• G. K. Chesterton

El vino si es rojo - G.K.Chesterton


Título original: «Wine When it is Red », en All Things Considered

Imagino que causará no poco revuelo el reciente manifiesto firmado por una serie de doctores eminentísimos acerca del llamado «alcohol». A juzgar por como suena, la palabra es arábiga, como «álgebra» y «Alhambra», otras dos cosas desagradables. Nunca he visto la Alhambra española; me han dicho que es una construcción ramplona y laberíntica; yo me refiero al mucho más digno edificio de Leicester Square. Si es verdad, como presumo, que «alcohol» es un término árabe, resulta curioso que la palabra con la que genéricamente designamos la esencia del vino, la cerveza y otras bebidas por el estilo provenga de unas gentes que lo combaten de manera particularmente enconada. Supongo que algún anciano jefe musulmán se sentó un día a la entrada de su tienda y, maldiciendo por entre la negra barba el símbolo cristiano del vino, y discurriendo con ceño fruncido alguna fea palabra que expresara cabalmente su odio racial y religioso, vino a escupir el terminacho «alcohol». El que los médicos hayan de usar esta palabra a efectos de claridad científica les es de gran impedimento para juzgar la cosa con justicia. Porque la palabra encierra una de esas peticiones de principio que tanto complican esta clase de cuestiones morales. Es un craso error suponer que un hombre que desea una bebida alcohólica desea por fuerza alcohol.
Todo aquel que camine diez millas seguidas un caluroso día de verano por un camino polvoriento, sabrá pronto por qué se inventó la cerveza. El que la cerveza tenga cierta propiedad estimulante no es parte a que la pida sino en pequeñísima medida. No es, en fin, que desee alcohol; lo que desea es cerveza. Cierto es, con todo, que la cuestión no puede plantearse en términos tan simples. El problema al que en verdad nos enfrentamos, y especialmente se enfrentan los doctores, es que el puesto singularísimo que el hombre ocupa en el universo físico imposibilita casi por completo el considerarlo un ser puramente físico. Sea lo que sea el ser humano, constituye una excepción. Si no es la imagen de Dios, entonces es una excrecencia del polvo. Si no es un ser divino que cayó del cielo, no puede ser sino un animal que perdió la cabeza. Y en ninguno de los dos casos podemos argüir gran cosa del cuerpo del hombre teniéndolo únicamente por el cuerpo de un animal lleno de salud e inocencia. El cuerpo del hombre se halla demasiado unido a su alma, como se ve en el caso supremo del sexo. Puede valer la pena advertir a los filántropos e idealistas ricos que el argumento de lo animal no debe usarse sin reflexión, ni aun contra los atroces males del exceso; es un argumento que prueba muy poco o que prueba demasiado.
No cabe duda de que emborracharse es poco natural. Pero en el fondo, también el hombre es poco natural. No cabe duda de que el obrero que se emborracha gasta su salud bebiendo; pero nadie sabe cuánto gasta su salud trabajando el obrero sobrio. Nadie sabe cuánto gasta su salud el filántropo rico hablando o, en rarísimas ocasiones, pensando. Todo lo humano es más peligroso que nada que afecte al bruto: sexo, poesía, propiedad, religión. Lo malo de beber no es que saque a la bestia, sino que saque al Diablo. A la bestia no la saca, y poco importa si lo hace: la bestia suele ser una criatura más bien mansa y amable, como lo son las vacas. El ser humano es siempre algo peor o algo mejor que un animal, y el mero argumento de la perfección de este no lo afecta. En el sexo, ningún animal es caballeroso u obsceno. Tampoco ningún animal ha inventado nada tan malo como la embriaguez... ni tan bueno como el beber.
El pronunciamiento de estos doctores es claro y rotundo; hoy día, incluso merece cierto crédito por su valentía moral. Casi todo el mundo convendrá con ellos, desde luego, en que las bebidas alcohólicas son a menudo de grandísima utilidad en casos de enfermedad extremos; pero no pocos, me temo, se escandalizarán al ver que se refieren a ellas como si fueran simples bebidas; porque no se conforman con declarar que beber con moderación no hace daño: dicen abiertamente que es beneficioso. Creo, sin embargo, que esta verdad médica va de algún modo contra la opinión común. Creo que la mayoría de los médicos saben por experiencia que administrar alcohol al enfermo (si bien muchas veces necesario) es casi la forma moralmente más peligrosa de administrarlo. En lugar de suministrarlo a una persona sana que tiene muchas otras posibilidades de vida, se lo damos a una persona desesperada para la que esa es la única posibilidad de vida. Difícilmente podemos censurar al inválido si por alguna contingencia de su precaria condición acaba pensando que el alcohol es una especie de agua de vida y lo usa como tal. Si el hábito de beber es un pecado, no lo es por salvaje, sino por domesticado; no por anárquico, sino por esclavo. La peor forma de beber es beber por razones médicas. La más inocua, hacerlo sin preocuparse; sin preocuparse de nada, y menos aún preocuparse de beber.
El médico, desde luego, debe estar facultado para poner freno en casos de sed perniciosa; pero más allá de esto, solo cabe esperar que la conciencia pública sobre el tema se acrezca o, mejor dicho, se concentre. Yo tengo al respecto mi propia modesta opinión, que siempre he mantenido con firmeza. Si el bar fuera un lugar tan solitario y reservado como la oficina de correos o la estación de trenes, al que acudiera toda clase de gentes en busca de toda clase de refrescos, ofrecería contra las personas de conducta desordenada las mismas garantías que ofrece la oficina de correos: bastaría la presencia de gente normal. El loco que quisiera beber un número ilimitado de whiskys sería tratado con la misma severidad con la que las autoridades de correos tratarían al amable loco que quisiera lamer un número ilimitado de sellos. Poco importa que en uno y otro caso se emplee una negativa de orden técnico. Lo importante es que en ambos casos se pueda llamar prontamente a los amigos o familiares de la persona perturbada. Por lo menos, la empleada de correos no tentaría al entusiasta con una ristra de sellos de seis peniques cuando se lo llevaran con la lengua fuera. Si beber fuese algo público y abierto, se bebería también con mayor despreocupación. En estas cosas, lo sano está en ser despreocupado. Por eso ni los borrachos ni los musulmanes pueden despreocuparse del alcohol.

Para nosotros, la palabra no impide la acción, lo que la impide es no formarse antes detenidamente de ponerla en ejecución, por eso mismo debemos formarnos, y formar a los que sean de nuestro entorno. Para eso queremos distinguimos.

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