• P. José María Iraburu

Estáse el mundo ardiendo… ¿Y qué hacemos los laicos?


Todos los cristianos están llamados a la perfección evangélica, es decir, a la santidad. Y todos están llamados a santificarse por una conformidad amorosa con la voluntad de Dios, afirmada día a día mediante la fidelidad y el abandono. En efecto, en la fidelidad incondicional a lo que Dios quiere –voluntad divina claramente significada por la fe y los mandamientos– y en el abandono confiado a lo que Dios quiera –voluntad divina manifestada en las circunstancias cambiantes de la vida–, el cristiano halla, por las pequeñas cosas de cada día, su camino fundamental hacia la santidad. Y esta vía principal de perfección es común a sacerdotes, religiosos y laicos.

¿Pero en esa fidelidad y abandono a las cosas pequeñas o grandes de la vida ordinaria puede hallarse estrictamente un camino?... Ésta es una cuestión más bien verbal. Pero un «camino» implica unos medios predeterminados, bien conocidos y previsibles, en orden a un fin. Por eso, en este sentido más estricto de la palabra, solamente suele hablarse de camino de perfección cuando el cristiano –precisamente para santificarse de verdad a través de las cosas de cada día–, asume voluntariamente, y de modo habitual, un conjunto de medios intensos y explícitos de santificación. Así lo hacen los religiosos, y por eso reconoce la Iglesia su vida como un estado de perfección.

Siempre los laicos han debido crecer espiritualmente en lucha contra los escándalos del «mundo» en el que viven, pero ahora necesitan armarse más que nunca para esa lucha espiritual, pues hoy se ven además obligados a vencer los generalizados escándalos del «mundo cristiano descristianizado», cuyos malos ejemplos –en criterios y costumbres, en modos de vivir la propia identidad cristiana y de relacionarse con el mundo–constituyen para ellos un escándalo permanente, incomparablemente mayor y mucho más peligroso que el ocasionado por el «mundo abiertamente pagano».

Da mucha pena ver la desidia con la que muchos buenos cristianos llevan adelante su vida espiritual. Esta frase, ya me doy cuenta, es un tanto contradictoria, pues los cristianos buenos no llevan su vida espiritual con pereza. En todo caso, al decir «buenos cristianos» me refiero a cristianos practicantes y de fe sincera, que creen en el valor de la oración y de la mortificación, la frecuencia de los sacramentos, la lectura espiritual, el Rosario y todo lo que la tradición católica de la Iglesia enseña y recomienda; y que, en principio, querrían vivir todo eso, aunque su voluntad se muestre ineficaz. Muchos otros no creen, al menos claramente, en esos ideales; ni tienen intención, ni siquiera lejana, de vivirlos. Y éstos sí. En algún sentido, pues, aunque imperfecto, se puede hablar de ellos como de buenos cristianos. Pero qué poquito hacen luego, en clara inconsecuencia con la fe que profesan. Muchos de ellos apenas tienen programa alguno para su vida espiritual. Y aquellos que tienen un cierto plan de vida, qué planteamientos hacen, tan medidos, recortados y tasaditos.

Un rato breve de oración, aunque no todos los días... Se confiesan... de vez en cuando, pero a veces pasa mucho tiempo. Recuerdan el bien tan grande que les ha proporcionado a veces la lectura espiritual, pero la hacen muy raras veces. Reconocen que convendría realizar esto y lo otro, y también aquello..., pero no hacen casi nada, al menos de forma regular. Y así van en todo. Son como personas que llevaran un régimen mínimo de alimentación, el suficiente para no morirse de hambre, y que se sintieran, como es natural, con achaques de salud y siempre débiles. Eso sí, sobreviven.

No se dan cuenta de que en la vida espiritual no hemos de alimentarnos sólamente para no morirnos, sino para dejarle a Cristo tener en nosotros «vida y vida sobreabundante» (Jn 10,10), de tal modo que crezcamos, estemos sanos y fuertes, e incluso comuniquemos a otros la abundancia de nuestra vitalidad en el Espíritu.

