positivamente, el Evangelio. ¿Puede haber señorío –dominio- sobre uno mismo, sobre los propios actos y sobre las cosas -eso es libertad- donde no se sabe qué son las cosas y qué es uno mismo? Para poder actuar en libertad, lo primero que se requiere es conocer el para qué de la libertad, es decir, su finalidad, su sentido. Porque la libertad -como facultad de escoger- no tiene su razón de ser en sí misma, no es un valor absoluto. Como absoluto, la libertad no interesa a nadie. La libertad interesa por lo que ella nos permite hacer o conseguir: por su sentido y nervio teleológico. La libertad interesa porque hay algo "más allá" de la libertad que la supera y marca su sentido. Y esto no es otra cosa que lo bueno, el bien. La libertad es un bien porque me permite conseguir bienes enriquecedores, plenificantes. Se entiende que ser libre no es sólo gozar de libre albedrío, desde el momento en que se observa que con el libre albedrío podemos convertirnos en esclavos (¿será menester acudir al ejemplo de la drogadicción?). Nuestra libertad puede frustrarse a sí misma, encadenarse, eligiendo lo que merma a la persona; así sucede, por ejemplo, cuando se engolfa en bienes inadecuados que embotan la mente e impiden la consecución de los bienes más altos del espíritu. Hay elecciones que pueden cerrar posibilidades en un determinado orden de cosas, pero que abren otras de orden superior: son elecciones liberadoras, que enriquecen a la persona y a su libertad. En cambio, elegir lo que introduce el desorden en la naturaleza cierra el horizonte de los bienes típicamente personales. En tal caso, se podrá tener "sensación" de libertad –por un momento-, pero, si no se rectifica, el ámbito de la existencia se va reduciendo, se hace cada vez más angosto, hasta sumergir en un nivel que bien podría calificarse de infrahumano. Quizá se viva entonces con cierta ilusión de estar siendo libre, pero en realidad se está atrapado, lejos de la verdadera libertad. Escoger la verdad -bien del entendimiento, que redunda en todo el hombre- no es siempre fácil. Todos, en la actual forma de existencia, arrastramos cierto desorden en nuestros apetitos, que se inclinan al mal: se hallan desmesuradamente proclives a bienes inferiores. Elegir el sendero de la verdad implica plantear una batalla íntima, la renuncia a una existencia inauténtica que, sin embargo, tienta. Pero decidirse por la verdad es la única opción que libera, que permite el desarrollo de la persona y la perfección de su libertad; es enfilar el camino del bien, hacia la plenitud; es la condición necesaria para que "el hombre" se haga digno de ser "un hombre", y lo sea plenamente (5). "Existir en la verdad, por tanto, penetrar en la propia existencia con la conciencia -escribió Kierkegaard-: esto sí que es algo verdaderamente arduo y difícil”. Pero es una tarea que el hombre no puede eludir si quiere cumplir su esencia. En el fondo, como hemos de ver aquí, el problema de las verdades fundamentales es un problema de quererlas o no quererlas. El encuentro con la verdad, pese al humo que sobre ella se está echando, es hacedero. Esto es lo que trataremos de esclarecer en la primera parte de este trabajo. Luego, despejaremos algunos errores acerca de la naturaleza de la verdad, y finalmente descubriremos a la libre voluntad ejerciendo un papel sustantivo en las diversas opciones intelectuales, lo cual nos ilustrará, en consecuencia, las condiciones requeridas por el recto saber. Antes, sin embargo, permítasenos una digresión. BUSCADORES "EN" LA VERDAD No es infrecuente toparse con cierto tipo de «intelectuales» que se definen a sí mismos como «buscadores de la verdad». Estiman que es éste un noble título, digno del hombre, aureola del pensador profundo. Y, en efecto, buscar la verdad es tarea específica humana, y apasionante, por ardua que resulte algunas veces. Entenderse como «buscador de la verdad» ya es reconocer el orden esencial del entendimiento a la verdad. Pero cuando se hurga en el espíritu de los que se definen de tal modo, a menudo se descubre una actitud escéptica, una inteligencia prematuramente cansada, una inquietud superficial, frívola; una búsqueda que, en el fondo, no desea hallar, porque se temen las exigencias de la verdad. El encuentro con la verdad reclama una conducta noble, el abandono o lucha con bajas pasiones, el esfuerzo por obrar el bien, y esto no siempre resulta cómodo, aunque, como hemos visto, sea el único camino hacia la perfección de la libertad y de la plenitud humana. El aperturista El «buscador incesante de la verdad» suele ser «aperturista», pero en un sentido equívoco: sostiene que hay que estar siempre «abierto», pero no al descubrimiento de una nueva verdad, sino a cualesquiera nuevas corrientes de opinión que nos traen los tiempos nuevos, a toda ideología, a todo género de