El hombre del adviento

12/05/2019

Los cuatro evangelios lo presentan al comienzo, Mateo, Marcos y Lucas, describiendo en detalle su presencia, y el evangelio de Juan dice escuetamente en el Prólogo: “Hubo un hombre, enviado por Dios: se llamaba Juan. Vino para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por él.


No era él la luz, sino que debía dar testimonio de la luz”. Por eso, San Juan Bautista es nuestro guía en el Adviento, para preparar la llegada de Cristo: la Luz de la Navidad.

 

Es el Precursor del Redentor. Es el último de los profetas y el más grande de todos ellos. Juan por su parte afirma refiriéndose a Jesús: "Conviene que Él crezca y que yo disminuya. Yo no soy digno de desatarle la correa de las sandalías". Pero Jesús dirá de él: "Es más que un profeta. Entre los nacidos de mujer no hay uno más grande que Juan Bautista". Efectivamente, los profetas dijeron: "Pronto llegará el Mesías". Pero Juan dice sin rodeos: "Ése es el Cordero de Dios".

 

Porque ya había anunciado a Cristo con aquel salto en el seno de su madre Santa Isabel, cuando llega la Virgen María de visita llevando a Jesús ya concebido. En realidad, es María la primera que nos guía en el Adviento, la persona que encarna en sí misma la espera de la Navidad. Y después de ella San Juan Bautista, que nos habla de penitencia, de sacrificio, porque el que llega viene a redimirnos de nuestros pecados: El bautismo que realizaba Juan a orillas del Jordán no era un bautismo que perdonara los pecados sino “un bautismo de conversión”, orientado al perdón de los pecados. Y la gente “confesaba sus pecados”.

Esa era la preparación para recibir a Jesús, el Mesías: La conversión, es decir, el arrepentimiento y el propósito de un cambio de vida.

¿Qué Navidad podría festejarse sin el perdón de los pecados cometidos después del bautismo, sin estar nuevamente en gracia? Tenemos para ello el sacramento de la confesión, realmente eficaz. ¿Qué otra cosa mejor habrá que hacer en Adviento que una buena confesión, mirando incluso el año vivido?

 

San Juan Bautista nos habla también de una vida austera. La Navidad hay que prepararla con algunas privaciones que ayuden externamente a esa conversión. Como una forma de desprendernos de lo superfluo, de un consumismo innecesario. Gastemos en lo que realmente importa. Tengamos delante el cuadro, no sólo de las langostas y la miel silvestre de Juan, sino del mismo pesebre de Belén.

 

Es un tiempo privilegiado para hacer caridad de veras, con aquellos que no tienen: aunque sea un pan dulce. Además, esta conversión y penitencia, podemos vivirla como testimonio contrapuesto al cuadro atroz que presenta nuestra sociedad: asesinatos y robos, narcotráfico, corrupción, y la desprotección creciente del matrimonio la familia, la educación de los niños y los jóvenes.

 

Hay gente que no sólo ha perdido la fe sino la razón. Juan Bautista les diría algunas cosas, como se las dijo a Herodes. Pero no hay muchos valientes como Juan Bautista, que estén dispuestos a que les corten la cabeza. Hay quienes respetan más a Herodes que a Cristo. Y callan. Ni anuncian la Buena Nueva ni denuncian la maldad. No preparan el Advenimiento de Cristo. Porque están los pobres de bienes materiales, sí, cada vez más numerosos, pero están también los que son pobres de todo lo demás: las víctimas de aquellos que les han robado la fe y la moral cristiana.

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