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Si un ciego guía a otro ciego...

07/26/2019

El ciego le pide a Jesús: “Señor, que yo pueda ver”. La visión es el sentido corporal más necesario para conocer el mundo que nos rodea y a las demás personas. Es además, el sentido más fuerte de los cinco, el que tiene más impacto en la mente, y podríamos decir en el alma. Por eso, la ceguera es la carencia más triste, peor que la sordera o la falta de olfato o de gusto.

 

Pero la visión tiene todavía un significado más trascendental para el ser humano, porque hemos sido creados no sólo para ver las cosas de ese mundo terrenal sino para VER A DIOS. Se trata de la visión beatífica, como la llaman los teólogos. Ya en el Antiguo Testamento varios salmos pedían esto: “Mi alma tiene sed de Dios, ¿cuándo llegaré a ver tu rostro?” (Sal 41); “Muéstrame tu rostro, Señor” (Sal 79). Este deseo no quedó insatisfecho, porque cuando llega Jesús, Él es, precisamente, Dios hecho hombre, Dios que se hace visible. Por eso San Juan dice al comienzo mismo de su Evangelio: “A Dios nadie lo ha visto jamás”, pero luego agrega: “el Hijo único, que está en el seno del Padre, lo ha dado a conocer” (Jn 1,18). Y cuando el apóstol Felipe le dice a Jesús: “Señor, muéstranos al Padre y nos basta”, Jesús le contesta “¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conoces Felipe? El que me ha visto ha visto al Padre” (Jn 14, 8-9). Y San Pablo dirá que Jesús “es la Imagen del Dios invisible” (Col 1, 15).

 

Ahora bien, nos alegramos de la curación de aquel ciego de Jericó porque recuperó la visión corporal. Y agradecemos no ser ciegos como él. Pero hay otra ceguera, que es en este mundo la falta de fe. La fe es ver “más allá” o “detrás” de este mundo visible. Esa ceguera no la tenía aquel ciego de Jericó. Cuando le dicen que estaba pasando Jesús le pide con fe ser curado, a los gritos. Si no hubiese sido así, Jesús hubiera pasado de largo. No ve pero tiene la visión de la fe, los ojos de la fe. Por eso ¿qué le dijo Jesús después de curarlo? “Vete, tu fe te ha salvado”. Porque no sólo pudo ver el mundo sino al Salvador del mundo. Lo primero que vio aquel hombre fue a Jesús. Entonces, el milagro nos habla, sobre todo, de pasar de la fe a la visión de Dios.

 

Por esto, las cosas vistas de este mundo no bastarán para salvarnos, no porque sean malas, sino porque hemos sido creados para ver, además de este mundo, al Creador y Salvador de este mundo, es decir, a Jesús, como el ciego de Jericó. Los milagros de Jesús, que parecen hechos aislados, tienen una dimensión universal. Todos los seres humanos estamos representados en aquel ciego de Jericó sentado al borde del camino, porque todos, aunque no seamos ciegos de los ojos corporales, nacemos ciegos para ver a Dios. No tenemos los ojos de la fe, y no tendremos por tanto la visión celestial. Esta es la ceguera universal que ha venido a curar Jesús. Él dijo: “Yo Soy la Luz del mundo, el que me sigue no caminará en las tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8,12).

 

Esos ojos de la fe nos fueron abiertos en el bautismo. El sacerdote enciende la velita en el Cirio pascual, se la da al padrino, y dice: “Recibid la luz de Cristo. A vosotros, padres y padrinos, se os confía la misión de acrecentar esta luz para que este niño, iluminado por Cristo, viva siempre como hijo de la luz y, perseverando en la fe, pueda salir al encuentro del Señor, con todos los Santos, cuando Él vuelva”. Sin embargo, permanece en nosotros la posibilidad de perder esa visión de fe, esa vista espiritual. El mayor tiempo lo usamos en ver o querer ver las cosas de este mundo. Más aun, con la tecnología actual casi toda la humanidad puede ver en el celular el mundo entero. Peor aún, la visión virtual va reemplazando la visión real de las cosas y personas. Pero la pérdida mayor está en los ojos de la fe, y en que la ceguera espiritual no parezca tan terrible ni urgente de ser curada. De hecho, para saber quiénes somos o cómo somos bastaría con preguntarnos qué miramos. Porque de algún modo somos lo que vemos. Y somos lo que queremos y buscamos ver. Si la visión de la fe se apaga ya no buscaremos ver a Jesús y no habrá visión celestial. Y la visión corporal se acabará también con la muerte. 

