©2018 by La Cumbrera.  lacumbrerab@gmail.com

Evangelización de América: Río de la Plata

–¿Así estaban?…

 

–Sí. Conviene saber cómo estaban los pobladores de lo que hoy es Argentina y Bolivia, Uruguay y Paraguay, para poder valorar la obra de su evangelización y civilización a partir del siglo XVI.

–Un mundo complejo y fragmentado

 

Sólo en México y en Perú encontró España en América grandes socieda­des organizadas. Y por eso en ambos imperios la conquista y la evangeli­zación fueron allí muy rápidas. Pero en el resto de la inmensa América, con excepción de los chibchas de Colombia, los exploradores y conquistadores sólo fueron hallando un mosaico de innumerables tribus muy primitivas, sin organización alguna, sin ciudades ni comunicaciones establecidas, y casi siempre hostiles entre sí.

 

Para la exploración y conquista de aquel mundo tan grande, complejo y fragmentado, era preciso hacerse con cada tribu, una por una, y cuando ya una quedaba pacificada por acuerdos o guerras, otra antes dominada se alzaba de nuevo. Éste fue el caso de la zona que con el tiempo vendría a ser el virreinato del Río de la Plata, el cual, limitando con Brasil, con el virreinato del Perú y la capitanía gene­ral de Chile, venía a comprender, al este de los Andes, las actuales nacio­nes de Argentina y Bolivia, Uruguay y Paraguay.

 

Por ejemplo, en los Relatos de la conquista del Río de la Plata y Paraguay (1534-1554), escritos por el soldado bávaro Ulrico Schmidel, en los que se da cuenta de diversas explo­raciones llevadas a cabo por la zona del Plata hasta los confines del Perú y el Brasil, se nos habla de indios charrúas, querandíes, curendas, quiloazas, mocoretáes, zennais, sal­vaisco y mepenes, curemaguáes y agaces, carios, payaguáes, naperus y peysennes, tim­búes, surucusis y achkeres, guajarapos, guebecusis, siberis y orthueses, jheperus y ba­tatheis, maipais, chanés, tohonnas, peionas, maygennos, morrones, poronos y simenos, barconos, layonos, carconos y suboris, corcoquís y tupís. Con éstos había otros, como cal­chaquíes, chiquitos, eyiguayeguis o mbayás, abipones…

 

En general, estos pueblos tenían relativa abundancia de alimentos, pro­cedentes de cultivos, caza y pesca, pero por lo demás, el desarrollo alcan­zado en cerámica, artesanías y construcciones, o el grado de organización social y política, así como el nivel de conocimientos astronómicos, técnicos y religiosos, eran los correspondientes a pueblos muy primitivos. En lo moral, concretamente, las pautas conductuales de los pueblos dispersos por el Río de la Plata apenas permitían a aquellos indios, en cuestiones muy graves, distinguir el bien del mal.

 

Por medio de las antiguas crónicas, como las de Schmidel, Cabeza de Vaca, Díaz de Guzmán o Diego de Ocaña, conocemos la situación de las poblaciones indígenas del Plata en el siglo XVI. Y para los siglos XVII y XVIII son particularmente interesantes los informes dejados por los mi­sioneros jesuitas de las Reducciones (1609-1767), como el paraguayo beato Roque González de Santa Cruz (1614), el peruano Antonio Ruiz de Monto­ya (1639), el francés Nicolás Du Toict (1673), los españoles Juan Patricio Fernández (1726) y José Sánchez Labrador (1770), Florian Paucke, natu­ral de Silesia (1749-1767) o el alemán Martín Dobrizhoffer (1783) (+AV, Tenta­ción de la utopía; la república de los jesuitas en el Paraguay).

 

–Un mundo primitivo

 

Desnudos en general, nómadas o agrupados en poblados de barro y paja, sujetos a terribles miedos supersticiosos, con inclinación a la pereza y a la imprevisión, a la violencia y al desorden, las poblaciones del Plata ofrecían unos rasgos socialmente primitivos y psicológicamente infantiles.

