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Hilaire Belloc: Un político distinto

08/30/2019

 

Tras el espectáculo desolador que han ofrecido últimamente los políticos católicos que ostentan cargos en el partido gobernante, me ha consolado recordar el ejemplo de Hilaire Belloc, un parlamentario católico inglés de principios del siglo XX.

 

Belloc fue uno de los grandes escritores ingleses de su época, un maestro tanto de la prosa como de la poesía. Sin embargo, eso no le bastaba y, como tantos otros jóvenes llenos de ideales, tenía el deseo de entrar en política para luchar contra la injusticia. Con cierta dificultad, consiguió ser nominado por el Partido Liberal para presentarse a las elecciones generales por la pequeña circunscripción de South Salford, en el norte de Inglaterra.

 

No iba a ser nada sencillo. El pobre Belloc era un blanco fácil para sus adversarios y los medios de comunicación. En primer lugar, era medio francés por parte de padre. Para aprovechar ese punto débil, “manos anónimas” fueron escribiendo por los muros de la circunscripción electoral los siguientes versos:

 

«Hubo un francés llamado Hilaire
Y René, sus raros nombres son así.
Por Salford quería ser parlamentario
Pero no querían extranjeros allí».

 

La acusación de ser francés, sin embargo, no era muy efectiva, porque la mitad de la nobleza inglesa tenía sangre francesa en sus venas, como señaló astutamente el propio Belloc. Había, sin embargo, algo aún peor en su contra: era católico. El anticatolicismo había sido una parte fundamental de la cultura inglesa durante tres siglos y medio, así que resultaba fácil hacer uso de los prejuicios acumulados durante tan largo tiempo para desacreditar a Belloc. Sus adversarios del Partido Conservador no se anduvieron por las ramas y acuñaron el sencillo pero pegadizo eslogan “No votes por un francés católico”.

 

Belloc, como buen estudioso de la historia militar, sabía perfectamente que la mejor defensa era un buen ataque, así que eligió un colegio católico como el lugar de su primer mitin público y decidió hacer caso omiso de las bienintencionadas advertencias de otros católicos (incluidos sacerdotes) de que sería mejor que dejase a un lado la cuestión religiosa y se concentrase en otros temas menos polémicos. En su primer discurso público ante los votantes de Salford, se levantó para dirigirse a la multitud y dijo:

«Caballeros, soy católico. En la medida de lo posible, voy a misa todos los días. Esto es un rosario [sacándolo del bolsillo]. Siempre que me resulta posible, me arrodillo y rezo con él cada día. Si me rechazan por mi religión, agradeceré a Dios que me haya librado de la indignidad de ser su representante».

Los asistentes se quedaron mudos durante unos instantes… pero luego estalló un atronador aplauso. El asombro al encontrar un político que decía la verdad incluso cuando esa verdad le perjudicaba debió de ser tan grande que pudo más que los prejuicios anticatólicos y antifranceses de los electores.

 

Belloc fue elegido por una pequeña mayoría y se convirtió en miembro de la Cámara de los Comunes… que fue para él una enorme desilusión. En ella, encontró que la gran mayoría de los parlamentarios sólo estaban interesados en defender los intereses de su propio partido, aunque fuera a costa de la verdad, la justicia y el bien de los ciudadanos.

 

Es fácil imaginar que la presencia de un político sin miedo a decir la verdad no resultó precisamente bienvenida en ese ámbito. Incluso su propio partido (o mejor dicho, especialmente su propio partido) se sintió perpetuamente incómodo con él. Su primer discurso en el Parlamento estuvo dedicado a criticar públicamente el incumplimiento de las promesas electorales de su partido, cuyos dirigentes utilizaban diversas reservas mentales para seguir permitiendo la importación a Sudáfrica de trabajadores chinos prácticamente esclavizados. Posteriormente, tuvo la osadía de reclamar ante la cámara una auditoría pública de los fondos de su partido, una propuesta que, por supuesto, sus colegas rechazaron y nunca le perdonaron. A todo eso, se sumó su defensa constante y sin complejos de las escuelas católicas: “La Cámara puede insistir tiránicamente en que tengan menos, pero los católicos ingleses no pueden contentarse con nada menos que colegios católicos, con profesores católicos, que enseñen la religión católica a sus hijos”.

 

A pesar de todo esto, Belloc volvió a ser elegido como parlamentario por South Salford por una mayoría aún más exigua y retornó a la Cámara de los Comunes para cuatro años más. Sin embargo, cada vez se encontraba más decepcionado con la Cámara y con el Partido Liberal, de modo que no quiso volver a presentarse una tercera vez y dejó definitivamente la política parlamentaria, dándose cuenta de que, en una situación en la que la partitocracia ahogaba cualquier posible ejercicio de las auténticas virtudes políticas, podía influir mucho más en la sociedad inglesa con sus libros que como parlamentario.

 

Y así fue. Belloc no es recordado hoy en día como político profesional, sino como el historiador que dio la vuelta a la historia oficial inglesa, peregrino infatigable, magnífico hombre de letras, hábil polemista, fundador del distributismo, responsable de guiar a multitud de escritores de su época (incluido su gran amigo Chesterton) hacia la Iglesia Católica y, sobre todo, como gran poeta.

 Belloc junto a Gilbert Keith Chesterton y Bernard Shaw

Como epitafio de sus años como parlamentario, podría quedar esta frase que pronunció en la Cámara de los Comunes: “Una carrera política no es nada para nosotros en comparación con nuestra religión. Ni tampoco es nada la riqueza”. Ojalá todos los politicos católicos pudieran repetirla y ponerla en práctica hasta sus últimas consecuencias.

Articulo publicado originalmente en el blog Espada de doble filo

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