¡Bienvenido, aburrimiento!

Felices los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia (Mt 5, 4).

       Jesús, manso y humilde de corazón, nos deja en las Bienaventuranzas – inseparables de los Mandamientos- el camino perfecto para la felicidad; o sea, para darle gloria a Dios, con nuestra santidad de vida. Ésa es la puerta estrecha (Mt 7, 13 -14) que sí o sí debemos atravesar, una y otra vez; y empezar a vivir así, el Cielo en la Tierra. Sin descuentos, sin excusas, sin justificativos de ninguna especie. Sabiendo que, como católicos, estamos en la más difícil y exigente de todas las iglesias. Porque ella es la única verdadera; y fuera de ella no hay salvación.

Una de esas palabritas mágicas que causa pavura en esta posmodernidad, en este poscristianismo, en esta posverdad, y en todos estos pos anticristianos y, por lo tanto, antihumanos, que se nos buscan imponer es aburrimiento. Todo está permitido, de la cintura para abajo y para arriba, menos el aburrirse…

El aburrimiento, para este hombre descuartizado, sometido a la dictadura del narco – porno – liberal – socialismo del siglo XXI, es algo así como la peor de todas las pestes, conocidas y por conocer. Una plaga asfixiante, con inevitable destino hacia la nada, de la que hay que escapar sí o sí, como sea; so pena de estar condenado a instantes insoportables, con fastidio absoluto.

A fuerza de hacerle creer a este hombre a la intemperie que solo los placeres sensibles son causa de la felicidad, no hay en absoluto lugar para los bienes arduos; o sea, los que implican esfuerzo, generosidad, capacidad de renuncia y de abnegación. Ni que hablar de sufrimiento, dolor y mortificación. El aburrimiento es, entonces, algo así como la síntesis de todas las frustraciones; un fracaso vital irredimible que, aunque limitado en el tiempo, adquiere el peso de una eterna condenación…

Para nuestras sociedades, manipuladas por el globalismo de la usura internacional, de la masonería, y de la ideología de género, la religión verdadera es la gran enemiga. En primerísimo lugar porque religa, y une con un Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo. ¿O qué es la lucha contra el llamado heteropatriarcado sino el combate contra el Padre del Cielo, en Quien se funda toda auténtica paternidad?

En un mundo en que, con claro fin de reingeniería social, se busca eliminar a los más pobres, débiles e “inservibles” con el aborto, la injusticia social, la promiscuidad, la violencia descontrolada y la eutanasia, solo hay lugar para unos pocos; que puedan vivir bien, o sea, sin aburrirse… Al resto, según ese cerebro universal que busca someter al planeta, solo le cabe tratar de sobrevivir, como se pueda; claro está, con infaltable aburrimiento.

Uno de los grandes desafíos que tenemos hoy, en el anuncio del Evangelio, es mostrar con contundencia la novedad absoluta de Jesucristo; cuya revolución del amor es la misma, ayer, hoy y siempre (Hb 13, 8). Y que, en efecto, lejos de seguir inventándonos más y más estructuras materialistas, inspiradas en la lucha de clases o, como se prefiere ahora, la lucha de géneros, la única salida posible es a través de Él, siguiendo la Sagrada Tradición, la Sagrada Escritura, y el Magisterio de la Iglesia, con su impar Doctrina Social. Lejos, lejísimo, estaremos de la solución si creemos que los ideólogos del globalismo, los verdaderos causantes de este mal, nos aportarán la salida.

Generaciones enteras, en particular las nacidas y criadas al amparo del descontrol y el libertinaje de los años sesenta del siglo pasado, han sido literalmente arrasadas por esas visiones antropológicas materialistas; que convirtieron a la persona humana en un mero ovillo de pulsiones, sin límites, arrojadas al sinsentido, el vacío y la nada… Hijos y hasta nietos de aquellos sesentistas sufren hoy, a veces de un modo horrible, el haberse mal formado sin límites de ninguna especie. Con derecho a todo, y sin obligación de nada. Y, por supuesto, con la inevitable huida de cualquier aburrimiento…

En un mundo huérfano, en el que ya los padres no cuentan; y, mucho menos, los abuelos. En un mundo que desprecia la Verdad y las certezas, y donde solo cabe autopercibirse a cada uno como se le dé la gana; siempre y cuando no se aburra. En un mundo donde, a fuerza de romper con todos los vínculos, nos quedamos a la deriva; náufragos en el mar del nihilismo, debemos proponer entonces, más que nunca, seguir a Cristo, con vocación de héroes y de santos. Y, por supuesto, para ello, debemos presentarnos como somos: en el mundo, sin ser del mundo (Jn 15, 19); menos aun –como diría el último Maritain- de rodillas ante el mundo…

Lo veo, especialmente, en los más jóvenes; en los diversos apostolados que desarrollo, en la parroquia, el colegio, las misiones, los medios, y hasta en las redes sociales. Aun con su inevitable rebeldía, y con su sistemático afán de diferenciación de los más adultos, están ávidos de encontrar en nosotros auténticos peregrinos de la contracorriente; y de nuestro testimonio sin dobleces, del Señor que nos cambió la vida. Y están hartos del aburrimiento de sus mayores, que los arrojó a ellos a toda clase de angustias e impotencias. Por eso nos quieren ver coherentes; auténticamente enamorados de Cristo, y su amadísima Iglesia, para cambiar el mundo; y, en lo que de nosotros dependa, procurar que cuando vuelva el Señor encuentre fe sobre la Tierra (Lc 18, 8).

Por cierto que la inercia del aburrimiento, una y otra vez, los empuja a caer en lo mismo. ¿Estás aburrido? –les pregunto-: ¡reza, estudia, trabaja y sacrifícate! Y verás al aburrimiento como un divino regalo para disfrutar, luego, de los más maravillosos logros. ¿O crees, por caso, que fue divertido para tus padres despertarse en la madrugada, cuando eras bebé, para higienizarte o llevarte con urgencia al médico? ¿O crees que siempre es divertido el sacrificio que hacen ellos, y hacemos tantos otros adultos, para que seas un buen cristiano y, por lo tanto, una buena persona?

Me gusta repetirles a nuestros niños de catequesis y, más que nada a sus padres, que en la parroquia venimos a adorarlo a Jesús, a darle gloria a Dios, a prepararnos para ser católicos todo terreno; y ser héroes y santos. Y, por lo tanto, en la parroquia aprendemos, también, a aburrirnos…

Y, una y otra vez, les digo una frase que me acompaña desde hace décadas. En particular, desde mis tiempos de docencia secundaria y universitaria: Nunca mucho, costó poco… ¡Nuestra salvación le costó a Cristo hasta su última gota de sangre…!.

Hace unos días, luego de retirar de la panadería las facturas para mis pobres, un muchacho me gritó: ¡Padre: nunca mucho costó poco! Yo soy aquel muchacho a quien recogiste, un Domingo por la mañana, en la puerta del templo; pasado de droga y alcohol… Jamás me olvido de tus oraciones, y de tus palabras… Viví de todo; incluso, mucho aburrimiento. Pero, aquí me vez de nuevo, en el Camino de Cristo…

Nos dimos un fuerte abrazo, le impartí la bendición, y con un gesto claramente triunfante me dijo: ¡Padre, querido! ¡Bienvenido, aburrimiento!... Sí, hijo, por supuesto… ¡Bienvenido, aburrimiento!

Permitida su reproducción citando autor y a La Cumbrera.

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