El principio del mal menor y las elecciones

10/04/2019

En una noticia relacionada con el tema de las elecciones presidenciales de la República Francesa, un lector afirmaba que el principio del mal menor obligaba a votar por el candidato menos malo de los dos, aunque fuera igualmente abortista y favoreciera otros males morales graves.

 

“Ante dos opciones malas la moral católica enseña a elegir el mal menor. Dejar pasar es hacerse en cierta forma cómplices del mal mayor que se pudo contribuir a evitar. Actuar en conciencia aquí es elegir el que ocasione menos daño”.

 

¿Es cierto que hay que aplicar el principio del mal menor a este caso concreto y a otros similares? ¿Cómo se aplicaría el principio? ¿Es correcto decir que, para actuar en conciencia, hay que elegir al candidato “que ocasione menos daño”?

 

En primer lugar, conviene explicar que, estrictamente hablando, el principio del mal menor no dice que, entre dos males, haya que escoger el menor. El mal no se puede querer por sí mismo. Lo que se elige es el bien posible.

 

Para entender esto, hay que saber que, cuando hablamos del mal, podemos estar hablando de mal moral (es decir, el pecado) o mal físico (es decir, básicamente el sufrimiento y todo lo relacionado con él). Moralmente hablando, se puede elegir el mal físico (por ejemplo, una enfermedad, perder riquezas, etc.) como hizo Jesucristo dando la vida voluntariamente, lo que no se puede elegir es el mal propiamente dicho, es decir, el mal moral. Elegir un mal moral, sea grande o pequeño es un pecado y el pecado nunca se puede cometer con conciencia recta, ni siquiera para evitar un pecado mayor. El mal moral sólo se puede sufrir. En ese sentido, la Declaración sobre el Aborto de 1974 de la CDF dice que el cristiano “a veces debe tolerar lo que en definitiva es un mal menor para evitar un mal mayor”.

 

Todo esto parece una matización pedante, pero no lo es. Una de las tentaciones más frecuentes consiste en convencernos de que el mal, cualquier mal, es inevitable y, por lo tanto, debemos acostumbrarnos a él y aceptarlo. Una vez que nos tragamos ese engaño, no tardamos en convencernos también de que ese mal, en realidad, no es tan malo. Son legión los católicos que, por esa vía, han terminado aceptando los anticonceptivos, la pornografía constante en la televisión, el divorcio, las relaciones prematrimoniales, las groserías y obscenidades, la mentira para lograr un buen fin, los robos menores y otros muchos pecados, porque “es inevitable", “todo el mundo lo hace” o “son otros tiempos". En ese sentido, decía Baltasar Gracián: “Nunca se le ha de abrir la puerta al menor mal, que siempre vendrán tras él otros muchos, y mayores,".

 

La verdadera forma de actuar del cristiano es buscar siempre el bien, anhelar el bien, trabajar por el bien y hacer el bien en lo posible, ya que Cristo es la Bondad misma. Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial. A veces tendremos que sufrir y soportar el mal por su causa, pero nunca, nunca, nunca, elegimos el mal moral, porque el fin no justifica los medios.

 

Veamos el caso concreto de las elecciones presidenciales. Lo característico de esas elecciones es que, en la segunda vuelta, solo participan dos candidatos, los que hayan conseguido mayor número de votos en la primera ronda. En ese sentido, se dice a menudo que, puesto que solo hay dos opciones posibles, es necesario elegir la menos mala, aunque ambos candidatos, como sucede en este caso, lleven en su programa males morales gravísimos, tales como el aborto.

 

Conviene señalar que, generalmente, los partidos políticos hacen todo lo posible por asimilar a este caso otros diferentes, como las elecciones en regímenes no presidencialistas. Las elecciones españolas son el ejemplo perfecto. Desde que tengo memoria, los partidos mayoritarios siempre han intentado (con bastante éxito) hacer creer a los votantes que debían elegirlos porque, de otro modo, estaban “tirando su voto a la basura", ya que los partidos pequeños no tenían ninguna posibilidad de ser elegidos. En ese sentido, se nos decía que había que elegir al “menos malo” de esos partidos mayoritarios, aunque la experiencia haya ido mostrando cada vez con mayor claridad que las diferencias entre ellos eran realmente insignificantes.

