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Las amistades Santas

Una de las más eficaces ayudas para la virtud que nos puede proporcionar el mundo exterior es la que proviene de una santa amistad. El P. La-cordaire ha podido escribir: «La verdadera amistad es una cosa rara y divina, es la señal cierta de un alma noble y la mayor de las recompensas visibles vinculadas a la virtud»

 

Valor de un buen amigo.—«Un amigo fiel es poderoso protector; el que le encuentra halla un tesoro. Nada vale tanto como un amigo fiel; su precio es incalculable. Un amigo fiel es remedio saludable; los que temen al Señor lo encontrarán». Así habla el Espíritu Santo en la Sagrada Escritura (Eccli. 6,14-16). La experiencia confirma diariamente estas verdades. El estímulo y acicate de un verdadero amigo es uno de los más eficaces para la conquista de sí mismo y la práctica del bien. Porque la amistad verdadera, como decía Bossuet, es «una alianza de dos almas que se unen para obrar el bien».

 

La verdadera amistad es desinteresada, paciente hasta el heroísmo, sincera y transparente. No conoce la doblez ni la hipocresía, alaba al amigo sus buenas cualidades, pero le descubre con santa libertad sus defectos y flaquezas con el fin de corregirle de ellas. Nada tiene de sensual; se aprecia y ama únicamente el valor moral del amigo. «La amistad—dice todavía Bossuet— es la perfección de la caridad». Por eso no puede haber verdadera amistad si no va apoyada en la virtud. «No puedo amar a alguien—escribe el P. La-cordaire —sin que el alma se vaya tras el corazón y ande Jesucristo de por medio.No me parecen íntimas las comunicaciones si no son sobrenaturales. ¿Qué intimidad puede haber donde no se va hasta el fondo de los pensamientos y de los afectos que llenan el alma de Dios?»

 

Ya Aristóteles distinguía tres clases de amistades: una fundada en el placer (sensual), otra en el interés (utilitarista), y la tercera en la virtud (honesta). Sólo esta última es verdadera amistad . Tres son las principales ventajas que proporciona una verdadera y santa amistad: la de encontrar en el amigo un consejero íntimo, al que confiamos los problemas de nuestra alma para que nos ayude a resolverlos; un corrector prudente y cariñoso, que nos dirá la verdad sobre nuestros defectos y nos impedirá cometer innumerables imprudencias; un consolador, en fin, que escuchará con cariño el relato de nuestros dolores y encontrará en su corazón las palabras y remedios oportunos para suprimirlos o suavizarlos.

LAS AMISTADES SANTAS SAN FRANCISCO DE SALES, Vida devota p-3.a c.17-22; RIBET, L'ascétique c.43; TANQUEREY, Teología ascética n.595-6o6; F. T. D., Psicología pedagógica n.323-29; DE GUIBERT, Theo-logia spiritualis n.323-30.

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