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He venido a traer fuego sobre la tierra

08/21/2019

 El evangelio no es de fácil interpretación, especialmente a los oídos actuales. ¿Qué significan estas palabras de Jesús? “He venido a traer fuego sobre la tierra, ¡y cómo desearía que ya estuviera ardiendo!” ¿Jesús es un incendiario? ¿De qué fuego se trata?

 

Se trata del Fuego que es Jesús y del Fuego del Espíritu Santo. El primer Fuego es Él. Vino para hacer arder los corazones. Es el Fuego de la Verdad, el Fuego del Amor de Dios. Por eso el segundo Fuego es la venida del Espíritu Santo que aparece en Pentecostés sobre la cabeza de los Apóstoles en forma de lenguas de fuego. Desde entonces el Fuego de Cristo y de su Espíritu Santo comenzó a expandirse por toda la tierra, como un verdadero incendio. Siempre es interesante observar la historia del cristianismo de los primeros siglos para ver con asombro la expansión que tuvo en aquel mundo pagano. Y fue, de veras, un incendio imparable. La Iglesia fue creada por Jesús para eso, y el Espíritu Santo la asiste en este trabajo de incendiar el mundo entero con el Fuego cristiano hasta el fin de los tiempos.

 

La pregunta es, para cada uno de nosotros, si en verdad sentimos ese Fuego, si existe ese “ardor de la fe”. No se mide con un termómetro. Es una “fiebre” que no produce postración sino todo lo contrario: es fuente de energía, de obras santas, de anuncio de Cristo, de apostolado, de caridad cristiana en todas sus formas. Hay un Calor cristiano.

 

Sin este Fuego tampoco hay Luz. Y Jesús nos dijo que somos la luz del mundo. Iluminamos con Su Luz y movemos los corazones con Su Fuego. Lo contrario es como un fuego apagado, como las cenizas: no hay ardor, no hay calor, y tampoco hay ya luz. Es la frialdad religiosa, la frialdad apostólica, y la oscuridad. Corazones fríos, apagados, indiferentes, sin fe ni amor. No atraen a nadie, al contrario, ahuyentan. Es como una chimenea sin leña ni fuego ni calor en una noche de invierno. La familia tiene frío. No hay calor de hogar.

 

Pero también puede ocurrir que no haya ni calor ni frío, sino un fueguito que se extingue. Jesús dice en el Apocalipsis: “Conozco tus obras, no eres ni frío ni caliente…Por eso, porque eres tibio, te vomitaré de mi boca” (3,15-16). La tibieza es el peor síntoma de decadencia. Hoy estamos viviendo esto. Ni chicha ni limonada, como decimos. Pero eso no es cristianismo en absoluto. Jesús habla hoy de ese Fuego que Él trae a la tierra, como algo exigente. No hay espacio para la mediocridad en la vida católica, y menos en estos tiempos. La apostasía de la fe que estamos viendo a escala global pide el fuego y el valor propios de la fe.

"No hay espacio para la mediocridad en la vida católica, y menos en estos tiempos"

Las otras palabras de Jesús hoy son todavía más impactantes, sobre todo a los oídos actuales: “¿Piensan que he venido a traer paz a la tierra? No, les digo que he venido a traer la división. De ahora en adelante cinco miembros de una familia estarán divididos…” etc. ¿Qué significa esto? Porque en muchos sitios Jesús dice: “La paz esté con vosotros”. Lo decimos en Misa varias veces. Citamos sus mismas palabras antes del saludo de paz y la comunión: “Os dejo la paz, os doy mi paz”. Por cierto que Él es la paz. Pero aquí no está diciendo que ha venido a traer la división y la guerra como objetivo, sino que al traer la Verdad eso mismo produce o causa disensión. Es una forma de hablar semita para expresar causalidad, permisión.

 

En efecto, la aparición del Fuego de la Verdad causa malestar y rechazo en quienes no quieren aceptarla, y por eso, rechazan a los que la reciben y la predican. Cristo mismo fue víctima de este rechazo mortal, que pretendió apagar el incendio divino, el Fuego de la Verdad y el Amor cristiano. Y también así fueron perseguidos y asesinados los cristianos que dieron testimonio fogoso de la fe, a través de todos los siglos. Hoy mismo sigue ocurriendo este rechazo, que en muchos casos es algo más que una disensión.