 

Lo primero que salta a la vista es que no es cierto que sólo existan dos opciones (votar a un candidato o a otro). Existen otras, como votar en blanco, un voto nulo o no votar, que pueden combatir el verdadero mal mayor, que es la perpetuación de un sistema en el que lo “normal” es aceptar e incluso promover males morales muy graves.

 

Ante esto, decía el bienintencionado lector que, como “una elección de gobernante no se puede diferir” y “sucederá de todas formas”, aunque no vote a ninguno de los dos candidatos “el mal de cualquiera de los candidatos que no quiero elegir igual se dará” y, por lo tanto, “el católico está obligado a evitar el mayor mal, ante la triste situación no poder elegir un candidato básicamente idóneo según el bien”.

 

Esto es indudablemente erróneo. En primer lugar, porque esa forma de pensar haría siempre ilegítimo el voto en blanco o nulo, ya que dos candidatos nunca son exactamente iguales y, por lo tanto, siempre habría que evitar algún mal votando a uno de los dos. Sin embargo, la Iglesia nunca ha dicho (ni puede decir) que el voto en blanco sea ilegítimo.

 

En segundo lugar, no es cierto que la acción realizada en este caso tenga únicamente la consecuencia de que aumenten o disminuyan los votos de un candidato o del otro. Tiene también la consecuencia de que el votante, con su participación, ha contribuido a perpetuar y legitimar un sistema político que ha dado lugar a esos partidos mayoritarios con posturas sustancialmente inmorales. Y esa consecuencia debe tenerse en cuenta a la hora de valorar moralmente la acción.

 

Por eso la Iglesia exige siempre que quien vota por un candidato o una ley inmorales (para evitar que sea elegido otro peor o se apruebe una ley peor) deje claro que no está de acuerdo con esa inmoralidad. Es decir, deje completamente claro que la sufre, no la elige. En ese sentido, dice la Evangelium Vitae que, cuando no es posible eliminar por completo una ley abortista en vigor o que va a ser votada, “un parlamentario, cuya absoluta oposición personal al aborto sea clara y notoria a todos, pueda lícitamente ofrecer su apoyo a propuestas encaminadas a limitar los daños de esa ley y disminuir así los efectos negativos en el ámbito de la cultura y de la moralidad pública".

 

El problema con el voto de un ciudadano es que es anónimo y resulta muy difícil, si no imposible, que quede claro que ese voto es para el candidato B, pero no para su postura favorable, por ejemplo, al aborto, de manera que, a la hora de realizar el juicio moral, hay que tener en cuenta la fuerza legitimadora del aborto que proporcionan esos votos anónimos al candidato abortista menos malo y el posible escándalo resultante de su elección. Y hay que tener en cuenta que este mal (a diferencia del mal que haga el candidato elegido) sí que es consecuencia directa de mi voto, por lo que debe ser tenido muy en cuenta a la hora de realizar el juicio moral.

 

Esto es especialmente cierto cuando no se trata de una acción puntual, sino periódica, como son las elecciones. Es evidente que, en un caso puntual de emergencia, probablemente lo mejor sea votar al menos malo (y sufrir sus maldades). En cambio, cuando la elección del mal menor se repite habitualmente la cosa cambia mucho, porque se hace fundamental el efecto de institucionalización del mal. Por eso explicó Monseñor Munilla que “si se recurre al mal menor ha de ser algo ‘excepcional’ […] Si el recurso al mal menor es habitual, termina siendo algo perverso”.

 

Si uno decide luchar contra ese sistema perverso (y moralmente está obligado a hacerlo), puede perfectamente hacerlo no votando, votando en blanco o emitiendo un voto nulo, publicitando esa actitud y fomentándola entre otros, rechazando la participación en elecciones y actos que den por supuesto un mal moral grave, objetando en conciencia a esos males, exigiendo que los políticos rechacen los males más graves para darles su voto, denunciando públicamente un sistema perverso que legitima el mal moral, creando o apoyando pequeños partidos que luchen contra esos males y un larguísimo etcétera. También puede elegir otros medios de lucha, pero esos son perfectamente lícitos. No es cierto que las dos únicas opciones sean un candidato u otro y muchísimo menos aún que un católico “esté obligado” a elegir una de esas dos opciones. Eso no tiene nada que ver con la doctrina católica.

