©2018 by La Cumbrera.  lacumbrerab@gmail.com

Rígidos

08/14/2019

 

Rígidos

rígido, da

Del lat. rigĭdus.

1. adj. Que no se puede doblar (‖ torcer).

2. adj. Riguroso, severo.

 

Hace poco, el Santo Padre nos advertía de nuevo contra los hipócritas y fariseos. Los fariseos y los doctores de la Ley eran personas rígidas, no dispuestas a cambiar. “Pero siempre, bajo o dentro de una rigidez  - dice el Papa - hay problemas. Graves problemas (…). Detrás de las apariencias de buen cristiano, apariencias quede claro, que siempre trata de figurar, de maquillarse el alma, hay problemas. Allí no está Jesús. Ahí está el espíritu del mundo”.

 

Los hipócritas son los que predican una cosa y hacen la contraria (“haced lo que ellos dicen pero no hagáis lo que ellos hacen”); los que presumen de dignidad y de santidad y llevan una vida depravada. “Cuidaos de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía”, dice el Señor. Y a continuación señala: “No hay nada oculto que no deba ser revelado, ni nada secreto que no deba ser conocido. Por eso todo lo que vosotros habéis dicho en la oscuridad, será escuchado en pleno día; y lo que habéis hablado al oído, en las habitaciones más ocultas, será proclamado desde lo alto de las casas”.

 

Quiero creer que el Papa, cuando habla de los rigoristas, se refiere a quienes miran por encima del hombro a los demás. “Te doy gracias, Señor, porque no soy como estos”. Son los que ven la paja en el ojo ajeno y no ven la viga en el propio; los que juzgan sin piedad a los demás, mientras hacen malabarismos para justificar y disculpar sus propios pecados. Y tiene razón el Santo Padre. Los católicos debemos ser rígidos con nosotros mismos e indulgentes con el prójimo. No debemos mirar por encima del hombro a los demás, sino de rodillas. No nos toca a nosotros juzgar o condenar a nadie. ¿Quién sabe las batallas que nuestro hermano está librando en su interior? ¿Quién sabe los dramas y las historias personales de cada uno, sino Dios? Yo tengo que amar y servir a todos, siguiendo el ejemplo del Señor en el lavatorio de los pies del Jueves Santo. Si quiero servir a Dios, debo arrodillarme ante el hermano para consolar, ayudar, animar… Pero también para corregir y llamar a la conversión. Por eso me arrodillo ante Jesús Sacramentado: para luego poder arrodillarme y desgastar la vida por cuantos me rodean cada día. En todo amar y servir. Amar a Dios sobre todas las cosas para amar al prójimo como a mí mismo. ¡Cómo no ser compasivo y misericordioso con mi hermano cuando el Señor es tan compasivo y misericordioso conmigo! Sin renunciar a la verdad, la caridad – el amor auténtico – debe ser la norma inquebrantable a la hora de tratar con los demás.  Debemos ser rígidos en el amor, en el servicio desinteresado, en la ternura, en el abrazo, en la bendición. Esa debe ser nuestra rigidez. Pero sin renunciar a la verdad. Porque hay una caridad que no es tal: la de quien anima al pecador a seguir pecando. La auténtica caridad no renuncia a la verdad, aunque esta resulte molesta. La verdadera caridad es la que con celo la salvación de las almas. Nuestro fin es ir al cielo, por la gracia de Dios. Y quien ama a alguien de verdad procurará siempre la salvación de su alma: no su condenación.  No hay mayor caridad que ser fiel a la santa doctrina. No hay mayor engaño del Maligno que pretender cambiar la doctrina bajo el pretexto de la caridad.

"Si no eres hombre de oración, no creo en la rectitud de tus intenciones cuando dices que trabajas por Cristo"

 

San Josemaría Escrivá

Por ejemplo, la doctrina de la Iglesia dice claramente que las relaciones homosexuales son un pecado mortal que clama al cielo. Tratar de cambiar la doctrina para justificar el “matrimonio homosexual” no es un acto de caridad, sino de odio. Porque de esa manera animamos a los pecadores a seguir pecando; y, si no se convierten, esos pecadores acabarán condenándose. No lo digo yo: lo dice el Señor. Es Verdad revelada. Es magisterio perenne de la Iglesia.

 

Justificar el aborto en nombre de una falsa misericordia no es caridad: es odio. Pues el asesinato de inocentes es un pecado gravísimo; y, si no se convierten, todos los que propician un aborto se condenarán irremisiblemente. No lo digo yo: lo dice el Señor. Es Verdad revelada. Es magisterio perenne de la Iglesia.

 

¿Queremos que se condenen o que se salven? Si queremos que se salven, anunciemos la verdad y llamemos a la conversión y no animemos a seguir pecando a base de invocar una falsa misericordia, que no es sino engaño de aquel que no busca sino nuestra perdición.

