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Papas, capitalismo y magisterio

El Papa Francisco tuvo la idea de dar su parecer sobre lo que ocurre con la crisis económica en Europa:

 

"Un capitalismo salvaje ha enseñado la lógica del beneficio a cualquier coste, del dar para obtener, del provecho sin mirar a las personas… y los resultados los vemos en la crisis que estamos viviendo"

 

Esa declaración ha puesto de los nervios a muchos católicos que están a favor del sistema económico capitalista y liberal. Muchos han salido a decir que el Papa no es infalible en esas cuestiones. Ciertamente, las  declaraciones de un Obispo de Roma en la visita a un centro caritativo no son magisterio pontificio. Pero no es menos cierto que existen unas cuantas encíclicas que entran de lleno en la doctrina social de la Iglesia, que en cuanto que doctrina católica no tiene nada de irrelevante.

 

Los católicos fieles a la Iglesia no tenemos la opción de decidir qué escogemos de su doctrina y qué dejamos de lado. Y yerran profundamente los que piensan que solo estamos obligados a creer aquello que tiene rango dogmático. En ese sentido, el Concilio Vaticano II, dejó muy claras las cosas:

 

Los Obispos, cuando enseñan en comunión con el Romano Pontífice, deben ser respetados por todos como testigos de la verdad divina y católica; los fieles, por su parte, en materia de fe y costumbres, deben aceptar el juicio de su Obispo, dado en nombre de Cristo, y deben adherirse a él con religioso respeto. Este obsequio religioso de la voluntad y del entendimiento de modo particular ha de ser prestado al magisterio auténtico del Romano Pontífice aun cuando no hable ex cathedra; de tal manera que se reconozca con reverencia su magisterio supremo y con sinceridad se preste adhesión al parecer expresado por él, según su manifiesta mente y voluntad, que se colige principalmente ya sea por la índole de los documentos, ya sea por la frecuente proposición de la misma doctrina, ya sea por la forma de decirlo. Lumen Gentium 35

 

Es por ello altamente recomendable dar un repaso a las encíclicas papales sobre esta cuestión. En relación al capitalismo, me parecen especialmente luminosas las palabras del Beato Juan Pablo II, Papa, en la encíclica Centesimus annus:

 

Si por «capitalismo» se entiende un sistema económico que reconoce el papel fundamental y positivo de la empresa, del mercado, de la propiedad privada y de la consiguiente responsabilidad para con los medios de producción, de la libre creatividad humana en el sector de la economía, la respuesta ciertamente es positiva, aunque quizá sería más apropiado hablar de «economía de empresa», «economía de mercado», o simplemente de «economía libre». Pero si por «capitalismo» se entiende un sistema en el cual la libertad, en el ámbito económico, no está encuadrada en un sólido contexto jurídico que la ponga al servicio de la libertad humana integral y la considere como una particular dimensión de la misma, cuyo centro es ético y religioso, entonces la respuesta es absolutamente negativa. Centesimus annus 42

 

También es cosa buena recordar lo que Benedicto XVI nos recordó en su encíclica Caritas in Veritate:

 

Quisiera recordar a todos, en especial a los gobernantes que se ocupan en dar un aspecto renovado al orden económico y social del mundo, que el primer capital que se ha de salvaguardar y valorar es el hombre, la persona en su integridad: «Pues el hombre es el autor, el centro y el fin de toda la vida económico-social»

 

Y:

 

El predominio persistente del binomio mercado-Estado nos ha acostumbrado a pensar exclusivamente en el empresario privado de tipo capitalista por un lado y en el directivo estatal por otro. En realidad, la iniciativa empresarial se ha de entender de modo articulado. Así lo revelan diversas motivaciones metaeconómicas. El ser empresario, antes de tener un significado profesional, tiene un significado humano[98]. Es propio de todo trabajo visto como «actus personae»

 

Es evidente que la doctrina social de la Iglesia no es una loa al liberalismo capitalista económico reinante. Tanto como que criticar el capitalismo “salvaje” -el adjetivo está para algo y no significa que todo capitalismo sea necesariamente así-, no convierte a nadie en comunista ni en un teólogo de la liberación heterodoxo.

 

En todo caso, el motivo de este post es exhortar a mis hermanos en la fe a que acepten de buen grado todo lo que la Iglesia haya enseñado y enseñe sobre algo que afecta de forma tan directa al bien común de nuestra sociedad. La doctrina social de la Iglesia nace y está entroncada en el depósito de la fe. Y es la respuesta, siquiera teórica, a los males que aquejan al mundo debido a prácticas y sistemas económicos que lesionan la dignidad humana. El hombre no puede ser jamás un factor económico más. Al contrario, toda buena política económica debe girar en torno a la persona.

 

Al fin y al cabo, lo que han dicho los Papas en el último siglo sobre estas cuestiones está bastante lejos de la radicalidad de los Padres de la Iglesia -el día menos pensado escribo un post sobre ello- o de algo tan querido por nosotros como es la Escritura. Y si no, vean ustedes lo que aparece en la carta de Santiago:

 

Y vosotros los ricos llorad a gritos sobre las miserias que os amenazan. Vuestra riqueza está podrida; vuestros vestidos, consumidos por la polilla; vuestro oro y vuestra plata, comidos del orín, y el orín será testigo contra vosotros y roerá vuestras carnes como fuego. Habéis atesorado para los últimos días.


El jornal de los obreros que han segado vuestros campos, defraudado por vosotros, clama, y los gritos de los segadores han llegado a los oídos del Señor de los ejércitos. Habéis vivido en delicias sobre la tierra, entregados a los placeres, y habéis engordado para el día de la matanza. Habéis condenado al justo, le habéis dado muerte sin que él os resistiera. Stg 5-1-6

 

Como decía el Señor, el que tenga oídos para oír, que oiga.

[Artículo original] Permitida su reproducción citando autor y La Cumbrera

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