 

La lucha contra la institucionalización del mal es especialmente importante, porque el mal moral tiene un efecto fortísimo de destrucción de la conciencia moral y, como decíamos antes, tolerar un mal de forma indefinida tiene el efecto inevitable de que, antes o después, ese mal deja de ser considerado malo por la mayoría de la gente. El bien posible nunca es la perpetuación del mal, sino luchar con todos los medios contra ese mal.

 

A todo esto se añade que hay males que revisten una gravedad tal que prácticamente nunca se pueden considerar males menores. El aborto legalizado es uno de esos males. En ese sentido, entre dos candidatos que promueven, por ejemplo, el aborto, difícilmente puede haber más que diferencias superficiales. El Papa Francisco señaló el año pasado que “el aborto no es el mal menor, es un crimen”. Es evidente que matar niños inocentes por cientos de miles es tan malo que sería preferible que se derrumbara todo el sistema político antes que mantener la complicidad social en ese crimen inexpresablemente horrendo. Y es terrible que, en nombre de un mal entendido principio del mal menor, los católicos colaboren y sostengan esos males gravísimos.

 

El caso de España es característico: los católicos españoles podían haber evitado la legalización del aborto, el divorcio, etc. si se hubieran plantado en su momento y, bajo la guía de los obispos, hubieran creado partidos católicos o hubieran negado radicalmente su voto y su colaboración a los partidos que defienden males morales tan graves. En cambio, con la excusa del mal menor, se toleraron esos gravísimos males y la realidad es que hoy todo el mundo está acostumbrado al divorcio, los anticonceptivos, la pornografía, el matrimonio homosexual y (un poco menos) el aborto y la eutanasia. Se ha extendido irremediablemente la idea de que no son tan malos, de que son tolerables (porque de hecho llevamos décadas tolerándolos). Y así lo piensan la mayoría de los católicos.

 

Este efecto es indudablemente un mal mayor, porque mayor que el mal de unos abortos puntuales es la aceptación social y legitimación legal del aborto en general. Hay que dejar clarísimo que ese mal tan grave es intolerable. Es lo que el Papa Francisco señala cuando dice que la corrupción (moral, que hace que uno se acostumbre al pecado) es peor que el pecado puntual. También Mons. Demetrio Fernández señaló que “estén atentos los que buscan votos para superar el empate técnico. Un matrimonio joven cristiano no estará dispuesto a darlos a quienes no defiendan la familia, tal como Dios la ha diseñado. Si para ganar votos ese partido promueve o tolera el divorcio, o la uniones homosexuales, o el aborto, o la píldora del día después, o la manipulación de embriones, ese partido, sea de derechas o de izquierdas, no merece el voto de una familia cristiana".

 

En InfoCatólica, el P. Iraburu expresó con contundencia en su blog, Reforma o Apostasía, la perversión del principio del mal menor que realizan los propios partidos políticos, convirtiendo el voto católico en un voto cautivo de ese mal menor:

“Los partidos malminoristas, sin embargo, corrompen el principio de la tolerancia del mal menor cuando lo convierten en la estrategia sistemática de su actividad política. […] De este modo, el malminorismo se deja conducir por los malos, que llevan siempre la iniciativa, y colabora a que el pueblo sea conducido al Mal mayor, al Mal común, a la corrupción de la vida social, a la degradación de los pensamientos y de las costumbres.”

En resumen, conviene volver a señalar que no es verdad que la moral católica exija votar a uno de los candidatos que razonablemente tengan posibilidades de salir elegidos cuando esos candidatos proponen males morales muy graves. Más bien hay que decir que, en algunas circunstancias excepcionales, es moralmente aceptable votar a uno de ellos, pero es falso que sea necesario hacerlo o que resulte moralmente admisible hacerlo de forma periódica. Existen otras muchas formas de actuar que siempre son moralmente aceptables y, en general, resultan más concordes con el principio moral de buscar en todo caso el bien posible y rechazar por completo el mal moral.

 

 

[Articulo Original]  Permitida su reproduccion citando autor y a La Cumbrera

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