A favor de la vida. En el matrimonio también.

Porque se aman, se casan; se casan para ser felices juntos, con una felicidad que debe durar a lo largo de toda su vida, es decir, hasta el ingreso del uno o del otro en la eternidad. La búsqueda de su felicidad se inscribe, pues, en la perspectiva de Dios, hacia el cual caminan juntos, y cuya voluntad respecto a ellos mismos no podrían rechazar.

 

Ahora bien, la voluntad de Dios sobre los esposos, es que sean fecundos. Cuando el Creador formó la pareja, cuando quiso dos sexos complementarios el uno del otro y llamados a unirse, lo hizo explícitamente con miras a la propagación del género humano. Los relatos bíblicos no dejan la menor duda a este respecto, ni tampoco el análisis de la constitución biológica del hombre y de la mujer.

 

Apegados a esta verdad fundamental y objetiva, expresión indudable de la voluntad de Dios sobre toda la pareja humana, la Iglesia recuerda con insistencia que, por su naturaleza misma, el matrimonio está ordenado a la procreación de los hijos. Éste es su fin natural primero y primordial, el que da a la unión todo su sentido. A la unión y a la felicidad que se persigue, porque ésta no puede ser una felicidad cualquiera, recortada arbitrariamente en el seno de la realidad matrimonial. Debe ser una felicidad específicamente conyugal y no podría, por consiguiente, apartarse de la finalidad propia asignada a toda pareja humana por la naturaleza misma.

 

A esta afirmación de que el matrimonio está ordenado al hijo, no se pretenda oponer el hecho de que ciertas parejas no llegan a alcanzar ese fin, aun estando consideradas como verdaderos esposos. Como de todo ojo se puede decir que está destinado y formado para ver, aunque en casos anormales, por especiales condiciones internas y externas, no llegue nunca a estar en situación de conducir a la percepción visual, lo mismo puede decirse de la función sexual, que está destinada y formada para permitir a los esposos procrear, incluso cuando en numerosos casos, a causa de unas condiciones especiales, internas o externas, no sea capaz de llevar a la concepción.

 

Que un ojo ciego conserva todavía en un rostro una función estética muy apreciable, es no menos seguro. De igual modo, una sexualidad que no florece en fecundidad conserva una función innegablemente importante y apreciable en la vida conyugal: la de unir más estrechamente a los esposos. Pero esta función es secundaria con respecto a su función principal normal, que es procrear.

 

Es, por tanto, de una importancia soberana que el hogar sepa orientarse frente al hijo. Esto no implica que deba tener el amor en nada, que deba dar de lado el alcanzar la felicidad. Significa que el amor y la felicidad deben desembocar en Dios y en su voluntad: amor, matrimonio, felicidad… Dios. El orden es riguroso y los que intentasen crearse una felicidad falsificada sustrayéndose a la voluntad divina correrían hacia su desgracia. No se trastorna el orden de las cosas impunemente, y sería para los esposos, cometer un error increíblemente orgulloso el pretender sustituir el indudable imperativo divino por las decisiones vacilantes de su corta sabiduría.

 

Así como la vocación es el llamado surgido de la voluntad de Dios, el rechazo del hijo es una grave infidelidad a la vocación conyugal. El amor no se da como un juguete que puede uno manejar a su antojo. Lo da Dios con miras a la unión matrimonial, al cual lleva en sí misma una finalidad necesaria que ninguna arbitrariedad puede destruir. El amor está orientado al hijo, y quien quiera que acepte el amor ligándose al ser amado con los lazos indisolubles del matrimonio, acepta al propio tiempo esta orientación.

 

Tan ilógico sería sacarse los ojos con el pretexto de que la finalidad primera del ojo no es en absoluto ver sino tan sólo establecer el equilibrio estético del rostro, como sería ilógico pretender desviar del hijo el amor matrimonial con el pretexto de que está ordenado a la sola felicidad de los esposos.

 

El matrimonio debe respetar la finalidad de su amor; éste, por otra parte, le viene de Dios, y no conducirá a Dios más que en la medida en que se le deje florecer según su voluntad.

 

Cuando los esposos se aman de verdad, se entregan, por tanto, el uno al otro como Dios ha querido, como personas espirituales amadas a un destino eterno. Aceptan la voluntad superior que hace de la procreación y de la educación del hijo el objeto de su unión. Así se realiza, para toda la vida, la fusión de sus dos seres en uno solo. El rechazar esta consecuencia es origen de un número creciente de crisis conyugales.

Texto extraído del libro "Sentido Cristiano del Matrimonio" de Paul E. Charbonneau.

 

Permitida su reproducción citando a La Cumbrera.

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