 

«Viven los eyiguayegis muy contentos en su innata pereza –refiere Sánchez Labra­dor–… Causa admiración verlos esclavos de la inacción». Sin embargo, despiertan de su letargo ante la aparición de lo nuevo: «La curiosidad de estos indios es extremada. Todo lo miran y todo lo preguntan». Cuando algo les causa admiración, «prorrumpen los hombres en esta expresión auú, y al mismo tiempo que se ponen la mano extendida en la boca, danse golpecitos como los niños cuando se alegran… El prisma les sacaba de tino, cuando veían teñidos de variedad de colores los árboles y los objetos».

 

Y más aún la piedra imán. No llegaba indio de fuera que «luego no nos viniese a pedir que le enseñásemos la piedra que vivía y comía hierro. Era preciso darles gusto». Fanfarrones como niños, «cuando nos hablaban, todos eran capitanes, descendientes de tales, y de una alcurnia la más sobresa­liente». Ingratos, también en esto como los niños: «Creen que todo favor les es debido. Despedirles sin satisfacer sus antojos pueriles es motivo para que todo se eche en olvido y para que su ingrata condición se desfogue en este mote: acami aquilegi: tú eres mezquino y nada liberal. Cada día se nos ofrecen casos en este asunto» (AV, Tentaciones 83-84).

 

–Antropofagia

 

En 1540, Alvar Núñez Cabeza de Vaca es nombrado Gobernador del Río de la Plata, y en sus Comentarios da muchas referencias de aquella re­gión:

 

«Esta generación de los guaraníes es una gente que come carne hu­mana de otras generaciones [pueblos] que tienen por enemigos, cuando tienen guerra unos con otros; y si los cautivan en las guerras, tráenlos a sus pueblos, y con ellos hacen grandes placeres y regocijos, bailando y can­tando; lo cual dura hasta que el cautivo está gordo, porque luego que lo cautivan lo ponen a engordar y le dan todo cuanto quiere comer, y a sus mismas mujeres e hijas para que haya con ellas sus placeres, y de engor­dallo no toma ninguno el cargo y cuidado, sino las propias mujeres de los indios, las más principales de ellas; las cuales lo acuestan consigo y lo componen de muchas maneras, como es su costumbre, y le ponen mucha plumería y cuentas blancas que hacen los indios de hueso y de piedra blanca, que son entre ellos muy estimadas».

 

«Y en estando gordo, son los placeres, bailes y cantos muy mayores, y juntos los indios, componen y aderezan tres muchachos de edad de seis años hasta siete, y danles en las manos unas hachetas de cobre, y un indio, el que es tenido por más valiente entre ellos, toma una espada de palo en las manos, que la llaman los indios macana; y sácanlo [al cautivo] en una plaza, y allí le hacen bailar una hora, y desque ha bailado, llega [el de la macana] y le da en los lomos con ambas manos un golpe, y otro en las espinillas para de­rribarle, y acontece, de seis golpes que le dan en la cabeza, no poderlo derribar, y es cosa muy de maravillar el gran testor [grosor] que tienen en la cabeza, porque la espada de palo con que les dan es de un palo muy recio y pesado, negro, y con ambas manos un hombre de fuerza basta a derribar un toro de un golpe, y al tal cautivo no lo derriban sino de muchos, y en fin al cabo, lo derriban, y luego los niños llegan con sus hachetas, y pri­mero el mayor de ellos o el hijo del principal y danle con ellas en la cabeza tantos golpes, hasta que le hacen saltar la sangre, y estándoles dando, los indios les dicen a voces que sean valientes y se ensañen, y tengan ánimo para matar a sus enemigos y para andar en las guerras, y que se acuerden que aquél ha muerto de los suyos, que se venguen de él; y luego como es muerto, el que la da el primer golpe toma el nombre del muerto y de allí adelante se nombra del nombre del que así mataron, en señal que es valiente, y luego las viejas lo despedazan y cuecen en sus ollas y reparten entre sí, y lo comen, y tiénenlo por cosa muy buena comer de él, y de allí adelante tornar a sus bailes y placeres, los cuales duran por otros muchos días, diciendo que ya es muerto por sus manos su enemigo, que mató a sus parientes, que ahora descansarán y tomarán por ello placer» (Comentarios cp.16; el padre Ruiz de Montoya cuenta lo mismo un siglo después, Tentación… 71).