 

Todos experimentamos la dificultad de dar de testimonio de Cristo en el mundo, incluso en nuestra propia familia, entre amigos, en el trabajo, en el colegio o la universidad, frente a los medios de difusión, o en el ámbito político. Muchos optan por ser, como se dice, “políticamente correctos”. Pero de ese modo vienen a ser “católicamente incorrectos”. Optan por la ambigüedad, por las medias tintas, en definitiva, por la tibieza. Son así hasta en el modo de hablar. Al final no gustan a nadie. Las conversiones, incluso de enemigos violentos contra Cristo, han ocurrido por el testimonio fogoso de los santos. Santidad y tibieza son opuestos contradictorios. Pensemos en cualquier santo o santa y encontraremos siempre temperamentos fogosos, fuertes, valientes, perseverantes, directos, sin vueltas.

Muchos optan por ser, como se dice, “políticamente correctos”. Pero de ese modo vienen a ser “católicamente incorrectos”.

Los “pacíficos” de que habla una de las bienaventuranzas, no son los “pacifistas” de hoy. Son los que llevan al mundo la Paz que es Cristo, y que es a la vez Fuego, en el sentido que hemos dicho. Los que no entienden esta paradoja cristiana hacen dialéctica, y piensan que ser fieles a Cristo es un signo de fanatismo, propio de energúmenos. Hoy ser firmes en la fe es tomado como un gesto de intolerancia. Se predica el relativismo religioso y moral como medio para lograr la paz. Se ha inventado un catolicismo tibio, que parece más atractivo. Todo debe brillante y jovial, saltar y bailar, incluso en las misas. La religión debe ser agradable y fácil. Nada de sacrificios. Nada de “celo apostólico”, porque nadie tiene que convertir a nadie, ya que todos se salvan automáticamente. La única regla es “agradar” al mundo. No hay Verdad sino adaptación a los criterios del mundo. Como dice Newman, “se ha sacrificado la Verdad a la conveniencia” (PPS I,24). Eso sí, no hay problemas, no hay confrontación, y logramos evitar la cruz, el martirio. Pero, por supuesto, Jesús no está allí. Se apagó el Fuego. Y sin este Fuego se apaga todo en el mundo entero.  

“Se ha sacrificado la Verdad a la conveniencia

Hoy la preocupación es el calentamiento global, incluso en muchas voces de la Iglesia, pero lo notable es que frente al enfriamiento global de la fe, no se escuche un llamado urgente a calentar el planeta con el Fuego divino de Cristo. Se difunde el temor del calentamiento global producido por el sol y los movimientos del magma que hacen erupcionar los volcanes y provocan terremotos, pero desaparece totalmente el temor al calentamiento global del fuego eterno del infierno. Incluso esas catástrofes naturales no se interpretan como señales precursoras del Juicio divino, tal cual las predice el mismo Jesús en el evangelio. A muchos les parece que esto es cosa de mentes enloquecidas y apocalípticas. Mientras tanto, el llamado urgente es a prevenir con técnicas humanas el calentamiento de la tierra. La teología se ha convertido en pura ecología. Salvar la humanidad ya no se entiende en términos sobrenaturales de vida eterna, y Jesús ya no es más el Salvador universal. Es el hombre quien debe salvarse. Pero este mesianismo humanitario sin Dios, propio del Anticristo, está borrando el Evangelio de Cristo de las mentes y los corazones. Está apagando el Fuego divino.

 

No hace falta agregar que el primero que quiere apagar el incendio divino es el demonio. Quiere apagar el Fuego divino en nuestros corazones para llevarnos al “fuego del infierno”, que es otro fuego, que no calienta sino que carboniza. De hecho, muchos cristianos fueron martirizados en la hoguera.  

 

Dice un pasaje de la carta a los Hebreos: “Por eso nosotros, que recibimos un reino inconmovible, hemos de mantener la gracia, y mediante ella, ofrecer a Dios un culto que le sea grato, con religiosa piedad y reverencia, pues nuestro Dios es fuego devorador” (Hebreos 12, 28-29).

 

Por eso, pidamos hoy al Señor que encienda nuestros corazones. Porque tampoco se puede encender a otros sin estar encendido uno mismo. Pidámoslo al Espíritu Santo, que es el Espíritu de Cristo, con esa oración que todos conocemos: “Ven Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles, y enciende en ellos el Fuego de tu Amor. Envía, Señor, tu Espíritu, y renueva la faz de la Tierra”.

 

 

Permitida su reproduccion citando a  La Cumbrera

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