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Aceptación o rechazo de la vocación martirial

Los cristianos mártires de la Iglesia primera, como fieles discípulos de Cristo, dan en el mundo «el testimonio de la verdad» con una firmeza que resulta hoy desconcertante para muchos cristianos que tratan de conciliar como sea el seguimiento de Cristo y su adicción al mundo presente.

Y en todo esto no se trata sólo de que aquellos cristianos primeros tuvieran una voluntad más fuerte ante el terrible acoso de la persecución. Se trata más bien de que, a la luz de la fe, tenían un entendimiento muy distinto de la misión del cristiano en el mundo.

Los cristianos sabían y aceptaban que, en un momento dado, podrían sufrir «a causa de Cristo» cárcel, degradación social, azotes, exilio, expolio de bienes, trabajos forzados, muerte. Y si un día se veían ante la prueba extrema, o daban testimonio y eran mártires de Cristo, o desfallecían y eran lapsi, caídos, vencidos. Pero, en todo caso, no se les ocurría pensar que el deber principal de los cristianos en este mundo era «conservar la vida» y evitar por todos los medios marginaciones, desprecios y persecuciones del mundo. No consideraban que eso venía exigido «por el bien de la Iglesia». No se les pasaba por la mente que para evitar la persecución del mundo la Iglesia debía modificar su doctrina o su conducta.

Los primeros discípulos de Cristo y de los Apóstoles tenían una mentalidad muy distinta a la de aquellos cristianos de hoy que, según dicen, «no tienen vocación de mártires» –sí, así lo confiesan a veces, medio en broma, medio en serio–. Muchos cristianos de hoy, en efecto, con más amor al mundo que a la Cruz de Cristo, se creen no solo en el derecho, sino en el deber moral de «guardar la vida» propia y la de la Iglesia, evitando la persecución a toda costa. «Los que quieren ser bien vistos en lo humano, ponen su mayor preocupación en evitar ser perseguidos a causa de la cruz de Cristo» (Gál 6,12).

Cuando vemos en la primera Iglesia que un soldado analfabeto, afrontando la muerte, muestra un valor mayor al de un teólogo actual, que no se atreve a transmitir al mundo –¡ni siquiera a los cristianos!– la verdad de Cristo sobre cielo e infierno, castidad conyugal, necesidad de los sacramentos, etc.; o cuando vemos que una cristiana de doce años se encara con el tribunal imperial, afirmando sin vacilar palabras de vida que le van a ocasionar la muerte, y miramos a un obispo actual que permite en su Iglesia herejías y sacrilegios para evitar enfrentamientos con los progresistas y para que no se produzcan ataques de ciertos medios de comunicación, llegamos a pensar que estamos ante dos nociones de la Iglesia muy distintas: en una se acepta el martirio, en la otra se rechaza. Es evidente.

Los innumerables mártires del siglo XX, con la luz radiante de su testimonio, encarcelados, exilados, despojados, marginados, torturados, muertos, denuncian las tinieblas de tantas apostasías actuales, patentes o encubiertas.

Hay que optar entre el cristianismo verdadero de la Cruz o el falso sin Cruz. Y esta elección ha de ser realizada hoy consciente y necesariamente, pues los dos caminos son, de hecho, ofrecidos cada día al pueblo cristiano.

Iglesia con Cruz. Cuando celebramos la memoria gloriosa de tantos mártires cristianos que, en los primeros siglos de la Iglesia o en tiempos recientes, en misiones, fueron capaces de derramar su sangre por Cristo al poco tiempo de ser bautizados o incluso siendo todavía catecúmenos –mártires japoneses de Nagasaki, San Carlos Luanga y compañeros en Ruanda, niños mártires mexicanos de Tlaxcala, etc.–, no podemos menos de pensar que aquellos cristianos tuvieron misioneros que les predicaron el verdadero Evangelio, según al cual no es posible seguir a Cristo sin tomar la cruz cada día.

Iglesia sin Cruz. Por el contrario, cuando hoy vemos, por ejemplo, ciertos Grupos de Matrimonios que, siendo bautizados de muchas generaciones, y estando asociados para procurar la perfección de la vida en el matrimonio, sin embargo, en determinadas circunstancias –conflictos de valores, mal menor, dictamen de la propia conciencia contrario al Magisterio apostólico, etc.–, se autorizan a sí mismos los anticonceptivos, pues a la hora de regular su fertilidad se consideran con derecho a rechazar la cruz de una abstinencia periódica o total, nos vemos obligados a pensar que, con la colaboración activa o pasiva de pastores negligentes, han recibido de falsos profetas un falso Evangelio.

No está fundamentalmente la diferencia en que aquellos primeros cristianos, puestos ante una prueba extrema, fueron fieles a la fe católica y éstos en cambio no. La diferencia entre unos y otros ha de verse más bien en que unos recibieron el Evangelio verdadero, el de la Cruz, y otros un Evangelio falso, que elimina la Cruz cuidadosamente, con «buena conciencia», en forma sistemática y coherente.

–La Iglesia no-martirial, por el contrario, que se avergüenza de la Cruz, es débil y triste, oscura y ambigua, dividida, estéril y en disminución continua. «No confiesa a Cristo» en el mundo, a no ser en aquellas verdades cristianas que no suscitan persecución. Se atreve, por ejemplo, a predicar bravamente la justicia social, cuando también ésta viene exigida y predicada por los mismos enemigos de la Iglesia; pero no se atreve a predicar la obligación de dar culto a Dios o la castidad o la obediencia, o tantas otras verdades fundamentales, allí donde son despreciadas por el mundo. Teme ser rechazada por dar un testimonio claro de la verdad. Y por eso, calla. O habla bajito, y así, al mismo tiempo, evita la persecución y se hace la ilusión de que ya ha cumplido con su deber.

 

Dice San Agustín: «está escrito en el Evangelio: “Jesús oraba con más insistencia y sudaba como gotas de sangre”. ¿Qué quiere decir el flujo de sangre de todo su cuerpo sino la pasión de los mártires de la Iglesia?» (Com. Salmo 140,4).

 

La Iglesia martirial, centrada en la Cruz, es fuerte y alegre, clara y firme, unida y fecunda, irresistiblemente expansiva y apostólica. «Confiesa a Cristo» ante los hombres. Prolonga en su propia vida el sacrificio que Cristo hizo de sí mismo en la cruz, para salvación de todos.

Extraido del libro "El martirio de Cristo y de los cristianos" del P. Jose Maria Iraburu.

 

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