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La familia, primer baluarte contra la apostasía

06/12/2019

 

«El mundo y la Iglesia necesitan hoy verdaderas familias católicas y las dos armas más eficaces contra la apostasía que reina tanto en el interior como fuera de la Iglesia, son la pureza e integridad de la fe y la pureza de una vida de castidad» así lo manifestó Mons. Athanasius Schneider, obispo auxiliar de Astaná, Kazajstán, en el discurso pronunciado durante el Foro anual de la Vida, organizado en Roma por Voice of the Family.

 

Para Schneider, la actual situación mundial, y en parte la vida de muchos católicos y ministros de la Iglesia se podría calificar como una gran apostasía. Una apostasía de la fe en la auténtica divinidad de Cristo, de la fe en que el único camino de salvación es a través de Cristo y una apostasía de la fe en la validez perenne de los Mandamientos de Dios.

 

«Tal apostasía significa, en última instancia, renunciar a Cristo y aceptar el espíritu del mundo, diluir a Cristo de una manera gnóstica en el espíritu materialista, naturalista y esotérico del mundo», subrayó.

 

Mons. Schneider destacó que lo que el mundo y la Iglesia necesitan hoy son de «verdaderas familias católicas». En este sentido, recordó la confesión de un ex integrante de un movimiento anticristiano «No tenemos sino un objetivo: descristianizar las familias. Gustosamente les dejamos a los católicos los templos, las capillas, las catedrales. Para corromper la sociedad, nos basta con dominar a las familias. Si nos adueñamos de la familia, nuestra victoria sobre la Iglesia está garantizada».

Los padres tienen la gravísima obligación de procurar la educación de sus hijos

El obispo auxiliar de Astaná también citó la afirmación recogida en Divini illius magistri de que es a los padres a quienes corresponde «rechazar con toda energía cualquier atentado en esta materia, y conseguir a toda costa que quede en sus manos la educación cristiana de sus hijos, y apartarlos lo más lejos posible de las escuelas en que corren peligro de beber el veneno de la impiedad».«Los padres tienen la gravísima obligación de procurar la educación de sus hijos, tanto la religiosa como la moral (CIC 1917, canon 1113 y CIC 1983, canon 793)».

 

Prosiguió diciendo: «Hace más de setenta años, el Papa Pío XII hizo un llamamiento a las familias cristianas para que fueran los nuevos cruzados en la difusión y defensa de la verdadera fe católica en medio del letargo generalizado y el pesado ambiente donde las falsas ideas, ampliamente difundidas, han hundido las familias en el siglo XX. Este diagnóstico, que Pío XII hizo acerca de la salud espiritual de su tiempo, es plenamente aplicable a nuestros tiempos y se hizo aún peor. Pío XII dijo: Animados por un entusiasmo de cruzados, a los mejores y más selectos miembros de la cristiandad toca reunirse en el espíritu de verdad, de justicia y de amor al grito de “¡Dios lo quiere!”, dispuestos a servir, a sacrificarse, como los antiguos cruzados. Si entonces se trataba de liberar a la tierra santificada por la vida del Verbo de Dios encarnado, se trata hoy, si podemos expresarnos así, de una nueva expedición para liberar, superando el mar de los errores del día y de la época, la tierra santa espiritual, destinada a ser la base y fundamento de normas y leyes inmutables para construcciones sociales de sólida consistencia interior».

 

Así mismo, manifiesta que la belleza de la fe católica se manifiesta de manera especial en las familias numerosas. Poseemos una de las más llamativas e iluminadoras afirmaciones del Magisterio sobre este tema en las siguientes palabras del Papa Pío XII dirigidas a las Asociaciones de Familias Grandes de Roma: «Las familias con muchos hijos son el racimo de flores más espléndidos en el jardín de la Iglesia. […] Los niños de familias numerosas aprenden de forma casi automática a tener cuidado con lo que hacen y a asumir la responsabilidad por ello, a respetarse mutuamente y a ayudarse mutuamente, a ser abiertos y generosos. Para ellos, la familia es un terreno de prueba, antes de que se muden al mundo exterior, que será más duro y más exigente».

Toda vocación es un secreto de la Providencia; pero estos casos demuestran que tener más hijos no impide a los padres criarlos de un modo excelente y perfecto

Mons. Schneider destaca que la hermosura de la fe católica se manifiesta en el hecho de que la familia es precisamente el primer semillero y vivero vocacional. Por lo que el Concilio Vaticano II afirma que «la familia es el primer seminario donde se fomentan y nutren las llamadas al sacerdocio (cf. Decreto Optatam totius, 2)». La historia ha demostrado que la mayoría de las vocaciones se dan en familias numerosas. Pío XII destacó esta relación con las siguientes palabras: «Con toda razón, se ha señalado a menudo que las familias numerosas están en la vanguardia como cuna de santos. Entre otros, podríamos citar la familia de San Luis rey de Francia, integrada por diez hijos, la de Santa Catalina de Siena, que nació en una familia de veinticinco hermanos, San Roberto Belarmino, con once hermanos, y Pío X, con sus nueve hermanos. Toda vocación es un secreto de la Providencia; pero estos casos demuestran que tener más hijos no impide a los padres criarlos de un modo excelente y perfecto, y demuestran que la cantidad no redunda en desmedro de la calidad ni en cuanto a los valores físicos ni a los espirituales.» (Discurso a los directores de las asociaciones de familias numerosas de Roma e Italia, 20 de enero de 1958).

 

El primer y más santo objetivo y finalidad del matrimonio y de la familia es engendrar ciudadanos del Cielo. León XIII afirmó que por mandato de Cristo, «se determinó que era misión suya no sólo la propagación del género humano, sino también la de engendrar la prole de la Iglesia, “conciudadanos de los santos y domésticos de Dios” (Efe. 2,19); esto es, la procreación y educación del pueblo para el culto y religión del verdadero Dios y de Cristo nuestro Salvador. La familia es, pues, el lugar primario y original donde se debe enseñar a los hijos la integridad y belleza de la fe católica, y transmitirse de ese modo a las generaciones futuras. Ciertamente, la salud espiritual de una nación depende de esta transmisión de la fe».

Guárdate, hijo mío, de todo lo que sabes que desagrada a Dios

Las dos armas más eficaces contra la apostasía que reina tanto en el interior como fuera de la Iglesia, son la pureza e integridad de la fe y la pureza de una vida de castidad. La amonestación de San Luis IX, rey de Francia, a su hijo, no ha perdido validez: «Amadísimo hijo: el primer precepto que te encomiendo es que ames al Señor tu Dios con todo tu corazón y todas tus fuerzas. De otro modo no hay salvación. Guárdate, hijo mío, de todo lo que sabes que desagrada a Dios, esto es, de todo pecado mortal. Antes de permitirte cometer un pecado mortal permítete ser atormentado de toda suerte de martirio. […] Ocúpate en eliminar todo pecado de tu reino, sobre todo la blasfemia y la herejía» (Carta a su hijo).

 

Mons. Schneider finaliza su discurso con esta palabras: «Las verdaderas familias católicas, y deseablemente familias numerosas, fortalecerán a la Iglesia de nuestros días con la belleza de la fe católica. De esa fe saldrán nuevos padres y madres católicos, y de ellos saldrá una nueva generación de sacerdotes celosos y obispos intrépidos, que estarán listos para dar su vida por Cristo y por la salvación de las almas».

 

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