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La mujer y el trabajo ¿Cuestiones compatibles?

La mujer, corazón de la familia

La familia ha de saber promover «en cada uno de sus miembros la altísima dignidad de personas, es decir, de imágenes vivientes de Dios. Y, en este sentido, la historia de la salvación es un testimonio continuo y luminoso de la dignidad de la mujer. Creando al hombre "varón y mujer", Dios da la dignidad personal de igual modo al hombre y a la mujer. Dios también manifiesta de la forma más alta posible la dignidad de la mujer asumiendo Él mismo la carne humana de María Virgen. La delicadeza y respeto de Jesús hacia las mujeres que llamó a su seguimiento y amistad, su aparición la mañana de Pascua a una mujer antes que a los otros discípulos, la misión confiada a las mujeres de llevar la buena nueva de la Resurrección a los discípulos, son signos que confirman la muy alta consideración del Señor Jesús hacia las mujeres» 

 

Una larga tradición social y cultural limitó a la mujer a sus tareas de esposa y madre, en parte porque el trabajo fuera de la casa requería en otros tiempos una mayor fuerza física. En todo caso, «es indudable que la igual dignidad y responsabilidad del hombre y de la mujer justifican plenamente el acceso de la mujer a las funciones públicas»; con ello la mujer se perfecciona, y la sociedad se beneficia no poco de la presencia activa femenina. Ahora bien, «la verdadera promoción de la mujer exige también que sea claramente reconocido el valor de su función materna y familiar respecto a las demás funciones públicas y a las otras profesiones». Y en este sentido, «la sociedad debe estructurarse de tal manera que las esposas y madres no sean de hecho obligadas a trabajar fuera de casa, y que sus familias puedan vivir y prosperar dignamente, aunque ellas se dediquen totalmente a la propia familia».

 

Ya habréis observado cómo el mundo actual viene realizando una verdadera campaña contra la dedicación exclusiva de la mujer a la familia, como si ello trajera necesariamente empobrecimiento y frustración de la mujer. Pues bien, comprended que «se debe superar esa mentalidad [materialista] según la cual el honor de la mujer deriva más del trabajo exterior [que trae dinero] que da la actividad familiar» (que no es retribuida).

 

Pensad que en la realidad de la vida, no pocos trabajos femeninos fuera de la casa son duros y monótonos, y por añadidura muchas veces no están bien retribuidos, y ciertamente no suelen tener la riqueza de la vocación de madre y ama de casa, tan preciosa y variada –madre, maestra y catequista, enfermera, cocinera y florista, secretaria, modista, decoradora, asistente social, encargada de relaciones públicas y tantas y tantas cosas más–. Muchas profesiones posibles para la mujer son preciosas, pero pocas habrá tan variadas y admirables.

 

Por otra parte, cuando falta o disminuye notablemente la dedicación familiar de la madre, todos lo sienten, el esposo, los niños, los adolescentes, los ancianos, y la misma casa va dando muestras de descuido. Por eso la familia que tiene a su constante servicio una buena ama de casa, un verdadero corazón del hogar, hará bien en procurar la defensa cuidadosa de un privilegio tan precioso.

 

 

Extraído del libro Matrimonio en Cristo P. José María Iraburu

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