 

Es más fácil y más agradable decir siempre lo que al mundo le gusta escuchar y no ser el aguafiestas. La verdad resulta insoportable para el mundo, porque el mundo vive en la mentira, en la oscuridad y en el pecado. Por eso crucificaron al Señor. Y por eso nos perseguirán a nosotros. Pero Cristo nos dice que seremos felices cuando nos persigan por su causa. No hay más camino que anunciar a Cristo y llamar a la conversión: sin soberbia, con humildad. Yo no soy mejor que nadie y superior a nadie. Yo también soy un pecador y también estoy en camino de conversión. Ser discípulo de Cristo no me hace superior a nadie, sino servidor de todos. Caridad y verdad son dos caras de la misma moneda. Por caridad, soy testigo de la verdad para la salvación de mis hermanos. Falsa sería mi caridad y mi compasión si en lugar de corregir al que yerra o aconsejar o consolar o llamar a la conversión al pecador, lo incito a tirarse por el abismo.

 

Los casos de abusos sexuales por parte de clérigos – en la mayoría de casos homosexuales – y las orgías con seminaristas de algún cardenal que han salido a la luz últimamente son un claro ejemplo de fariseísmo hipócrita. ¿Cómo se puede pasar la noche practicando sexo homosexual con jovencitos y levantarse por la mañana a celebrar misa como si tal cosa? A mí no me entra en la cabeza. ¿Cómo se puede llevar una doble vida así? A mí me resulta inconcebible. No hay ejemplo mayor de hipocresía y fariseísmo que ese. Por fuera parecen respetables sacerdotes, ilustrísimos obispos y eminentísimos cardenales. Ocupan los primeros puestos, visten sus ropajes con distinción y reciben el besamanos de todo el mundo, que los admira y aplaude, dando por sentada su santidad. Y luego se llevan a jovencitos a la cama.

 

¿Y los obispos que encubren a estos canallas? Es la ley del silencio de la mafia. Quien guarda silencio para encubrir a los depravados, ¿no es también un hipócrita? Hay que disimular y mirar para otro lado: sobornar a las víctimas para que no denuncien. Y no abrir la boca, no vaya a ser que tomen represalias contra mí y mi prometedora carrera eclesial se vaya a pique. Pero no hay nada secreto que no deba ser revelado, que no deba ser conocido por todos. Porque todo se acaba sabiendo. Y cuando un obispo se harta y decide destapar la corrupción y la porquería que ocultan estos sepulcros blanqueados, tiene que acabar escondiéndose para que no se lo carguen. Parece el argumento de una novela negra. “No temáis a los que pueden matar el cuerpo. Temed más bien al que después de matar os puede enviar al Infierno”.

La crisis, causada por los muchos casos de abusos de clérigos, nos hace mirar a la Iglesia como algo casi inaceptable que tenemos que tomar en nuestras manos y rediseñar. Es muy importante oponerse con toda la verdad a las mentiras y las medias verdades del demonio: sí, hay pecado y mal en la Iglesia, pero incluso hoy existe la Santa Iglesia, que es indestructible.

 

Benedicto XVI

Estos farsantes, depravados y delincuentes, muy rígidos, muy rígidos, no son. Mejor les habría ido si hubieran sido moralmente más rígidos. Pero no tienen fe. Hacen como que tienen fe y ocupan puestos importantes en la Iglesia. Pero son apóstatas: no tienen ni una pizca de fe.

 

Yo reconozco que soy un rígido, incluso puede que excesivamente escrupuloso. Y a pesar de ello, sigo siendo pecador y caigo siempre en lo mismo. Pero mi rigidez no me permitiría cometer adulterio o robar un banco o en unos grandes almacenes o hacerle daño a alguien a propósito o abusar de los empleados que tengo a mi cargo… Además con la vida que llevo y las horas que trabajo al día casi no tengo tiempo para cometer pecados muy gordos… Sí, definitivamente soy un rígido. Jamás explotaría a nadie ni me aprovecharía de la necesidad del pobre para abusar de él. Es que no puedo… Jamás defendería el aborto ni la eutanasia, porque soy demasiado rígido. No soy capaz de aceptar el matrimonio homosexual ni la ideología de género, pero es porque mi rigidez me impide comulgar con ruedas de molino y para mí, los mandamientos de la ley de Dios están muy por encima de la estupidez y la maldad de este mundo.

 

Y me pregunto si a estos clérigos pervertidos y depravados no les habría venido bien ser un poco más rígidos y menos laxos moralmente. Si hubieran reprimido sus apetencias, nos habríamos evitado miles de víctimas inocentes. Y es que reprimirse está muy bien, digan lo que digan los seguidores de Freud o de Nietzsche. Porque si damos rienda suelta a nuestros deseos, pasa lo que pasa. Yo recomiendo una dosis en vena de rigidez moral y doctrinal. Tal vez así, en vez de desgraciados y malnacidos hipócritas obtendríamos frutos de santidad. Porque los santos eran muy rígidos ellos con la doctrina y la moral. Es lo que tienen los santos: que creen de verdad y, con la gracia de Dios, su vida se corresponde con lo que predican. Los santos son coherentes, auténticos, verdaderos; porque la Verdad habita en ellos y su vida es fiel reflejo de su fe y se manifiesta en la caridad hacia el prójimo. Son rígidos consigo mismos y misericordiosos y compasivos con los demás. Los santos tienen la copa limpia por fuera y por dentro. No son sepulcros blanqueados como esos que se visten de obispo por la mañana y se acuestan por la noche con sus amantes en orgías homosexuales amenizadas por el consumo de cocaína. Por nada del mundo caería en la fornicación o en el pecado de los sodomitas un santo de verdad. Vivir en gracia es para los santos más importante que la propia vida. Antes morir que ofender a Dios. Son así de rígidos ellos.

