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Pastores: Levántense y guíennos

La autoridad pastoral en la tradición doctrinal y práctica de la Iglesia

 

La autoridad de Dios es la fuerza providencial amorosa e inteligente que todo lo acrecienta con su dirección e impulso. La misma palabra auctoritas deriva de auctor, creador, promotor, y de augere, acrecentar, suscitar un progreso. Dios, evidentemente, es el Autor por excelencia, porque es el creador y dinamizador del universo, y de Él proceden todas las autoridades creadas -padres, maestros, gobernantes civiles o pastores de la Iglesia, y hasta los jefes de manadas en el mundo animal-. La autoridad, pues, en principio, es una fuerza espiritual sana, necesaria, acrecentadora, estimulante, unificadora. La autoridad es, pues, fuente de inmensos bienes, y su inhibición causa enormes males.

 

Según esta disposición de Dios, que afecta tanto al orden de la naturaleza como al de la gracia, si no hay un ejercicio suficiente de la autoridad y una asimilación suficiente de la misma por la obediencia, no puede lograrse ni el bien de las personas, ni el bien de las comunidades.

 

Por eso en la Iglesia el ejercicio de la autoridad apostólica de los Pastores sagrados es una mediación de suma importancia en la economía divina de la gracia. Y en cuanto a sus modos de ejercicio, convendrá recordar una vez más que la verdad de la Iglesia es bíblica y tradicional. En efecto, si queremos conocer cómo debe ser el ejercicio de la autoridad pastoral en la Iglesia debemos mirar a Cristo, a Pablo, al Crisóstomo, a Borromeo, a Mogrovejo y a tantos otros pastores santos que Dios nos propone como ejemplos.

 

Sin embargo, envueltos en el presente que nos ciega y encarcela, no podemos a veces ni siquiera imaginar otros modos de ejercicio pastoral que aquellos que hoy son más comunes. Pero la historia, dándonos a conocer el pasado, nos libera del presente y nos abre a un futuro distinto del tiempo actual. El pasado fue diverso del presente, y también el futuro, ciertamente, lo será.

 

En la época de los Padres, los pastores «celan vigorosamente por la santidad del pueblo cristiano. Principalmente por la predicación y los sacramentos, pero también aplicando, cuando es preciso, la disciplina penitencial de la Iglesia o incluso la excomunión. En Éfeso, reunido San Juan Crisóstomo [+407, patriarca de Constantinopla, de quien dependía un centenar de diócesis] con otros setenta obispos, destituye a seis obispos; en el Asia Menor depone a catorce... Ciertos errores o abusos no deben tolerarse en la Iglesia. Y él no los tolera».

 

Por lo que se refiere a la Edad Media, podemos recordar un ejemplo de San Bernardo (+1153). En un escrito dirigido al Papa Eugenio III, le advierte que es deber suyo «considerar el estado universal de la Iglesia, para comprobar si los pueblos están sujetos al clero, el clero a los sacerdotes, y los sacerdotes a Dios, con la humildad que es debida». Y concretamente le recuerda que en conciencia tiene que hacer aplicar, especialmente en el clero, las normas que él mismo promulgó en el Concilio de Reims.

 

Estos recuerdos antiguos, o los que he traído de San Carlos Borromeo, siempre serán rechazados por algunos, alegando su antigüedad: «aquellos eran otros tiempos». La objeción es vana, ciertamente, pues más antiguos son los ejemplos de Cristo o de Pablo, y siguen vigentes. Pero, en todo caso, podríamos recordar muchos otros ejemplos de energía benéfica en el ejercicio de la autoridad pastoral tomados de años más próximos a nosotros.

 

San Ezequiel Moreno (+1906), obispo de Pasto, en Colombia, lucha con toda su alma por guardar a sus fieles de la peste del liberalismo, y les prohíbe la lectura de cierta prensa liberal.

 

¿Todavía es ejemplo demasiado antiguo?... Acerquémonos, pues, más a nuestro tiempo. En 1954, ante la avalancha de ataques que la Iglesia está sufriendo de parte de un socialismo local agresivo, los obispos holandeses anuncian en una Carta pastoral «castigos eclesiásticos para quienes escucharan las emisiones de radio socialistas o leyeran escritos de esta tendencia».