costumbres. Si alguien se atreve a manifestar una convicción íntima, la realidad de una determinada verdad, una certeza absoluta e inamovible, el «aperturista» -el buscador incesante- opondrá argumentos como éstos: "¡ No sea usted tan cerrado!", o bien: " ¡Hombre, sea usted un poco más abierto!" ¿Quién no ha sentido cómo el calorcillo, con el rubor, asciende hasta la punta de las orejas ante objeción tan radical, tan contundente? Si usted se atreve a replicar: "Es que yo sé que esto es así, es que yo sé que esto es verdad", el aperturista goza también del recurso de Pilato : "Pero, ¿qué es la verdad?" Y el aperturista quizá deje la pregunta en el aire y se marche sin esperar respuesta, no sea que la haya. Me pregunto qué sucedería si anduviéramos siempre con la boca abierta. ¿El "aperturismo bucal" no es un claro síntoma de deficiencias graves o lastimosas, seguramente mentales? Pienso -como Chesterton- que si es preciso abrir la boca de vez en cuando, no es para otra cosa que para cerrarla sobre algo sólido, consistente, nutricio. También para hablar (para expresar el logos mental) se requiere abrir la boca, pero no cabría signo inteligible sin cerrarla a menudo. La mente necesita también nutrirse con el alimento que le es propio: la verdad. Ha de abrirse para hallarla, pero también cerrarse para deglutirla y asimilarla. De lo contrario, la anemia espiritual sería inminente, y segura la muerte del espíritu por inanición. Esta es la suerte del aperturista que niega la verdad con los hechos o, simplemente, nunca la encuentra de su gusto y renuncia a ella incesantemente, como si la verdad fuera cosa de gustos. La mente debe abrirse para hallar la verdad; una vez hallada -cosa más fácil, en las cuestiones fundamentales, de lo que supone el aperturista-, se clausura para asimilar bien (no se puede pasear uno ante la verdad como el paleto en el Museo del Prado). Y si se debe abrir de nuevo, no es para vomitar la verdad ya poseída, sino para enriquecerla con nuevas verdades, que, si son ciertamente verdad, no se opondrán a la primera, antes bien la iluminarán más todavía. Pero esa nueva luz más poderosa no surgirá sin antes haber cerrado la mente con la voluntad, con una voluntad que ame tanto la verdad nueva como la antigua y que, por ello, determine el asentimiento de la mente a lo que ha comprendido ser verdad incuestionable. Sin esa fijeza, sin ese inmutable asentimiento, el hombre no pasa de ser una cabeza vacía, siempre estupefacta, de la que cabe esperar cualquier desatino. El "aperturismo" aquí presentado es un claro síntoma de languidez espiritual, cuando no un estado patológico de la mente que se instala morbosa en la duda; la cual, por lo demás, preciso es reconocerlo, tiene la ventaja de zanjar cualquier compromiso. La apertura razonable es la del que nunca se niega a reconocer una verdad, venga de donde venga, de los contemporáneos o de los más antiguos pensadores, pues una verdad descubierta, si es verdad -si es afirmación conforme a la realidad-, será verdad siempre. Pero, vayamos por pasos. Proclamemos que el hombre ha de ser "buscador incesante". Ahora bien, nunca somos buscadores sin que conozcamos ya qué es la verdad en general y un buen puñado de verdades fundamentales. Desde el instante que nos proponemos buscar, sabemos que la verdad es lo que es, como asienta la definición clásica, la de Agustín y de Tomás; y que, siendo verdad, sigue siendo verdad, aunque se piense al revés, por decirlo al modo de Machado.


Sabemos que las cosas son, y que son de tal modo que nosotros podemos conocerlas; y que las conocemos de tal manera, que nuestro conocimiento las deja intactas; que son como son y que sería vano pretender transformarlas con el pensamiento, justo porque son como son, con independencia de que yo las piense o no. Sabemos que nuestro entendimiento alcanza la verdad de las cosas y su propia verdad, cuando conoce conforme a la realidad. Todo ello es ya un grueso caudal de sabiduría que nunca poseerá el animal y, sin embargo, nosotros la tenemos desde nuestra infancia, desde el momento en que nos proponemos conocer o averiguar algo. Desde entonces somos ya virtuales conocedores de toda verdad asequible a la humana razón.


Sabernos que las cosas son, y que nosotros somos y que podemos ir conociendo las cosas. No somos, por decirlo gráficamente, buscadores "de" la verdad (como si la buscáramos antes de conocer, partiendo de cero), sino buscadores "en" la verdad, que procedemos desde evidencias inmediatas a verdades más hondas y complejas.

Para nosotros, la palabra no impide la acción, lo que la impide es no formarse antes detenidamente de ponerla en ejecución, por eso mismo debemos formarnos, y formar a los que sean de nuestro entorno. Para eso queremos distinguimos.

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