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Impostura y apostasía

07/17/2019

Que la Iglesia está sufriendo una profunda crisis resulta tan evidente que no hace falta ni argumentación. Basta con leer las noticias que recibimos a diario por los distintos medio de información. Algunos hablan de una verdadera guerra civil dentro de la Iglesia. Otros comparan los escándalos de abusos sexuales por parte de religiosos y sacerdotes – y el encubrimiento por parte de algunos obispos – con una catástrofe que amenaza con derrumbar el edificio de la Iglesia y emplean la analogía de las Torres Gemelas de Nueva York. Algunos comparan la crisis actual con la arriana del siglo IV o con la reforma protestante del siglo XVI. Otros avisan de un posible cisma que, de hecho, ya se estaría dando dentro de la Iglesia, aunque aún no de derecho.

 

En uno de mis últimos artículos, vinculaba los escándalos sexuales que se están destapando últimamente con la heterodoxia doctrinal y con los abusos litúrgicos. Y sigo en mis trece. Cuando se pisotea la santa doctrina de la Iglesia y se abusa de los sacramentos, lo normal es que la moral se desmorone. El profesor Seifert lo advertía en un famoso artículo en el que advertía de la bomba atómica que amenazaba con destruir la moral de la Iglesia, a raíz de la interpretación heterodoxa que se estaba dando a determinado capítulo de la Exhortación Amoris Laetitia.

 

La infección modernista que se ha venido dando en la Iglesia desde hace más de cien años (la Pascendi se publicó en septiembre de 1907) amenaza con convertirse en una septicemia mortal.

 

¿Qué es lo que pretenden conseguir los modernistas? El objetivo último es destruir la Iglesia desde dentro. Como dice el Catecismo, “antes del advenimiento de Cristo, la Iglesia deberá pasar por una prueba final que sacudirá la fe de numerosos creyentes. La persecución que acompaña a su peregrinación sobre la tierra desvelará el “misterio de iniquidad” bajo la forma de una impostura religiosa que proporcionará a los hombres una solución aparente a sus problemas mediante el precio de la apostasía de la verdad” (Parágrafo 675). Esta impostura religiosa que soluciona aparentemente todos los problemas mediante la apostasía de la verdad, ¿cómo se concreta actualmente en la septicemia modernista?

 

Lo que quieren los herejes es cambiar la doctrina moral, los sacramentos y la liturgia de la Iglesia para congraciarse con el mundo:

 

  • Justificación moral del aborto, para que deje de ser condenado como un pecado abominable por los católicos. Asimismo, se proponen aceptar la eutanasia, la fecundación artificial y el uso de anticonceptivos. Se trata de tirar a la basura la Humanae Vitae de Pablo VI y la Veritatis Splendor de San Juan Pablo II. Y con ambas encíclicas, se desecha la doctrina moral de la Iglesia de los últimos dos mil años y se desprecian y se rechazan los Mandamientos de la Ley de Dios.

 

  • Aceptación del divorcio por parte de la Iglesia. A la vista está cómo se está justificando que los divorciados católicos que se vuelven a casar por lo civil puedan comulgar: quieren que no se les considere como adúlteros que viven en pecado mortal y que puedan comulgar como si
    vivieran en gracia de Dios.

 

  • Demolición del sacramento del matrimonio. No solo se justifica el divorcio, sino que pretenden que se admita dentro de la Iglesia el matrimonio entre homosexuales. En este punto, el lobby gay eclesial está trabajando incansablemente. Algunos obispos y sacerdotes piden la bendición de las parejas homosexuales dentro de la Iglesia: como si Dios pudiera bendecir a quienes viven en pecado mortal. Esas “bendiciones” serían el primer paso para que posteriormente se admita el sacramento del matrimonio para parejas del mismo sexo.

 

  • Desvirtuación del sacramento de la penitencia: los modernistas pretenden acabar también con este sacramento propugnando el perdón de los pecados sin las debidas disposiciones: sin propósito de la enmienda, sin dolor de los pecados, sin decir los pecados al confesor… Así, llevan tiempo ya practicando las confesiones y absoluciones comunitarias.

 

  • Desprecio del pecado original y de la doctrina de la gracia. Los modernistas detestan la Tradición, aborrecen el magisterio de los Padres de la Iglesia, de los Santos, de los Doctores de la Iglesia: especialmente a Santo Tomás de Aquino.