 

Podrán cambiar, y así conviene, los modos de la autoridad apostólica según tiempos y culturas, pero el ejercicio del ministerio pastoral, un ejercicio solícito y abnegado, paciente y eficaz, ha sido tradición unánime de la Iglesia en los santos pastores de todos los tiempos.

 

Mundanización de la autoridad pastoral

 

Ahora bien, esa línea unánime que hemos comprobado en la tradición de la Iglesia puede quebrarse si los Pastores sagrados se consideran más obligados al mundo actual que a la tradición cristiana. Entonces es cuando los modelos bíblicos y tradicionales pierden todo su vigor estimulante.

 

En otro libro he escrito que el catolicismo mundano -liberal, socialista, liberacionista, etc.- considera «que la Iglesia tanto más se renueva cuanto más se mundaniza; y tanto más atrayente resulta al mundo, cuanto más se seculariza y más lastre suelta de tradición católica.

 

«Sólo un ejemplo. El cristianismo mundanizado estima hoy que los Obispos deben asemejar sus modos de gobierno pastoral lo más posible a los usos democráticos vigentes -en Occidente-. El cristianismo tradicional, por el contrario, estima que los Obispos, en todo, también en los modos de ejercitar su autoridad sagrada, deben imitar fielmente y sin miedo a Jesucristo, el Buen Pastor, a los apóstoles y a los pastores santos, canonizados y puestos para ejemplo perenne.

 

«En efecto, los Obispos que en tiempos de autoritarismo civil, se asemejan a los príncipes absolutos, se alejan tanto del ideal evangélico como aquellos otros Obispos que, en tiempos de democratismo igualitario, se asemejan a los políticos permisivos y oportunistas. Unos y otros Pastores, al mundanizarse, son escasamente cristianos. Falsifican lamentablemente la originalidad formidable de la autoridad pastoral entendida al modo evangélico. En un caso y en otro, el principio mundano, configurando una realidad cristiana, la desvirtúa y falsifica».

 

La tentación principal de los Pastores sagrados de hoy no es precisamente el autoritarismo excesivo, sino el laisser faire oportunista de los políticos demagógicos de nuestro tiempo, más pendientes de los votos que de la verdad y el bien común. Por eso, cuando hoy vemos en no pocas Iglesias males graves y habituales - herejías y sacrilegios-, que vienen a tolerarse como un mal menor y que se consideran irremediables, no podemos menos de pensar: «efectivamente, son males irremediables, si se da por supuesto que no conviene ejercitar con eficaz vigor sobre ellos la autoridad apostólica».

 

Los Obispos, párrocos y superiores religiosos que, ante graves abusos doctrinales o disciplinares, desisten de ejercer su autoridad pastoral, suelen declarar: «es inútil, no obedecen». Y lo mismo dicen los padres que dejan a sus hijos abandonados a sí mismos, renunciando a ejercer sobre ellos la autoridad familiar que necesitan absolutamente. Pero es éste un círculo vicioso -no mandan porque no obedecen y no obedecen porque no mandan- que solamente puede quebrarse por la predicación de la autoridad, tal como es conocida por la razón y la fe, y por el ejercicio caritativo, y sin duda martirial, de la misma autoridad.

 

Grandes males exigen grandes remedios. Un cáncer no puede ser vencido con tisanas, sino que requiere radiaciones, quimioterapias fuertes o intervenciones quirúrgicas. Pero si no es vencido, irá matando el cuerpo lentamente. El Apóstol anima a su colaborador episcopal: «yo te conjuro en la presencia de Dios y de Cristo Jesús, que va a juzgar a vivos y muertos, por su manifestación y su reino: predica la Palabra, insiste a tiempo y a destiempo, corrige, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina, pues vendrá un tiempo en que no sufrirán la sana doctrina, sino que, deseosos de novedades, se amontonarán maestros conformes a sus pasiones, y apartarán los oídos de la verdad para volverlos a las fábulas. Pero tú mantente vigilante en todo, soporta padecimientos, haz obra de evangelizador, cumple tu ministerio» (2Tim 4,1-5).

Texto extraído del libro "El Martirio de Cristo y los Cristianos" del P. José María Iraburu.

 

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