No acaban tampoco de entender estos «buenos cristianos» que están llamados a colaborar decisivamente en la obra de la Redención del mundo. «Si tú no ardes, otros muchos morirán de frío», advierte François Mauriac. Y lo mismo enseña Pío XII:

«Misterio verdaderamente tremendo, y que jamás se meditará bastante, el que la salvación de muchos dependa de las oraciones y voluntarias mortificaciones de los miembros del Cuerpo místico de Jesucristo, dirigidas a este objeto, y de la cooperación que Pastores y fieles –singularmente los padres y madres de familia– han de ofrecer a nuestro divino Salvador» (Mystici Corporis 1943,19).

A estos cristianos les duelen los males que afligen al mundo y a la Iglesia; pero, de hecho, al menos, parecen estar aún más interesados en sus estudios, en sus negocios, en su propia salud, en una molestia muscular que les impide hacer su deporte, en el seguimiento del anecdotario político, deportivo, artístico, y en tantas y tantas otras cosas más.

Quizá, por ejemplo, invierten una o dos horas en diarios, telediarios y demás, pero confiesan luego «no hallar tiempo», al menos habitualmente, para el Rosario, o para el rezo de Laudes y Vísperas... ¡Una Hora litúrgica: poco más de cinco minutos! Dios les da veinticuatro horas cada día, y ellos «no pueden» dedicar con regularidad una a Dios, sólo a Él. Está la vida muy ajetreada…

Se diría que, en el fondo, no saben quiénes son, en cuanto cristianos; no saben a qué están llamados; ignoran que forman parte de una comunidad cristiana redentora, en cuyas manos está la llave de la salvación del mundo. Y por eso mismo, atentos a sus propios asuntos personales, no acaban de entender tampoco la gravísima crisis espiritual del tiempo en que están viviendo. Consiguen ignorar en el mundo actual, mediante recursos inhibitorios eficacísimos, todos los datos negativos para el Evangelio y para la gloria de Cristo.

Hoy los cristianos, los laicos concretamente, han de tender con toda su alma a la santidad no sólo por amor al Señor, que siempre es el motivo principal –Él nos ha amado cuanto es posible, Él ha dado su vida por nosotros, por nuestra salvación eterna–, sino también por amor a los hombres, es decir, por un amor verdadero a la Iglesia, un amor que es capaz de entender, y de sentir incluso, su situación en el siglo actual.

Estáse el mundo ardiendo, las fuerzas del diablo hacen estrago en la Iglesia, frenando trágicamente su acción misionera y sus posibilidades ecuménicas, ¿y será tolerable que los «buenos cristianos» sigan tan flojos, tan atentos a sus asuntos mundanos, tan dejados en su vida religiosa a la gana o al ambiente? Dios les ofrece agua abundante para apagar esos incendios que atormentan a los hombres y arruinan la Iglesia; Dios pone en su mano semillas capaces de convertir en jardines los desiertos, pues les ofrece oración y penitencia, misa y sacramentos. Pero ellos «no tienen tiempo», «se les pasa», «no se acuerdan», o incluso, a su juicio, «no pueden»... No se lo permiten las circunstancias. Las circunstancias que, muchas veces, ellos mismos se crean.

Si quieres ser discípulo de Cristo, entra por el camino estrecho, y verás que es ancho, luminoso y florido; Ten piedad de Cristo bendito, que dio su vida por ti, no le dejes solo, y entrégate con Él para la salvación del mundo.

Fragmento extraído del texto "Caminos laicales de perfección" del P. José María Iraburu. Para descargar el texto completo de forma gratuita: www.gratisdate.org


Para nosotros, la palabra no impide la acción, lo que la impide es no formarse antes detenidamente de ponerla en ejecución, por eso mismo debemos formarnos, y formar a los que sean de nuestro entorno. Para eso queremos distinguimos.

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