• P. Leandro Bonnin

"Arrepentite, carajo, arrepentite"

Actualizado: jun 9


Aunque aprendimos que de los cinco “pasos” de la Confesión el “Arrepentimiento” es el segundo, en realidad debemo decir que es el primero, tanto en cuanto al tiempo como en la importancia.

Porque lo que motiva el examen de conciencia es haber recibido –y aceptado- inicialmente la Gracia del arrepentimiento, de la “contrición”, como llama la enseñanza de la Iglesia a este “acto” tan importante.

El arrepentimiento es mucho más que un “paso”: es como el alma del sacramento de la Reconciliación. Si no te arrepentís de corazón, es inconsistente y falaz cualquier “propósito de enmienda”, no tiene sentido la confesión material de los pecados, y la absolución del sacerdote no tiene ninguna validez.

Más aún: confesarse sin tener nada de arrepentimiento –ni siquiera un poquito- haría de esa confesión una farsa y una burla a Dios. Si es conciente, podría llegar a ser una confesión sacrílega, una ofensa a la Santidad del Todopoderoso. Por eso es tan importante que nos arrepintamos de corazón.

Siempre recuerdo una anécdota que solía contar un compañero de Seminario, según la cual una señora, afligida porque su esposo estaba gravemente enfermo y se había alejado de Dios, cuando él convalecía lo tomaba repetidas veces de la ropa y le decía, una y otra vez “¡arrepentíte, carajo, arrepentíte!”

Más allá de la expresión poco elegante, ella era conciente de que todo el óceano infinito de la Misericordia de Dios, ofrecida de manera gratuita al hombre –no merecemos el perdón…- puede quedar estéril y “frustrada” si el hombre se cierra, si no le permite al Señor entrar, y sanar, y perdonar.

Por eso la Palabra de Dios y la Iglesia –y yo, en esta ocasión- te dicen siempre: “arrepentite, arrepentíte”

¿Qué es el arrepentimiento o contrición?

El Catecismo, al hablar de la contrición, como el primer acto del penitente –el examen de conciencia como un medio conveniente para hacer bien la confesión-, nos enseña:

Entre los actos del penitente, la contrición aparece en primer lugar. Es “un dolor del alma y una detestación del pecado cometido con la resolución de no volver a pecar“

No es tan fácil discernir qué es un “dolor del alma”. El hombre es una unidad compleja de varias dimensiones, y cuando decimos “el alma”, no siempre es fácil describir ni precisar a qué nos referimos.

Pero podemos apuntar que es un dolor espiritual, un dolor del “corazón”, en sentido bíblico del “centro vital de la persona”, donde ella se decide por el bien o el mal, por Dios o contra Dios.

Que no necesariamente se manifiesta de manera sensible. En ocasiones, una arrepentimiento sincero se expresa también de manera sensible, por ejemplo a través de las lágrimas. Pedro, después de traicionar a Jesús, “saliendo afuera, lloró amargamente”

Pero no siempre las lágrimas expresan verdadero arrepentimiento. Después de una pelea familiar, una persona puede quebrarse en llanto… porque perdió la discusión, porque quedó en ridículo, porque la lastimaron… y no estar arrepentida de ninguna manera.

Esto depende, entre otros factores, del temperamento, de la situación de la persona –si está más o menos cansada, si hay un ambiente que favorece una forma de emoción, como en un retiro- o de una gracia especial de Dios.

Pero quedate tranquilo si nunca lloraste al preparar una confesión: si detestás el pecado, si lo rechazas desde lo más profundo de tu alma y querés cambiar, estás arrepentido.

¿Estoy o no estoy arrepentido?

Llegando aquí, se presentan a menudo situaciones que son difíciles. Porque hay pecados que rechazamos casi de manera espontánea y natural. Por ejemplo, si en un arranque de ira insultamos a nuestra mamá, a quien amamos, no nos va a costar “arrepentirnos”, incluso por motivos sólo naturales. Es un pecado feo, desagradable, que nos avergüenza delante de los demás.

Pero hay otros pecados de los cuales alcanzar arrepentimiento requiere, a veces, un largo camino, y un proceso de maduración de fe. Suele ocurrir, por ejemplo, que un chico que tiene relaciones con su novia no sienta “rechazo” por el hecho, sino atracción. Es un pecado “placentero” y, en cierto modo, “gratificante”. Y más si “hay amor” y “piensan casarse”, ¿qué tiene de malo?

No voy a argumentar aquí sobre las cuestiones puntuales. Sólo señalo que, en casos como estos , se requiere una profunda reflexión sobre lo que implica el seguimiento de Jesús, que supone adhesión total a sus enseñanzas. Creer que Jesús es Dios es aceptar que Él sabe más que vos y yo, y que aunque yo no lo vea, si él me dice, determinadas conductas son contrarias a mi bien auténtico. Y por eso son una ofensa al Creador, son una desobediencia, un no reconocimiento de que Él es Dios y yo creatura.