 

Diego de Ocaña, monje español de Guadalupe, que a fines del XVI an­duvo por tierras del Plata, conoció a los indios guaraníes o chiriguanes, que «tienen a todos los demás indios por esclavos, y éstos son de más ra­zón y más belicosos» (A través 24). «Son unos indios de guerra, los cuales la traen con otros indios que están en los Llanos. Y de todos cuantos cogen de los otros se sirven de ellos [como esclavos] y se comen muchos de ellos. Son indios fuertes y casi tan valientes como los de Chile».

 

A veces salen de paz a tratar con los españoles, y entonces «suelen traer de los indios que ellos tienen para comer o para su servicio; y los dan a trueco de algunos vestidos y de platos de plata, los cuales [indios esclavos] los españoles compran para servirse ellos en sus sementeras. Y esto es lícito porque si no se los compran, se los comen» (cp.29)… La esclavitud «justificada» por la antropofagia.

 

El mismo Ocaña habla también de «otra nación que se llama calchaquíes. Son muy va­lientes. Estos comen carne humana todas las veces que la alcanzan y son muy caribes. Y los muertos no los entierran, sino se los comen; y no solamente los que matan en la gue­rra, sino sus mismos hijos cuando mueren, diciendo que lo que ellos parieron no se tienen de enterrar sino que ha de volver a sus vientres» (cp.24).

 

–Crueldades

 

En una ocasión Cabeza de Vaca entró en contacto con los indios paya­guaes, de cuyo jefe cuenta:

«Este principal, aunque es pescador y señor de esta cautiva gente (porque todos son pescadores), es muy grave y su gente le teme y le tienen en mucho; y si alguno de los suyos le enoja en algo, toma un arco y le da dos o tres flechazos, y muerto, envía a llamar a su mujer (si la tiene) y dale una cuenta, y con esto le quita el enojo de la muerte. Si no tiene cuenta, dale dos plumas; y cuando este principal ha de escupir, el que más cerca de él se halla pone las manos juntas, en que es­cupe» (cp.49).

 

Las fiestas con borracheras orgiásticas son frecuentes y causan a veces terribles violen­cias, incluso entre amigos. Los calchaquíes, por ejemplo, al ser iniciados en los ritos su­persticiosos, «se ensayan con frecuentes borracheras, y en ellas se ponen tan foroces y lú­bricos cual es de esperar de hombres dados a la continua embriaguez. Apenas se calien­tan con el vino, se acometen unos a otros en venganza de las pasadas injurias y se dispa­ran saetas a la cabeza; en tales combates es indecoroso huir el golpe o apartarlo con la mano, y honroso recibir heridas, derramar sangre y quedar con cicatrices en la cara» (Nicolás de Toict: +Tentación 76).

 

El padre Florian Paucke, a mediados del XVIII, cuando llevaba veinti­trés años de misionero, todavía da cuenta de costumbres indígenas terri­bles, como cuando refiere que hay madres que «dan muerte no sólo a niños con defectos, sino también a criaturas totalmente sanas»:

 

Sucede esto, por ejemplo, si estando un niño recién nacido, el padre ha de ausentarse: entonces «el indio ordena a su mujer que mate a la criatura, orden que la madre lleva a cabo con diligencia, desnucando sin demora al recién nacido. El motivo es evitar que du­rante el viaje el niño sea un carga debido a su griterío y a los cuidados necesarios. Con todo, si la criatura logra sobrevivir hasta ser capaz de sonreír un poco a la madre, o posee algún rasgo que resulte del agrado del padre y de la madre, éstos se apiadan y le perdo­nan la vida; a un niño chillón, sin embargo, no tardan en retorcerle el pescuezo». También sucede que «cuando el marido sospecha que la criatura no es suya, ordena a la mujer que le dé muerte; ella, con tal de disipar toda duda, se presta gustosamente a estrangular al niño ante la mirada del padre». Y «en tercer lugar, cuando un hombre tiene ya demasia­dos hijos de una mujer, ordena a ésta que mate a todos los que nazcan… En cierta oca­sión, sentí la curiosidad de saber cuántas de esas madres desnaturalizadas había en nuestra comunidad, y se me respondió que tantas como mujeres, y que algunas de ellas ya habían muerto a dos, a tres o incluso a más criaturas» (+Tentación 93-94).

