Y empezó a ser llamada ¡María!

 

Nació en una familia de fe, pero con un contexto crecientemente  anticristiano. Era la época en que, la así llamada rebeldía sesentista, rechazaba los nombres de los santos; y ponía a los críos que venían horribles nombres de divinidades paganas, de héroes de cartulina, y hasta de plantas y frutas. Todo valía para romper con el pasado, liberarse de todas las opresiones, y luchar por un mundo nuevo. Los nobles combates por causas sublimes, que antes se daban con pechos valientes y armas decididas, eran sustituidos por pequeños choques venéreos; nublados con frecuencia por el humo de la marihuana, y disfrazados de victorias sensuales frente al orden establecido…

 

Paradójicamente, ese nuevo orden, de transgresión y progresismo, le mostró enseguida su crueldad sectaria. Los que se presentaban como absolutamente tolerantes, con cualquier modo de vivir y de pensar, en la práctica eran impiadosos con todos los que no vivían ni pensaban como ellos. Bien había sostenido el padre Garrigou – Lagrange: La Iglesia es intolerante en los principios porque cree, y tolerante con las personas porque ama. Los enemigos de la Iglesia, en cambio, son tolerantes con los principios porque no creen, e intolerantes con las personas porque no aman.

 

Como era de condición humilde le hicieron creer que su nombre, muy común, era exclusivo de pobres y marginales. Por eso, pasó toda su infancia y adolescencia escondiéndose en nombres de fantasía; o sobrenombres, elegidos por ella, o impuestos por los demás, con más o menos despiadado utilitarismo. Renegar de su nombre de pila –como todavía se afirmaba en referencia, claro está, al que se coloca en la pila bautismal- la había llevado, con trampa y alevosía, a una jungla asfixiante de la que no podía escapar. Y, cuando creía encontrar en ella un claro, solo se topaba con una todavía más siniestra fuga a nuevos tormentos.

 

La renuncia propiamente decidida, y no menos impuesta, a su verdadero nombre, la llevó a sufrir motes despiadados; en base a sus defectos físicos o espirituales. Desde Peti, por petisa, hasta Cuca, por cucaracha, una variada gama de apelativos fueron arrojados a su atónito semblante, entre actitudes abiertamente insultantes, o disfrazadas con cínicos aires de complicidad. ¿No era ella, acaso, mucho más que baja y fea? ¿No tenía derecho a llamarse de un modo distinto, aunque no estuviera a la moda; y fuera una alternativa a la vulgaridad dominante?

 

Inútiles fueron los esfuerzos de sus padres por presentarlo como bello. De nada valieron, desde lo más sólidos argumentos hasta las más emotivas razones, para convencerla de su bondad. Llegó a pensar, incluso, en una acción judicial para borrarlo de su documento. Algo, además, totalmente inútil; pues podría quitarse de un papel, pero no de su alma.

 

Una tarde, particularmente angustiada por los arteros ataques de sus compañeros de universidad quiso, casi sin pensarlo, encontrar refugio en esas librerías antiguas que subsisten en la avenida Corrientes, de Buenos Aires. Allí, como en un cambalache discepoliano, puede encontrarse de todo: desde un clásico de la tragedia griega, a precio rayano con lo gratuito; hasta populares historietas de décadas idas que, por lo general, aventajan a los griegos en el precio… Lo cierto es que, hojeando con invencible tedio, un libro de poesías se encontró con una página sublime del gran poeta argentino, Francisco Luis Bernárdez (1900 – 1978): Si el mar que por el mundo se derrama, tuviera tanto amor como agua fría, se llamaría por amor MARÍA, y no tan solo mar como se llama.

 

 Casi salió disparada de la librería. También, sin explicarse cómo, acudió en busca de una iglesia. Y Ella, su Madre, la que siempre estuvo a su lado en sus horas de dolor –aunque, en su obnubilación, no se diese cuenta-, la estaba esperando en Nuestra Señora de la Merced; liberadora de los cautivos. Allí, en ese Corazón Inmaculado, estaría su verdadera y definitiva liberación. En una hojita, sobre un banco, encontró una frase de San Luis María Grignión de Montfort: Cuando tú dices María, ella dice Jesús.

 

 Bañada en lágrimas, le dio un sentido abrazo a la pila bautismal del templo. Ella no había sido bautizada allí pero, seguramente, lo habían sido muchísimas otras niñas, con su mismo nombre.

 

La noche se vistió de luz, para ella, en el microcentro porteño. Había vuelto a la fuente de vida, y de vida en abundancia(Jn 10, 10). Y, desde ese momento, empezó a ser llamada ¡María! Se había terminado el tiempo de las escondidas. Ella también –salvando, obviamente, todas las distancias- estaba llamada ser auténticamente grande. A imitación de aquella humilde mucha de Palestina, que nos trajo la verdadera y definitiva Felicidad…

Permitida su reproducción citando autor y a La Cumbrera.

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