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El buen combate

08/16/2019

 

Sabemos, venerables hermanos, que en los tiempos calamitosos que vivimos, hombres unidos en perversa sociedad e imbuidos de malsana doctrina, cerrando sus oídos a la verdad, han desencadenado una guerra cruel y temible contra todo lo católico, han esparcido y diseminado entre el pueblo toda clase de errores, brotados de la falsía y de las tinieblas. Nos horroriza y nos duele en el alma considerar los monstruosos errores y los artificios varios que inventan para dañar; las insidias y maquinaciones con que estos enemigos de la luz, estos artífices astutos de la mentira se empeñan en apagar toda piedad, justicia y honestidad; en corromper las costumbres; en conculcar los derechos divinos y humanos, en perturbar la Religión católica y la sociedad civil, hasta, si pudieran arrancarlos de raíz.

 

El silenciamiento de las grandes verdades de la fe es una vía bastante más eficaz que la persecución sangrienta para debilitar a la Iglesia y acabar con ella progresivamente.  Las verdades silenciadas de la fe implican, sin duda, herejías, que hoy no son suficientemente rechazadas, pues es frecuente un lenguaje católico oscuro y débil. Por el contrario, para afirmar la verdad revelada y vencer los errores contrarios, y al mismo tiempo para llamar a conversión, es decir, para predicar el Evangelio, hemos de emplear el lenguaje de Cristo, claro y fuerte , el lenguaje de San Pablo y el de tantos otros predicadores y defensores de la fe católica. La difusión de herejías dentro de la misma Iglesia es sin duda el medio más eficaz para acabar con ella, al menos en ciertas regiones del mundo. La Iglesia del Dios vivo, «columna y fundamento de la verdad» (1Tim 3,15), está edificada sobre la roca de la fe. Puede el pueblo cristiano conservar la fe, puede proseguir el flujo de las vocaciones sacerdotales y religiosas, pueden mantener las familias la vida cristiana, aunque se den, por ejemplo, graves escándalos morales en los altos dignatarios de la Iglesia. Lo hemos comprobado en no pocos momentos de la historia de la Iglesia. Pero si el Enemigo, con sus secuaces, logra minar la roca de la fe católica con innumerables escándalos doctrinales, la Iglesia entonces necesariamente se va arruinando y puede llegar en un lugar a derrumbarse. 

 

Nunca la Iglesia ha tenido tantas luces de verdad, y nunca ha sufrido una invasión de herejías semejante. Las dos frases son verdaderas, aunque parezcan contradictorias. Pero entonces, si es verdad que hay en la Iglesia actual tanta y tan luminosa doctrina, ¿cómo se explica que sufra hoy el pueblo cristiano tan generalizadas confusiones y errores en temas de fe? 

 

Todas las instituciones tienen hombres de carne y hueso; y pocos hombres de carne y hueso bastan para animarlas. Eso es muy importante, porque nos alienta, nos debe dar una esperanza real. Para una obra de restauración no hace falta mucha gente, no es necesario que la juventud argentina grite: ¡Viva Cristo Rey!, ojalá llegue el día en que suceda. Pero eso se va a dar el día que haya minorías, mínimas, con pocos recursos, pero con una gran decisión de combate, con una gran esperanza de lucha y con una gran doctrina. “Si no tenemos formación, ¿qué vamos a ser? Vamos a ser liberales”. Fórmese, pues, y forme a los que sean su entorno. Y confíe. 

 

Porque no fuimos colocados en este mundo para vivir al ras del suelo: tenemos vocación de alturas, de nobleza, de excelencia. Y no se ha de desplegar la plenitud de lo que somos sino -y sólo- si ponemos esfuerzo, constancia y tenacidad, por llegar hasta lo alto.

 

Llegar a lo alto significa no conformarnos con “sobrevivir", ni con que el tiempo transcurra, inexorable y vacío, mirando la vida como espectadores.

 

En lo que se refiere a la guerra, somos muy distintos a nuestros enemigos, porque nosotros permitimos que nuestra ciudad esté abierta a todas las gentes y naciones, sin vedar ni prohibir a cualquier persona, pues confiamos en nuestros ánimos y vigor en la acción. Y aunque otros, en cuanto a la educación, acostumbren, mediante un entrenamiento fatigoso desde niños, su potencia viril; nosotros, a pesar de nuestra forma de vivir, no somos menos osados y valientes para afrontar el peligro cuando la necesidad lo exige. 

 

Tenemos la ventaja de no preocuparnos por las contrariedades futuras. Cuando llegan, estamos en disposición de sufrirlas con buen temple como los que siempre han estado acostumbrados a ellas. Al tiempo que amamos simplemente la belleza, tenemos una fuerte predilección por el estudio. Para nosotros, la palabra no impide la acción, lo que la impide es no informarse antes detenidamente de ponerla en ejecución. Por eso nos distinguimos, porque sabemos emprender las cosas aunando la audacia y la reflexión.

 

Recuerda cuántas veces escuchaste cómo los discípulos habían abandonado a Cristo en su pasión y pensaste que tú habrías querido acompañarle en ella. Si hubieras estado allí… Ahora estás allí: puedes ser fiel cuando todos le abandonan y parece que la Iglesia se derrumba por los pecados e infidelidades de sus hijos, puedes estar junto a Él cuando se encuentra solo, puedes responder firmemente y con orgullo “Sí, lo conozco” antes de que cante el gallo. Sería justo tener por valerosos a aquellos que, aun conociendo exactamente las dificultades y ventajas de la vida, no rehúyan el peligro.

 

Revístete por eso de la armadura de Dios y la coraza de la justicia, cíñete con la verdad, calza tus pies con el evangelio y empuña el escudo de la fe y la espada del Espíritu, como dice San Pablo. Arrodíllate ante Dios, inclínate ante Nuestra Señora, ensilla tu caballo y parte cantando hacia la batalla que te toca luchar. Si Dios quiere, será una batalla que empequeñezca Lepanto, las Navas de Tolosa y los asedios de Viena y de Malta.

 

El puesto de más honor, como dijo Cristo a sus apóstoles, no está a la derecha del Rey en el triunfo, sino junto al Capitán en la batalla, cuando el combate arrecia, todo parece perdido y los demás huyen asustados. Ahí es donde Cristo te ha colocado. No hay lugar de más honor y, a pesar de que conoce tu debilidad, tu Señor te ha elegido a ti para estar junto a Él.

 

Lejos de ti la desesperanza y la tristeza. Agradece a Dios este tiempo que te ha dado. Eres un caballero de Cristo, ¿qué más quieres que la oportunidad de poder sufrir, luchar y, si se tercia, entregar tu vida por Él? Vamos también nosotros a morir con Él.

 

Si quieres ser discípulo de Cristo, entra por el camino estrecho, y verás que es ancho, luminoso y florido.

                                   

 ¡Que somos pocos! ¡Muy pocos! Es cierto. 

 

“Tomad, por eso, la armadura de Dios, para que podáis resistir en el día malo y, habiendo cumplido todo, estar en pie”. Es preciso mantener firme la Fe en que ¡Para Dios nada es imposible! y ¡Quién como Dios!

Articulo redactado a partir de distintos textos de nuestra Santa Iglesia y autores catolicos. Permitida su reproduccion citando a La Cumbrera

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