 

Pero estos sinvergüenzas degenerados, como no creen en Dios, viven en la oscuridad del pecado, creyendo que podrán llevar siempre su doble vida: santos por fuera y podredumbre pestilente por dentro. No creen que vaya a salir a la luz su inmundicia. Pero sale: antes se coge al mentiroso que al cojo, dice el refrán. Y lo que no salga ahora, saldrá el día del juicio, el día que dejen este mundo y se tengan que enfrentar al juicio de Dios, ¿dónde se van a esconder? No van a tener dónde meterse. Se les caerá la cara de vergüenza. Y se irán del tirón al infierno. Eso dice el Señor: “Temed más bien al que después de morir os puede condenar a la Gehena. Sí, os lo repito, temed a ese”. Y Cristo no miente. Aunque claro, como no había grabadoras…

Todo vuelve al orden con la muerte. Lo exige así la justicia de Dios, que no puede dejar impunes los enormes crímenes que se cometen en el mundo sin que reciban sanción ni castigo alguno acá en la tierra, ni puede dejar sin recompensa las virtudes heroicas que se practican en la oscuridad y el silencio sin que hayan obtenido jamás una mirada de comprensión o de gratitud por parte de los hombres.

 

Fray Antonio Royo Marín

Los santos viven en la luz, no tienen nada que ocultar: son insobornables. Son luz del mundo porque la Luz vive en ellos por pura gracia y ellos reflejan la luz de Cristo en medio de la oscuridad del pecado de este mundo. Pero a los malvados les molesta la luz, porque ellos viven en la oscuridad, en una noche perpetua. Y cuando la luz deja a la vista sus vergüenzas, se esconden para no ser vistos. Pero llegará un momento en que no tengan dónde esconderse. Porque para Dios no hay nada oculto.

 

Espero que el Señor sea compasivo con este pobre pecador que les escribe: que perdone mi rigorismo y mis incoherencias. Él me juzgará con amor de Padre. Pero a esos que no son tan rigoristas y llevan esa doble vida, más les valía colgarse una piedra al cuello y tirarse al mar. Más os valdría no haber nacido, degenerados, sacrílegos y blasfemos; herejes y apóstatas. Convertíos y haced penitencia mientras estáis a tiempo.

 

La luz es Dios. La oscuridad es cosa del Maligno. Quien saca a la luz la podredumbre pone luz donde hay tinieblas. La Luz vino al mundo y el mundo no la recibió porque prefirieron la oscuridad. Por eso me pregunto con cierta desazón por qué en las altas instancias hay tanto hermetismo; por qué no se sacan a la luz los papeles que se ocultan; por qué no se expulsa de la Iglesia a todos los laicos, los sacerdotes, religiosos, obispos o cardenales que han abusado de menores. Dice el Cardenal Burke:

 

“La caridad de muchos ha disminuido rápidamente y la noche se extiende de nuevo en un mundo agonizante y frío. En la Iglesia de hoy, muchos, movidos por las emociones y el sentimentalismo, confunden el amor hacia el pecador con la permisividad o incluso la aprobación del pecado. En verdad, como Cristo se muestra muy claramente en el Evangelio y como enseña San Agustín, debemos amar al pecador, pero al mismo tiempo debemos odiar el pecado “. 

 

Seamos, en fin, rígidos en la caridad, estrictos en el cumplimiento de los Mandamientos, disciplinados en el servicio al prójimo; justos, íntegros y rectos. Seamos limpios por dentro y por pulcros por fuera. Seamos coherentes, humildes, auténticos. Y, como señala el Papa Francisco, huyamos de la hipocresía y la soberbia; de los postureos, de las falsas apariencias. Seamos santos por la gracia de Dios. Confesémonos con frecuencia, asistamos a la Santa Misa y comulguemos siempre que nos sea posible. Seamos rígidos en la doctrina y en la caridad e implacables con la mentira, con la hipocresía y con la depravación moral.

 

Que el Señor nos conceda la gracia necesaria para que seamos amor y ternura para los demás, para que nuestra vida sea como Él quiere que sea, para que seamos verdaderos discípulos suyos.

Articulo publicado originalmente en el blog Santiago de Gobiendes

Please reload

Articulos recientes

Please reload

  • White LinkedIn Icon
  • White Twitter Icon
  • White Google+ Icon
Editorial Vortice