 

  • Acabar con la Santa Misa. Esta es una de las dianas prioritarias para los modernistas. La Eucaristía perdería su condición de sacrificio para convertirse en cena de hermanos, en fiesta. Condición indispensable para esta destrucción del Sacrificio de la Misa es derogar, reinterpretar, modernizar o prescindir del dogma de la transubstanciación. Ello permitiría un cambio de la liturgia que allanaría el terreno para la intercomunión con luteranos y otros hermanos separados. Y probablemente después se admitiría la comunión a los budistas o a cualquiera, profese la religión que profese: al final todos somos hijos de Dios y bla, bla, bla…

 

  • Celibato opcional para los sacerdotes. Este paso parece inminente con el sínodo de la Amazonía. La falta de sacerdotes y los escándalos de abusos sexuales será el pretexto para admitir el celibato opcional o incluso para el sacerdocio de las mujeres. Y llegará el día en que veamos a curas modernistas gays casados con otros hombres o a obispesas casadas con otra mujer.

 

  • Supresión o reinterpretación herética de los dogmas marianos: se predicará abiertamente contra la virginidad de María Santísima, contra su Inmaculada Concepción, contra la Asunción de Nuestra Señora en cuerpo y alma a los cielos… De hecho, ya lo están haciendo.

 

La impostura religiosa y la apostasía de la verdad están servidas. La Iglesia Modernista, efectivamente, proporcionará a los hombres una solución aparente a todos sus problemas. Ya no habrá confrontación, sino sumisión al mundo, al demonio y a la carne. Esta Iglesia del Nuevo Paradigma poco o nada tendrá que ver con la Iglesia Católica, fundada por Cristo. La verdadera Iglesia quedará reducida a un grupo minoritario, insignificante y despreciado por la mayoría. Quedará un remanente fiel, un pequeño rebaño, que sufrirá toda clase de persecuciones. La Iglesia Católica vivirá su propia pasión, como la vivió el Señor. Será crucificada y despreciada (ya lo está siendo) y carecerá de relevancia social alguna. Perderemos la mayoría de los templos y probablemente haya que volver a celebrar la Misa en las casas, en las catacumbas, en la clandestinidad…

 

¿Vamos a perder la fe? ¿Ya no habrá esperanza? ¡Nada de eso! ¿Quién nos separará del amor de Dios? ¿La tribulación, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro, la espada? Nada ni nadie nos podrá separar del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús. Volvemos al Catecismo:

 

677 La Iglesia sólo entrará en la gloria del Reino a través de esta última Pascua en la que seguirá a su Señor en su muerte y su Resurrección (cf. Ap 19, 1-9). El Reino no se realizará, por tanto, mediante un triunfo histórico de la Iglesia (cf. Ap 13, 8) en forma de un proceso creciente, sino por una victoria de Dios sobre el último desencadenamiento del mal (cf. Ap 20, 7-10) que hará descender desde el cielo a su Esposa (cf. Ap 21, 2-4). El triunfo de Dios sobre la rebelión del mal tomará la forma de Juicio final (cf. Ap 20, 12) después de la última sacudida cósmica de este mundo que pasa (cf. 2 P 3, 12-13).

 

Ha llegado el tiempo en que los hombres ya no soportan la sana doctrina y han decidido seguir a los falsos maestros, arrastrados por sus pasiones. Así lo escribe San Pablo en su Segunda Carta a Timoteo:

 

Te conjuro en presencia de Dios y de Cristo Jesús que ha de venir a juzgar a vivos y muertos, por su Manifestación y por su Reino: Proclama la Palabra, insiste a tiempo y a destiempo, reprende, amenaza, exhorta con toda paciencia y doctrina. Porque vendrá un tiempo en que los hombres no soportarán la doctrina sana, sino que, arrastrados por su propias pasiones, se harán con un montón de maestros por el prurito de oír novedades; apartarán sus oídos de la verdad y se volverán a las fábulas.”

 

La victoria final es del Señor, que hizo el Cielo y la Tierra: el único Rey Verdadero que vendrá a juzgar a vivos y muertos. Y su Reino no tendrá fin. Pidámosle con insistencia que Él nos cuente entre sus elegidos y nos conceda la gracia de la salvación. Y mientras esperamos la venida gloriosa de Nuestro Señor Jesucristo, insistamos a tiempo y a destiempo: oración, penitencia, ayuno, adoración al Santísimo, confesión y comunión frecuentes… Y que la Santísima Virgen nos libre de todo mal, nos defienda de nuestros enemigos y nos ampare ahora y en la hora de nuestra muerte.

 

Articulo publicado originalmente en el blog Santiago de Gobiendes

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