 

En todo el evangelio aparece la lucha entre la luz y las tinieblas. Dice que cuando Jesús fue crucificado “al eclipsarse el sol hubo oscuridad en toda la tierra hasta las tres de la tarde”, la hora en que finalmente expiró. Es decir, las tinieblas, la oscuridad, la falta de luz, quiere manifestar la hora del maligno, del pecado y de la muerte. Pero Jesús resucita al alba del domingo, el día del sol. Y la luz de Jesús resucitado no se ha apagado. Sigue resplandeciendo en la Iglesia, en cada bautismo, en cada misa, como la de hoy. Fuimos curados en el bautismo, pero no dejemos que esa luz se apague. No vivimos en un mundo iluminado, sino oscuro. Las tinieblas del diablo intentan entrar incluso dentro de la Iglesia. En nuestra patria, aunque algunos más iluminados por la fe se han dado cuenta desde hace tiempo que el cielo se oscurecía, otros recién ahora reaccionan frente al apagón. Entre el huracán del aborto y ahora el de la ideología de género, la energía disminuye y las luces parpadean, y parecería que sólo quedan prendidas las velas de algunos cristianos para iluminar las cosas.

 

En efecto, si el aborto es el intento de cortar el fruto del árbol del matrimonio y la familia la perversidad de la ideología de género es el intento de cortar la raíz del árbol, y secar desde la base todo lo demás. Se trata de oscurecer el mundo, de vivir a ciegas. Y el asunto es grave, porque como dice el refrán, “no hay peor ciego que el que no quiere ver”. En este estado de cosas, somos en primer término los católicos, los miembros de la Iglesia, quienes tenemos que mantener nuestras luces prendidas, e implorar a Jesús, incluso a los gritos como el ciego de Jericó, para que cure esta ceguera, que va siendo una plaga mundial. Que ilumine también a los miopes y cortos de vista, a aquellos que viven “a media luz”, entre la oscuridad del error y la penumbra de la ambigüedad, y que dicen sin embargo que son cristianos. Les cabe las palabras de Jesús sobre los fariseos: “Son ciegos que guían a otros ciegos. Si un ciego guía a otro ciego, caerán los dos en el pozo”. O también las del profeta Isaías: “Los que guían a este pueblo lo descarrían, y los guiados por ellos van a la perdición” (Is 9,16).

 

Pero el sol que ilumina a todos no es solo el que sale al amanecer y nos hace ver las cosas de la tierra, sino Jesucristo, el Sol que no tiene ocaso, que resucitó el domingo antes del amanecer, y que ilumina el camino de la historia humana hasta su consumación. Como dijo Zacarías, el padre de San Juan Bautista: “Por la entrañable misericordia de nuestro Dios nos visitará el sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tiniebla y en sombra de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz” (Lc 1, 78-79). Él es Luz de Luz, y en unión con Él, especialmente en la Eucaristía, recibimos Su Luz, y entonces también podemos ser “luz del mundo”, como El mismo nos ha dicho: “Vosotros sois la luz del mundo…no se enciende una lámpara para ponerla debajo de la cama, sino sobre el candelero, para que alumbre a todos los que están en la casa. Brille así vuestra luz ante los hombres, de modo tal que, viendo vuestras obras buenas, glorifiquen a vuestro Padre del cielo” (Mt 5, 14-16).

 

Hagamos marchas de defensa y protesta, para decir con valor “no te metas con mis hijos” a todos los ciegos y guías de ciegos. Pero no lo hagamos sin Jesús. Tinieblas hay y habrá hasta el fin porque es el entorno universal de la humanidad caída, pero con Jesús vemos, y podemos hacer ver a los demás. Pidamos esto con las palabras del Beato Cardenal Newman: “Quédate conmigo, Señor, y comenzaré a brillar como brillas Tú: para brillar y ser luz para otros. La luz, Jesús, vendrá toda de Ti…Serás Tú quien brille a través mío sobre otros. Déjame alabarte así, del modo que Tú amas más: brillando en todos los que me rodena. Dadles luz a ellos tanto como a mí, ilumínalos conmigo, a través mío. Enséñame a mostrar de aquí en adelante Tu alabanza, Tu verdad, Tu voluntad. Hazme predicar de Ti sin predicar, no con palabras, sino con mi ejemplo, por la fuerza cautivante y la influencia amable de lo que hago, por mi visible parecido a Tus santos, y la evidente plenitud del amor que mi corazón tiene por Ti.” (Meditaciones y Devociones, III, 7.3)

 

Permitida su reproduccion citando a La Cumbrera

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