 

–Guerras

 

En aquellas regiones, un jefe de los indios cheneses, le contaba a Cabeza de Vaca «que en su tierra los de su generación tienen un solo principal que los manda a todos, y de todos es obedecido, y que hay muchos pueblos de muchas gentes de los de su generación, que tienen guerra con los indios que se llaman chimeneos y con otras generaciones de indios que se llaman carcaraes; y que otras muchas gentes hay en la tierra, que tienen grandes pueblos, que se llaman gorgotoquíes y payzuñoes y estaropecocies y candi­rees, que tienen sus principales, y todos tienen guerra unos con otros, y pe­lean con arcos y flechas…Y todas las generaciones tienen guerras unos con otros, y los indios contratan [intercambian] arcos y flechas y mantas y otras cosas por arcos y flechas, y por mujeres que les dan por ellos» (Comentarios cp.56).

 

Como en otros pueblos de las Indias, no pocas guerras procedían del deseo de comer carne humana. Así, por ejemplo, cuenta Ocaña:

 

«Hay otra nación que se llama guaicuros y guatataes. Sirven solamente cuando hay guerras de ayudar a los españoles, y esto sin que los llamen, sino ellos se convidan por sólo el vicio que tienen de matar y comer a los que matan, sin perdonar a ninguno; y de continuo están de noche apartados, que no se juntan con los españoles; y los demás indios los temen mucho, porque son crueles y no dan vida a ninguno de los que vienen a sus manos, mientras dura el pelear» (A través cp.24).

 

Este estado de guerra habitual, frecuente en pueblos muy primitivos, explica que cada generación solía vivir muy cerrada en su propio territo­rio, hasta el punto que muchas veces, a preguntas de los exploradores y misioneros españoles, manifestaban ignorar qué había al otro lado de los montes, o quiénes vivían allí. En este sentido, es indudable que a partir de 1492, como ya dije, se produjo tanto para los europeos como para los indígenas de las Indias «el descubrimiento de América».

 

–Matrimonio y familia

 

La degradación moral de los pueblos paganos, pasados o presentes, suele tener en la violencia y el sexo sus exponentes más espectaculares, y los indígenas del Plata no eran, por supuesto, una excepción. Nicolás de Toict dice de los guaraníes que

 

«en cuanto al matrimonio gozan de com­pleta libertad: cada cual toma en concepto de esposas o concubinas cuan­tas mujeres puede conseguir y mantener. Los caciques se juzgan con dere­cho a las más distinguidas doncellas del pueblo, a las que ceden con fre­cuencia a sus huéspedes o clientes. Es tan grande su lascivia que abusan en ocasiones de sus mismas nueras. Para ninguno es afrentoso repudiar a sus mujeres o ser repudiado por éstas» (+Tentación 73).

 

Entre los indios chiquitos, según información de Juan Patricio Fernández, no es del todo insoportable «el venderse los unos a los otros: el padre a la hija, el marido a la mujer, el hermano a la hermana; y esto por codicia de solo un cuchillo o un hacha, o de otra cosa de poca monta, aunque los compradores sean sus mortales enemigos, que haya de hacer de ellos lo que su odio, pasión o enemistad les dictare» (+82). «A la muerte del marido –refiere Ruiz de Montoya, tratando de los guaraníes– las mujeres se arrojan de estado y medio de alto, dando gritos, y a veces suelen morir de estos golpes o que­dar lisiadas» (+72)

 

En la crónica de Ocaña leemos que «hay otras naciones tan bestiales en sus costumbres que, por curiosidad, no se pueden dejar de decir, aunque de suyo no son honestas, por ser costumbres entre ellos muy usadas y en muchas partes y tierras. Una es, que se llaman los charrúas, que cuando cautivan a algunos españoles los llevan a sus casas; y estos indios son muy feroces y valientes, y pelean con unas bolas atadas en unas cuerdas de nervios de guanacos y de avestruz… A estos españoles que llevan pre­sos a sus casas, como los tienen por gente que les resiste, los tratan bien y no los matan, antes les dan sus hijas para que duerman con ellos, y todas las que ellos quieren, porque queden preñadas y tengan casta de gente va­liente; y cuando algún español no quiere admitir a las indias que le dan, por no morir en aquel pecado mortal sin confesión, les escupen a la cara y los tienen por gente vil y les hacen trabajar en las pescas y cazas» (cp.24).

