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La revelación del amor a través de los padres (4/4)

 

Sexto descubrimiento fundamental: El amor es cariñoso

 

Habrán aprendido también la ternura. Nuestro mundo es duro, y hasta férreo, podemos decir sin exagerar. En él la ternura apenas consigue nada. Los hombres se han endurecido, y para traducir el amor no conocen otro vehículo que la palabra fría. Dicen « te quiero», y luego ya no se dicen nada más. Pero el amor no vive sólo de palabras; éstas son necesarias, mas no bastan. Existe, más allá de la palabra, el mundo infinito e inagotable del gesto amoroso, de la caricia discreta, del beso delicado, de la mano que toca, del hombro que se apoya, de la cabeza que se reclina.

 

Es la poesía del amor, que los amantes traducen en estas actitudes para expresar lo inefable. «Cuando el amor alcanza gran envergadura, ya no tiene palabras».

 

Dichosos los jóvenes candidatos al amor, que lo aprendieron no en libros muertos, sino en la vida misma de aquellos a quienes vieron amarse todos los días a lo largo de tantos años sin conseguir agotar el potencial de ternura de un amor cada vez más fecundo y atento. Quienes así aprendieron el cariño, ya antes de tener que vivir por si mismos el amor, serán a su vez capaces de sembrar la ternura allá donde quieran cosechar los frutos del amor. Escaparán a esa frigidez contagiosa que separa los seres en nuestro mundo de acero, y el calor de su alma mantendrá el amor palpitante, sin que los años logren vaciarla de la indispensable ternura. Testigos felices del cariño paterno y materno, del afecto conyugal manifestado a veces del modo más imprevisto, de la sonrisa gratuita, serán ellos mismos capaces de expresar el amor sin tener que hablar.

 

Séptimo descubrimiento fundamental: El amor conduce a la felicidad

 

En suma, y para compendiarlo todo en una sola frase, observando el ejemplo vivo de los padres, los hijos aprenderán que el amor es el principio de la felicidad y lo más importante que existe en el mundo. ¿Qué lección podría ser más saludable y preciosa, qué educación más extraordinaria que ésta? Solamente en el hogar puede desarrollarse con normalidad la fe en el amor.

 

Nuestro mundo es demasiado opaco para permitir que se filtre esta luz tan viva. El egoísmo está muy extendido, e impide que se proyecte la imagen correcta del amor en los viscosos meandros del yo, centrado en torno de los propios deseos. El rechazo del don de sí mismo es demasiado común para que el amor pueda desarrollarse en nosotros espontáneamente. El arte del perdón se practica tan poco que es difícil que el adolescente llegue a percibirlo de lejos. Y la ternura es demasiado rara para que este mismo adolescente logre sentir toda su importancia y calar lo más hondo de su significado.

 

Fuera de casa, el joven contempla los desprecios, las condenas y fraudes que se dan entre los hombres. Y ante este espectáculo se ve asaltado por la duda e invadido por amargas incertidumbres. ¿Es posible el amor?¿no será éste un vano deseo, una ilusión fútil, una bella pero inalcanzable quimera?, ¿se puede amar?, ¿se puede de veras y seriamente creer en la felicidad? Todas estas preguntas que resuenan en un alma vulnerable de adolescente hallarán sus respuestas tajantes, claras y perentorias, incisivas e indudables, definitivas y absolutas, en el hogar en que esos niños han vivido. Es menester decir a los padres, a riesgo de provocarles cierta angustia, que ellos son los maestros de amor de sus hijos; los primeros y los únicos.

 

Y a todos aquellos que verdaderamente quieren que sus hijos sean felices bastará decir con insistencia: «Los hijos creerán en el amor, si han visto la felicidad en sus padres».

Ninguno escapará a lo que haya contemplado en su hogar. Esos hijos serán herederos de la capacidad de amor de los padres… o jamás amarán, porque éstos no supieron darles ejemplo de amor.

 

 

Texto extraído del libro "Educar: Diálogo de generaciones" de Paul Eugène Charbonneau.

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