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Mártires a causa de la verdad

El martirio, en cuanto testimonio supremo, sellado con la entrega de la propia vida, puede darse por la caridad –cuidando apestados hasta morir con ellos–, por la castidad –prefiriendo la muerte al pecado–, y por tantas otras virtudes. Pero, en definitiva, el martirio tiene siempre por causa la fe, la fe en la verdad de Cristo. Así lo ha entendido siempre la tradición de la Iglesia.

San Agustín: «los que siguen a Cristo más de cerca son aquellos que luchan por la verdad hasta la muerte» (Trat. evang. S.Juan 124,5).

Santo Tomás: «mártires significa testigos, pues con sus tormentos dan testimonio de la verdad hasta morir por ella... Y tal verdad es la verdad de la fe. Por eso la fe es la causa de todo martirio» (STh II-II, 124,5).

Considerando el martirio en la escritura, comprobamos que tanto en el Antiguo Testamento –los profetas–, como en el Nuevo –el Apocalipsis–, los mártires morían principalmente por dar entre los hombres el testimonio de la verdad de Dios. Así seguían fielmente a Cristo, que murió por dar testimonio de la verdad.

Cristo muere por dar en Israel el testimonio pleno de la verdad de Dios. Si hubiera suavizado mucho su afirmación de la verdad y su negación del error, si hubiera propuesto la verdad muy gradualmente, poquito a poco, si no hubiera predicado la verdad con tanta fuerza a los sacerdotes –diciéndoles que habían hecho de la Casa de Dios «una cueva de ladrones»–, a los escribas y fariseos –«raza de víboras, sepulcros blanqueados»–, a los ricos –«a un camello le es más fácil pasar por el ojo de una aguja que a vosotros entrar en el Reino»–, no hubiera sido expulsado violentamente del mundo en el Calvario. Y de eso era Él perfectamente consciente. Sin embargo, dice la verdad que para él va a ser muerte y para los hombres vida. Ésa es su misión, y así la declara ante sus jueces: «Yo he venido al mundo para dar testimonio de la verdad» (Jn 18,37).

Cristo no murió por curar enfermos, por calmar tempestades, por devolver la vista a los ciegos o la vida a los muertos. Fue muerto por «dar testimonio (martirion) de la verdad», por ser el «testigo (martis) veraz» (Ap 1,5).

Los Apóstoles, igualmente, fueron desde el principio perseguidos por evangelizar la verdad de Jesús. Se les ordenó severamente «no hablar en absoluto ni enseñar en el nombre de Jesús». Pero ellos, obstinados, afirmaron: «juzgad por vosotros mismos, si es justo ante Dios que os obedezcamos a vosotros más que a Él; porque nosotros no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído» (Hch 4,18-20).

De nuevo el Sanedrín los apresa, y «después de azotados, les conminaron que no hablasen en el nombre de Jesús y los despidieron. Ellos se fueron alegres de la presencia del Consejo, porque habían sido dignos de padecer ultrajes por el nombre de Jesús; y en el templo y en la casas no cesaban todo el día de enseñar y anunciar a Cristo Jesús» (Hch 5,40-42).

La experiencia martirial de San Pablo refleja también innumerables sufrimientos por dar el testimonio fiel de la verdad evangélica. Por eso en sus cartas hallamos muchas referencias a la fortaleza extrema que es precisa para atreverse a predicar el Evangelio a los hombres entre muchas contradicciones y penalidades.

«Yo no me avergüenzo del Evangelio, que es la fuerza de salvación de Dios para todo el que cree» (Rom 1,16). Los Apóstoles, en efecto, «investidos de este ministerio de la misericordia, no nos acobardamos, y nunca hemos callado nada por vergüenza, ni hemos procedido con astucia o falsificando la Palabra de Dios. Por el contrario, hemos manifestado abiertamente la verdad» (2Cor 4,1-2).

«Después de sufrir mucho y soportar muchas afrentas en Filipos, como sabéis, confiados en nuestro Dios, os predicamos el Evangelio de Dios en medio de mucho combate. Nuestra predicación no se inspira en el error, ni en la impureza, ni en el engaño. Al contrario, Dios nos encontró dignos de confiarnos el Evangelio, y nosotros lo predicamos procurando agradar no a los hombres, sino a Dios, que examina nuestros corazones» (1Tes 2,2-4; +Gál 1,10).

Y en este sentido exhorta a sus colaboradores para que sirvan con toda fortaleza el ministerio de la Palabra, arriesgando sus vidas en ello: «no nos ha dado Dios un espíritu de temor, sino de fortaleza, de amor y de templanza. No te avergüences jamás del testimonio de nuestro Señor y de mí, su prisionero. Al contrario, comparte conmigo los sufrimientos que es necesario padecer por el Evangelio, animado con la fortaleza de Dios» (2Tim 1,7-9).

Deben imitar su ejemplo: «A mí nadie me asistió, antes me desampararon todos... Pero el Señor me asistió y me dio fuerzas para que por mí fuese cumplida la predicación y todas las naciones la oigan» (2Tim 4,16-17).

 

Puesto que «el mundo entero está puesto bajo el poder del Maligno» (1Jn 5,19), y el Maligno es «homicida desde el principio... Él es mentiroso y Padre de la Mentira» (Jn 8,44), nada hay en el mundo tan peligroso como decir la verdad.

Fragmento extraído del texto "El martirio de Cristo y de los cristianos" del P. José María Iraburu.

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