Otra Fátima; otra hija de María

  Dios y la Virgen me concedieron la gracia, primero como seminarista, y luego como sacerdote, de haber sido destinado siempre a barrios pobres, y villas de emergencia. Allí he aprendido –y aprendo- muchísimo de buenos sacerdotes y religiosas que, en la mayor cantidad de casos, sin ideología, ven en el pobre al propio Cristo (Mt 25, 31 – 46); y, por supuesto, de tantos seglares que, en medio de situaciones por lo general extremas, no se rinden en el “buen combate” (2 Tm 4, 7) por la fe, la patria y la familia.

 

 Guardo un recuerdo entrañable de los seis años que, como seminarista, estuve en la parroquia de una de las villas más grandes de Buenos Aires. Su párroco, un gran amigo y hermano, me confió dos capillas; en las que tenía a mi cargo el Círculo Bíblico, y la Escuelita de la Fe; la guía de la catequesis; el apostolado con padres, madres, tutores o encargados de los niños, y la formación de los Exploradores; que, con su lema, Dios, Patria y Hogar; siempre listos, inundaban de esperanza calles, callejones y pasillos del barrio.

 

 Una y otra vez, mientras con los niños y adolescentes realizábamos actividades en los patios de las capillas, pasaba Fátima; una niña de trece años, que vivía en la calle, adicta al paco (droga barata y letal, hecha con los residuos de lo peor de la cocaína), y vestida por lo general, con harapos. El veneno que invadía su cuerpo ya le había dejado gravísimos daños neurológicos; apenas si podía hablar –la mayor cantidad de las veces emitía sonidos guturales- y, con frecuencia, su diminuta figura, se estremecía con convulsiones.

 

 Miraba, a la distancia, a los demás niños; pensando, probablemente, que ella no estaba invitada a ese encuentro de fe y sano entretenimiento. Inútiles eran, en casi todas las oportunidades, nuestros intentos por invitarla a participar; acercarle un poco de alimento, y algo de ropa limpia y sana. Con cierta resignación aceptaba, en ocasiones, el humeante mate cocido en gélidas mañanas domingueras. Y, casi nunca, se llevaba ropa. Nos miraba a los curas, seminaristas, religiosas y catequistas, con cierta mezcla de sorpresa y gratitud. Pero cuando buscábamos acercarnos, por ejemplo, para hacerle la señal de la Cruz, con el pulgar derecho, en su frente, se apartaba bruscamente; típica reacción de los niños terriblemente golpeados, en situaciones de violencia doméstica…

 

 Nuestros esfuerzos por ayudarla se topaban, además de la propia limitación humana, con los callejones sin salida de la burocracia estatal. De ese mismo Estado que, especialmente en las campañas electorales, tanto alarde hace de su acción social por los pobres; y que, en la práctica, solo los multiplica y degrada cada vez más. Y, cuando se lograba internarla en algún centro asistencial, nos encontrábamos con su propia incapacidad para contenerla; o con sus reiteradas fugas… Era lo que la sociedad suele denominar un caso perdido; ¿pero puede estar definitivamente perdida una criatura a esa edad?

 

 Se contaban sobre ella las más dispares historias. Era imposible, de cualquier modo, rastrear sus orígenes. No tenía en la villa ningún familiar directo; y las madrugadas la encontraban durmiendo bajo taperas, hechas con chapas, maderas, cartones, y cubiertas de ruedas de autos. Eran vanos todos los intentos para sustraerla de la intemperie. Las sombras de la noche eran la cobertura para la entrega de su cuerpo, en las tinieblas de la promiscuidad…Por lo general, ello se nutría de clientes foráneos; que, escondidos en las más siniestras oscuridades, detenían por unos momentos sus costosos vehículos, en los límites de la villa… ¡Solo Dios sabe cuántos reclamos administrativos y judiciales, o entraron en una vía muerta; o no dieron los resultados que se esperaban!

 

 Lo cierto es que Fátima se iba apagando como una velita; atormentada por los más hostiles aires. En una celebración por el Día del Niño, que realizamos en una de las capillas, como siempre se mantuvo a distancia, observando todo con sus característicos ojos de tristeza y recelo. Miraba el reparto de juguetes a los pequeños con un poco menos de melancolía; aunque, claro está, como algo esquivo para su condición. Lentamente me acerqué a ella con las manos llenas; para que no temiera sorpresas… En una llevaba una muñeca; y, en otra, un juego mecánico para saltar, y hacer rondas… Me miró fijamente a los ojos, tomó con impar ternura la muñeca, me hizo un gesto de agradecimiento, dio una rápida media vuelta, la acunó en sus brazos, y se fue rápidamente, una vez más, con rumbo desconocido. De espaldas, solo se la veía con su cabeza gacha, observando fijamente el rostro de su imaginario bebé… Fue la última vez que nos encontramos…

 

 La fría mañana del Domingo siguiente la noticia había recorrido ya  buena parte de la villa. Un camión, en lo más hondo de la madrugada, había terminado con su vida, en los límites de la villa… La autopsia confirmó, una vez más, hasta qué punto estaba minado su cuerpecito. Cerré los ojos para recordar la única vez que la vi con algo parecido a una sonrisa. Cuando, por sus trece años, le conté que la Virgen María, un 13 de Mayo, había bajado del Cielo, en Fátima. Nombre, fecha y edad, unidos en el destino. Y tuve la esperanza, claro está, de que Nuestra Madre Santísima también haya bajado esa noche a la villa; para llevarla a su verdadero descanso, y única y definitiva felicidad…

 

Permitida su reproduccion citando autor y a La Cumbrera

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