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La modestia en el vestido

07/15/2019

Susanna Spencer comentó que la virtud de la modestia en el vestido va más allá de una serie de normas o prohibiciones y propone un camino de desarrollo, facilitando a las nuevas generaciones comprender y apreciar esta faceta del testimonio de fe.

(Gaudium Press) La escritora estadounidense Susanna Spencer, Maestra en Teología de la Universidad Franciscana de Steubenville, ha escrito un artículo en National Catholic Register dedicado a elogiar la virtud de la modestia en el vestido.

 

Esta virtud, especialmente actual con la llegada del verano en el hemisferio norte, va más allá de una serie de normas o prohibiciones y propone un camino de desarrollo, facilitando a las nuevas generaciones comprender y apreciar esta faceta del testimonio de fe. «Sólo cuando supe que la modestia era una virtud, encontré una respuesta razonable y satisfactoria sobre lo que realmente significa vestirse con modestia», comentó Spencer.

 

«Para entender la modestia en el vestir como una virtud, a diferencia de otras formas de modestia, me dirigí a 3 Doctores de la Iglesia: Santo Tomás de Aquino, San Francisco de Sales y San Alfonso Ligorio», relató la escritora. Estos 3 Santos explican cómo observar el acto en sí mismo, la intención personal y las circunstancias. «Santo Tomás de Aquino entendía la modestia como parte de la virtud de la templanza, que es la virtud que nos ayuda a moderar nuestros deseos», agregó Spencer. El Doctor Angélico definía la modestia en el vestir como «ser honesto en nuestra vestimenta exterior. Esto se aplica a hombres y mujeres, niños y niñas. Lo que vestimos retrata a los demás sobre quiénes somos y qué estamos haciendo».

“Ahora, muchas niñas no ven nada malo en seguir ciertos estilos desvergonzados como lo hacen muchas ovejas. Seguramente se ruborizarían si tan sólo pudiesen adivinar las impresiones que hacen y los sentimientos que evocan en aquellos que las miran.”

 

Pio XII, 17 de Julio, 1954

El propio Santo Tomás cita a otro Santo, San Ambrosio, quien predicó que «el cuerpo debe ser adornado de forma natural y sin afectación, con sencillez», de forma que «nada le falte a la honestidad y la necesidad», sin aumentar ni agregar. Un consejo similar es expuesto por San Francisco de Sales, quien propone ser limpio y ordenado. «Es una afrenta para aquellos con los que se asocia vestirse de forma inadecuada, pero evite todo engaño, vanidad, adorno y afectación. Adhiérase en la medida de lo posible a la modestia y la simplicidad, que sin duda son los mejores ornamentos de la belleza y la mejor expiación por su deficiencia».

 

«El punto interesante aquí es que la vestimenta modesta es para hombres y mujeres y debe enfatizar la belleza que Dios les dio», expuso Spencer sobre estos consejos. «Si la modestia es una forma de templanza, entonces uno es inmodesto en el vestir cuando uno se viste sin moderación». Esto incluye tener en cuenta las costumbres y el estado de vida, vistiendo con ropa adecuada al lugar en el que se encuentra y lo que se está haciendo, procurando encajar con propiedad sin llamar la atención sobre sí mismo.

 

Otro aspecto de esta visión de la modestia en el vestir es procurar «no tener un apego desmesurado a lo que usamos», dando un debido lugar al atuendo, sin gastar más de lo que se debería, poner demasiado énfasis en la comodidad de lo que se usa o emplear demasiado tiempo prestando atención al vestido y la propia imagen. «Podríamos estar demasiado preocupados acerca de si nuestra ropa está de moda», indicó Spencer. «O nos movemos en la dirección opuesta y somos completamente perezosos acerca de cómo nos vestimos».

 

La persona debe cuidar su intención al seleccionar su vestido, para evitar provocar a otros hacia el pecado de la lujuria pero también para satisfacer ciertas obligaciones particulares como el complacer a su cónyuge y vestir de una manera que manifiesta su afecto, o el vestirse agraciadamente como parte de la búsqueda de pareja, siguiendo el consejo de San Francisco de Sales: «La esposa puede adornarse para complacer a su esposo, y es lícito que las doncellas deseen agradar a sus amigos».

 

«Pero aquellas mujeres que no tienen marido ni desean tener uno, o que están en un estado de vida incompatible con el matrimonio, no pueden sin pecado desear dar placer lujurioso a aquellos hombres que las ven, porque esto es incitarlos a pecar», aclaró Santo Tomás de Aquino sobre esta materia. «Y si efectivamente se adornan con esta intención de provocar a otros a codiciar, pecan mortalmente; mientras que si lo hacen desde la frivolidad, o desde la vanidad en aras de la ostentación, no siempre es mortal, sino a veces venial. Y lo mismo se aplica a los hombres a este respecto».

 

La clave de interpretación es la intención de la persona, explicó la escritora, y Santos como San Alfonso María Ligorio hacen aclaraciones sobre cómo la costumbre local afecta lo que puede ser considerado modesto o inmodesto. «Si una mujer se está vistiendo de acuerdo con las costumbres locales y no conoce a nadie en particular a quien pueda conducir a la lujuria y, además, no tiene la intención de llevar a nadie a la lujuria con la forma en que se viste, entonces ella no está pecando», expuso la autora. «Es casi imposible hacer reglas duras y rápidas sobre lo que es modesto cuando las costumbres locales y las circunstancias cambian constantemente. Pero una aplicación razonada de todos estos principios a cada situación debería ayudar a uno a tomar una decisión moral sobre qué ponerse».

 

Pero además de evitar inducir al pecado, la virtud de la modestia fomenta el orden y la limpieza, y el hacerse presente en la sociedad de una manera bella y decorosa. «Tal vez le muestre a Dios más reverencia que una mujer vista una bella blusa sin mangas en lugar de una camiseta estampada, y sea más modesto que un hombre use una camisa con cuello que una camisa que apoye a un equipo deportivo», concluyó Spencer.

Que su elegancia no sea el adorno exterior –consistente en peinados rebuscados, alhajas de oro y vestidos lujosos–, sino la actitud interior del corazón, el adorno incorruptible de un espíritu dulce y sereno. Esto es lo que vale a los ojos de Dios (1 Pedro 3:3-4)

Con información de National Catholic Register.

 

Enlaces relacionados:

Elogio del pudor, por José María Iraburu

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