Izar la bandera, rescatar la patria

 

Los rituales cotidianos suelen esconder sabiduría, valores, intuiciones.

 

Uno de ellos es izar la bandera.

 

Se repite cada mañana o cada tarde al iniciar la jornada escolar en cada rincón de la Patria, desde Ushuaia hasta La Quiaca.

 

El paño celeste y blanco, sostenido al principio por las manos infantiles o juveniles de los herederos de nuestra identidad, comienza a elevarse lentamente. Se traba en ocasiones, se enreda y se libera, y -si ese día hay viento suficiente- comienza a agitarse, a ondear, a flamear, lentamente o con frenético ímpetu, casi con pasión.

 

Algunas veces -como esta mañana, en uno de los días más cortos del año- la bandera que izamos sólo se ilumina por completo y luce su colorido al llegar a la cima del mástil. Sólo en las alturas el sol apenas asomando en el horizonte la alcanza con sus rayos, y se tiñe entonces de un naranja que le da un mágico esplendor.

 

Y, ¿qué sabiduría, qué valor, qué intuiciones puede esconder y revelar al mismo tiempo este gesto?

 

Amigo: La Bandera simboliza la Patria misma. Venerarla es reconocer agradecidos el cúmulo inmenso de regalos recibidos de Ella y en Ella.

 

Pero izar la bandera, levantarla bien en alto, hacerla subir hasta la cima es algo más: es gesto que simboliza lo que cada argentino debe hacer con la Nación, y sobre todo con su propia vida y con el misterioso don de su propia libertad.

 

Porque no fuimos colocados en este mundo para vivir al ras del suelo: tenemos vocación de alturas, de nobleza, de excelencia. Y no se ha de desplegar la plenitud de lo que somos sino -y sólo- si ponemos esfuerzo, constancia y tenacidad, por llegar hasta lo alto.

 

Llegar a lo alto significa no conformarnos con “sobrevivir", ni con que el tiempo transcurra, inexorable y vacío, mirando la vida como espectadores.

 

Llegar a lo alto implica explotar cada uno de los dones y talentos que Dios, la Patria y nuestra Familia nos han dado.

 

Llegar a lo alto es renunciar a la mediocridad, al conformismo, al masomenismo, a la burda e irreflexiva insensatez de quien confunde felicidad con comodidad.

 

Izar la bandera, y verla en las manos de los niños y los jóvenes, me llena de temor, pero también de esperanza.

 

Porque tengo la certeza de que incluso en este tiempo oscuro donde muchos adultos hemos renunciado a subir, los que vienen detrás nuestro siguen siendo capaces de comprender ese mensaje, grabado a fuego en este rito, y sobre todo en lo íntimo de sus almas.

 

Si ya no nos animamos, si la desilusión ha deshilachado nuestros ideales, si hemos dejado de soñar, procuremos, al menos, no ser obstáculo para ellos, los herederos de la Patria, muchos de los cuales en este 20 de junio juraron su lealtad.

 

Pidamos a Dios que ellos se atrevan a llevar sus vidas hacia las alturas en este tiempo y en la eternidad, altura donde alcanzarán su pleno brillo y belleza. Porque en el fondo, izar la bandera nos recuerda que tenemos vocación de Cielo, de otra Patria, que es nuestra madre, hacia la cual caminamos con los pies bien plantados en la actual.

 

Que con esa mirada trascendente cada uno de ellos tenga la osadía de intentar -no solos, sino de la mano de la Virgen cuyo manto lleva nuestros colores- rescatar la Patria.

 

 

Articulo publicado originalmente en el blog Ite inflammate omnia

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