 

«Hay otras naciones de chanaes y quirandíes, que tienen por costumbre venirse a ver unos con otros y pasan en canoas de una parte a otra del río; y los de la otra parte, cuando los ven venir, los salen a recibir y los llevan a sus casas, y les dan de comer o cenar. Y al tiempo de dormir se va el dueño de la casa fuera, y le entrega la misma mujer suya o al­guna hija o hermana con las cuales duerme el huésped todos los días que allí está; y el otro no vuelve a su casa hasta que se va el huésped, ni a dormir ni a comer, sino que que­da el huésped señor de toda la casa. Y lo mismo hacen los del otro pueblo cuando estotros van a verlos, y les pagan en la misma moneda el hospedaje» (cp.24).

 

Y aún «hay otra costumbre entre esta misma gente, más bestial: y es, que cuando al­gún cacique o algún indio principal y valiente, que ellos llaman capitanes, cuando quiere casar alguna hija con otro indio principal, da aviso por todos aquellos pueblos cómo la hija de tal cacique se quiere casar, que para tal luna acudan allá; y a ella la ponen en una casa hecha de esteras, con indias que la sirven, y no sale de allí; y mientras vienen los indios de los pueblos de alrededor, los padres cogen mucho pescado y caza, y hacen mucha chi­cha de maíz para celebrar la boda y darles de comer. Y el estar la hija en aquella casa de esteras es para que cuantos indios vienen de los pueblos gocen de ella como de una mujer pública de las mancebías de España, la cual admite a todos y no ha de desechar a ningu­no, y los ha de recibir una vez a cada uno, y todos le van ofreciendo de lo que llevan, que son: unos, pellejos de nutrias y otros arcos y flechas y sartas de cascabeles, que son unas conchillas del río, y otros llautos de lana colorada, que son como listones [cintas] para la cabeza. Y dura el estar allí todo el tiempo que es menester, para que cada uno llegue a ella una vez. Y estas tales hijas de caciques no se casan sino ya grandes, de 20 años para arriba; y el último de todos que entra es el que está concertado para ser marido, el cual no la conoce antes ni le consienten que llegue a ella hasta entonces; y aquello que los otros indios le han dado recoge todo para él, que es el ajuar que le dan con la señora. Y con esto queda muy honrado y rico, que tal sea su salud como es su costumbre» (cp.24).

 

–Religión

 

Uno de los primeros jesuitas que llegó a esta zona, Alonso de Barzana, en 1594 escribía con optimismo acerca de los guaraníes: «Es toda esta na­ción muy inclinada a religión, verdadera o falsa… Conocen toda la inmor­talidad del alma y temen mucho las anguerá, que son las almas salidas de los cuerpos, y dicen que andan espantando y haciendo mal. Tienen gran­dísimo amor y obediencia a los Padres, si los ven de buen ejemplo» (Hemming, en AA, Hª América Latina 193).

 

Antes de llegar los misioneros, la vida religiosa de la mayor parte de estos pueblos solía estar dirigida es­trictamente por los chamanes, brujos generalmente muy temidos y respe­tados, que procuraban mediante ritos supersticiosos la relación con el mundo invisible, y que después dieron a veces guerra muy dura a los mi­sioneros.

 

Es de señalar que «ciertas  coincidencias míticas y mesiánicas, que los jesuitas habían venido a encontrar entre la religión cristiana y la de los guaraníes, iban a facilitar la conquista espiritual» (Roa Bastos, Tenta­ción 25). En efecto, tenían los guaraníes cierta idea de un Padre primor­dial, Ñamandú, creador de todo y origen de la palabra, esa palabra que tuvo siempre profetas fascinantes. Y perduró siglos entre ellos la espe­ranza mesiánica de una Tierra sin males, hacia la cual se produjeron mi­graciones desastrosas de «diez mil tupinamba, de 1540 a 1549, hasta el Perú, donde llegaron solamente trescientos; y la que condujo, entre 1820 y 1912, a tres tribus guaraní del Paraná superior hasta la costa del Atlán­tico» (Krickeberg, Etnología… 195).