Alcanzar el arrepentimiento supone decir: Jesús, creo que sos la Verdad misma. Me arrepiento de corazón, porque he desobedecido tu voluntad, porque he rechazado tu plan y tu proyecto.

¿Cómo hacer para arrepentirnos?

En ocasiones, el arrepentimiento suele ser difícil. Vale el ejemplo anterior, o cuando una persona ha sido herida por otro, y siente alegría cuando al otro le va mal. ¿Qué hacer, entonces, cuando el arrepentimiento no aparece?

1. Pedirlo

Siempre, pero sobre todo en casos así, hay que recordar que el verdadero arrepentimiento es un don, que debemos pedir y al cual debemos disponernos.

Dice el Catecismo:

El corazón del hombre es torpe y endurecido. Es preciso que Dios dé al hombre un corazón nuevo (cf Ez 36,26-27). La conversión es primeramente una obra de la gracia de Dios que hace volver a Él nuestros corazones: “Conviértenos, Señor, y nos convertiremos" (Lm 5,21). Dios es quien nos da la fuerza para comenzar de nuevo.

Pedi, insistí, clamá. Rogá a Dios con los salmos, con el pésame, con tus palabras, con un canto… pero no te resignes. Él no deja de darnos esta Gracia, si la pedimos, porque es necesaria para la salvación

2. Contemplar la Pasión y el amor de Dios por mí

El Catecismo señala a continuación que es la contemplación del Amor de Dios lo que nos puede estimular a un arrepentimiento cada vez más profundo y eficaz.

Al descubrir la grandeza del amor de Dios, nuestro corazón se estremece ante el horror y el peso del pecado y comienza a temer ofender a Dios por el pecado y verse separado de él. El corazón humano se convierte mirando al que nuestros pecados traspasaron (cf Jn 19,37; Za 12,10).

Por eso los santos han enseñado desde siempre que es en la Cruz donde el hombre aprende la gravedad del pecado, y las dimensiones infinitas del Amor de Dios. Por eso los santos eran capaces de sentir un enorme dolor por pecados veniales o por simples imperfecciones que nosotros ni siquiera consideramos: ellos habían conocido de Verdad el Amor de Dios y el significado de la Cruz.

Por eso si a veces sentís que no te podés arrepentir, o que tu arrepentimiento no es del todo sincero, mirá la Cruz, contemplá la Pasión, rezá un via crucis con piedad.

¿Cuántas clases de arrepentimiento hay?

Por último, la Iglesia ha enseñado desde siempre que existen dos formas de contrición, la perfecta ya la imperfecta. Si lees atentamente, vas a ver que ambas están expresadas con claridad en la oración del pésame.

Cuando brota del amor de Dios amado sobre todas las cosas, la contrición se llama “contrición perfecta“(contrición de caridad). Semejante contrición perdona las faltas veniales; obtiene también el perdón de los pecados mortales, si comprende la firme resolución de recurrir tan pronto sea posible a la confesión sacramental

La contrición llamada “imperfecta” (o “atrición") es también un don de Dios, un impulso del Espíritu Santo. Nace de la consideración de la fealdad del pecado o del temor de la condenación eterna y de las demás penas con que es amenazado el pecador. Tal conmoción de la conciencia puede ser el comienzo de una evolución interior que culmina, bajo la acción de la gracia, en la absolución sacramental. Sin embargo, por sí misma la contrición imperfecta no alcanza el perdón de los pecados graves, pero dispone a obtenerlo en el sacramento de la Penitencia

La distinción no es un simple “tecnicismo teológico”. Tiene una enorme importancia. La Contrición perfecta es tan valiosa –por el acto de caridad que implica- que anticipa el efecto del Sacramento, siempre que incluya el propósito firme de recurrir cuanto antes al Confesor.

Sí, leíste bien. Si al cometer un pecado grave –Dios quiera nunca te vuelva a suceder- hacés una “acto de contrición perfecta”, los pecados te son perdonados en ese mismo momento.

Pero atención: no es un “camino alternativo” a la Confesión. Porque incluye el propósito de recibirla cuanto antes. Y si no incluyera esto, o no lo cumpliera con diligencia, dejaría de ser eficaz.

Te recuerdo también que si cometiste un pecado mortal, aún cuando hayas hecho un acto de contrición perfecta, no tenés que acercarte a comulgar sino después de haberte confesado. Sólo en casos extremos y por razones realmente grave se podría comulgar sin “pasar” antes por el confesionario.

Por otra parte, y para terminar, la Contrición perfecta no sólo es deseable en estos casos. De manera habitual, una Confesión será mucho más eficaz y fructuosa –en cuanto medio de crecimiento espiritual- si es realizada con este tipo de “dolor del alma”, motivado por la bondad de Dios y el amor hacia Él.

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Para nosotros, la palabra no impide la acción, lo que la impide es no formarse antes detenidamente de ponerla en ejecución, por eso mismo debemos formarnos, y formar a los que sean de nuestro entorno. Para eso queremos distinguimos.