• Miguel Sanmartín

Providencia, destino y libertad en los buenos libros

Actualizado: jun 8


El caminante, óleo de Caspar David Friedrich (1774-1840).

“El destino es el que baraja las cartas, pero nosotros somos los que jugamos”.

William Shakespeare

“Nada puede pasarme que Dios no quiera. Y todo lo que Él quiere, por muy malo que nos parezca, es en realidad lo mejor.”

Santo Tomás Moro

Frente a la brutalidad despiadada del destino clásico de los paganos y el caos evanescente de los modernos, se eleva la conjunción misteriosa de la Providencia divina y la libertad humana.

El destino fuerte de los griegos clásicos (las Moiras o Parcas) establecía una suerte de sólida y sufriente estructura que sostenía un orden vital tan necesario como despótico. Esa necesidad o destino, a cuyo imperio estaban sometidos todos los hombres, establecía una cierto orden y justicia por el hecho mismo de que nadie se salvaba de padecerlo: «A fuerza de ser ciego», dice Simone Weil, «el destino establece una especie de justicia, ciega también ella». La Ilíada nos muestra esto de manera hermosa, haciéndonos ver que el héroe cede siempre a la fuerza, tanto si la ejerce como si la sufre, que todo empalidece ante la perspectiva brutal de un destino despiadado, y que el hombre encuentra su grandeza y su belleza asumiendo con estoicismo su fatum. Pues «los hombres son juguete de los dioses. Son como moscas en manos de niños crueles», ante lo cual estos héroes exclaman a viva voz: «cuanto menos, morimos con honor». Charles Moeller nos muestra esta resignación, desesperanzada y doliente en su obra Sabiduría griega y paradoja cristiana (1948). Este destino, puesto en acción a través de una fuerza misteriosa e irresistible, hace del hombre una marioneta sobre la que recae el «inútil peso de la tierra», lugar al que volverá tras breve y doliente peregrinaje errante, siendo su irremediable fin el efecto supremo de su fatum, al igual que es su cadáver el grado sumo de su desgracia.

«Los dioses hilaron de forma que los míseros mortales vivan en la tristeza,

y solo ellos están descuitados.

En los umbrales del palacio de Zeus hay dos toneles de dones

que el dios reparte:

en uno están los males y en el otro los bienes.

Aquel a quien Zeus, que se complace en lanzar rayos, se los da mezclados,

unas veces topa con la desdicha y otras con la buena fortuna».

La Ilíada, Canto XXIV, 525-539

La destrucción de Pompeya y Herculano, óleo de John Martin (1789-1854).

Algo similar podría decirse de la filsofía de vida moderna, si bien con el aderezo del materialismo y del determinismo (este último siguiendo a aquel, fielmente, cual sombra al cuerpo), añadido este que disuelve toda traza de grandeza y dignidad que pudiera haberse heredado de los antiguos. Porque, a diferencia de la grandeza que percibimos en el hombre clásico, en el moderno, el orden y la justicia que podría imponer el mismo azar no es percibida siquiera, y menos asumida, con la doliente y sufriente resignación del héroe pagano. Como sabemos, en el mundo moderno no hay héroes, no se toleran, se persiguen y se exilian, si no se eliminan. Los últimos dieron su testimonio de vida en los estertores del mundo del ayer, cuando este, en medio de enormes dolores y sufrimientos, dio lugar a nuestra postmodernidad. Maximiliano Kolbe podría ser un ejemplo (aunque aquí he hecho trampa porque se trata de un católico en el que se une, por cierto, ––como dijimos alguna vez–– la condición de héroe y de santo).

Y frente a todo ello, frente a esta desazón, desesperación y miedo, se alza la promesa de Cristo, su redención y su triunfo sobre el dolor y la muerte. Es la buena noticia del Evangelio que nos llega, traída en volandas por las tres virtudes, la Fe, la Caridad y la pequeña Esperanza ––como la llamaba Charles Péguy––, la más pequeña, sí, pero no la menor. Esta esperanza (que rezuma abundantemente la llamada Providencia) es la que nos salva de la desesperación de una vida sin sentido, azarosa y salpicada de desgracias, dolores e injusticias. De otra manera la existencia no sería tolerable. Solo la estoica capacidad, estéril y triste, de los clásicos y la atolondrada y anestesiada inconsciencia de la mayoría de los modernos podrían hacerla soportable, en un caso a costa innombrables sufrimientos, en apariencia inútiles, y en el otro a costa de dejar de ser un hombre. Todo ello contrasta con la facilidad del confiado abandono cristiano, porque, como sabemos, «En todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman» (Rom, 8, 28). Se trata esencialmente de dos cosas: Fidelidad y Abandono, como dice el título del famoso opúsculo de Garrigou-Lagrange sobre la divina Providencia.

En nuestra vida y en la de los que nos rodean está la respuesta a tal cuestión. ¿Cuál será la que habrán de dar nuestros hijos? Porque el interrogante de lo que está y lo que no está en manos del hombre es una de las preguntas fundamentales a las que ellos habrán de enfrentarse y su respuesta será una de las circunstancias de las que dependerá la elección de su camino de vida.

Si deseamos que nuestros hijos encuentren el camino verdadero, existen algunos buenos y grandes libros que pueden ayudarnos, unos directamente, otros por contraste, y acompañados todos de nuestra cercana y solícita compañía y ayuda, que en estos temas será precisa. En entradas sucesivas hablaré de alguno de ellos.

Y llego al final acompañado de unos breves versos del Segismundo de Calderón de la Barca y de su famosa obra La vida es sueño, donde el dramaturgo plantea el problema fundamental del libre albedrío, resolviéndolo de una manera positiva, aún sin mentar a Dios, pero teniéndolo siempre presente:

«Y así, quien vencer aguarda a su fortuna,

ha de ser con prudencia y con templanza».

Porque cierto es que nacemos con un propósito, con un destino, que no es otro que «ver a Dios inmediatamente, y cara a cara, y tal cual es, sicuti es». Pero ese destino solo pueden encararse desde el bien. Por ello, podemos vencer las partes malas que nos acechen en ese camino si afrontamos la vida desde «la prudencia y la templanza», y no desde «la injusticia y la venganza», como señala Segismundo. Así, en la obra, cuando Clotaldo dice que «no es cristiana determinación decir que no hay reparo a su saña» no hace más que corroborar esto. Para Calderón uno sólo puede hacer frente a su destino obrando el bien y reparando el mal, cumpliendo así con el papel que le ha sido asignado en esta vida y hacia el que nos conduce, invisible y arcanamente ––con respeto de nuestra libertad––, la divina Providencia.

Articulo publicado originalmente en InfoCatolica


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