 

De todos modos, los datos que poseemos hoy nos llevan a estimar como muy precaria la religiosidad de estas poblaciones de la región del Plata. Por eso mismo eran en general estos indios extremadamente supersti­ciosos. Entre los guaraníes, «las supersticiones de los magos se fundan en adivinaciones por los cantos de las aves, chupando al enfermo las partes lesas, y sacando él de la boca cosas que lleva ocultas, mostrando que él con su virtud le ha sacado aquello que le causaba la dolencia, como una espina de pescado, un carbón o cosa semejante» (Ruiz de Montoya: +Tentación 73).

 

Los indios chiquitos, por ejemplo, «en materia de religión son brutales totalmente, y se diferencian de los otros bárbaros, pues no hay nación por inculta y bárbara que sea que no adore alguna deidad; pero éstos no dan culto a cosa ninguna visible ni invisible, ni aun al demonio, aunque le temen. Bien es verdad que cree son las almas inmortales», como se ve por sus ritos funerarios. «No tienen, pues, ni adoran otro dios que a su vientre [Rm 16,18; Flp 3,19], ni entienden en otra cosa que en pasar buena vida, la mejor que pueden».

 

Sin embargo, «son muy supersticiosos en inquirir los sucesos futuros por creer firmemen­te que todas las cosas suceden bien o mal, según las buenas o malas impresiones que in­fluyen las estrellas», y si los pronósticos de los agüeros son infaustos, «tiemblan y se po­nen pálidos como si se les cayese el cielo encima o les hubiese de tragar la tierra; y esto sólo basta para que abandonen su nativo suelo y que se embosquen en las selvas y mon­tes, apartándose los padres de los hijos, las mujeres de los maridos, y los parientes y amigos, unos de otros con tal división como si nunca entre ellos hubiese habido ninguna unión de sangre, de patria o de afectos» (Juan Patricio Fernández: +Tentación 80).

 

–Indios bien dispuestos para recibir a Cristo

 

A pesar de todo lo dicho, fue opinión generalizada entre los misioneros la buena disposición que estos pueblos ofrecían para recibir el Evangelio liberador de Jesucristo. Después de referir un cúmulo de datos verdade­ramente espantosos, solían siempre terminar sus cartas e informes con la profesión de muy altas esperanzas. Tenían una fe firmísima en el poder de Cristo Salvador para hacer que naciones «sentadas en tinieblas y sombras de muerte» (Lc 1,79), por obra de su gracia, salieran de la oscuridad a la luz, renaciendo en la Iglesia a una vida nueva y sobrehumana. Lo intentaron, partiendo de esa fe, y por obra del Espíritu Santo lo consiguieron.

 

San Roque González de Santa Cruz, jesuita, nacido en la Asunción (1576-1628), es, por ejemplo, una esperanza plenamente cumplida: fundador de varias misiones y reducciones, mártir criollo, canonizado en 1988. Él escribía: «Por lo demás son estos indios de buena disposición y fácilmen­te se les puede dirigir por buen camino. Las funciones sagradas son su gran afición… Con todo creo que en ninguna parte de la Compañía hubo mayor entusiasmo, mejor voluntad y más empeño» (+Tentación 70). Son frecuentes los testimonios semejantes:

 

Nicolás de Toict: «A pesar de las muchas necedades que van expuestas y de tal barbarie [de los guaraníes], no hay en América nación alguna que tenga aptitud tan grande para instruirse en la fe cristiana, y aun aprender las artes me­cánicas y llegar a cierto grado de cultura» (+AV, Tentaciones, 76). Juan Patricio Fernández: «Con todo eso y el no conocer ni venerar [los eyiguayeguis] deidad alguna ni hacer estima del demonio, era muy buena disposición para introducir en ellos el conocimiento del verdadero Dios», pues «estaban como una materia prima indiferente y capaz de cualquier forma», a causa de la misma precaridad extrema de sus religiosidad pagana (+82).

Please reload

Articulos recientes

Please reload

  • White LinkedIn Icon
  • White Twitter Icon
  • White Google+ Icon
Editorial Vortice