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La revelación del amor a través de los padres (2/4)

El tercer descubrimiento fundamental: El amor es total

 

Al mismo tiempo (los hijos) aprenderán que el amor jamás ha conocido términos medios ni se contenta nunca con un más o menos. Exige una inmersión total, y ciega por así decirlo, en el ser amado, porque, «el deseo transracional de todo amor es perderse en lo que se ama...».

 

 

Los hijos que vieron a sus padres realizar ese deseo y entregarse recíprocamente, sin mezquindad ni parsimonia, caminarán hacia el amor con todo el empuje de su joven corazón y serán capaces de la absoluta dedicación que tal amor implica.

 

No se contentarán entre aquellos que sólo se ofrecen a medias y avanzan un paso para retroceder en seguida dos. Y por haberlo aprendido en casa, sabrán que todo cálculo es repugnante para quien ama. Su alma se hallará en estado de oblación, pronta a ofrecerse sin contar y a recibir sin regatear. Y cuando piensen en el amor, será sin medir el don de sí mismos.

 

Los hijos se esforzarán, durante su adolescencia, por superar su egocentrismo natural, que no pocas veces se convierte en el peor enemigo del amor y en su más formidable obstáculo, porque hace incompatibles a quienes desean amarse. En la escuela de padres que se han amado mutua y totalmente, y que jamás han dejado de ser lo que son, los hijos se convencerán de que el amor sólo puede existir en la totalidad y en la participación sin cálculo.

 

El Cuarto descubrimiento fundamental: El amor se vive en humildad

 

En esta misma escuela se sentirán compenetrados de una verdad capital, a saber, que «el amor auténtico es humilde». El orgullo duerme siempre en el corazón del hombre, y a menudo es implacable en el adolescente. Éste es soberbio, porque contempla el mundo y a los demás con ojos inexpertos, un pasado todavía breve y mucha vida por delante, y porque no conoce las doloras derrotas de todo hombre maduro.

 

Juzga al prójimo sin piedad y lo condena sin compasión. Todo tiene que ser perfecto, volar por las alturas; y así lo quiere, porque precisamente ama más a quien más censura. Por eso llegada para él la hora del amor, tendrá tendencia a ser implacable y olvidará que él mismo es imperfecto y que nadie puede amar a otro sino con la totalidad de su ser: con sus grandezas y mezquindades, con sus cualidades y defectos, con su riqueza y pobreza.

 

Habrá recorrido en su propio hogar el trayecto de la humildad paterna y materna, y así estará espontáneamente convencido de este otro principio capital para quien desea amar: «Cuando amamos a un ser, lo amamos tal como es». Y cuando suene para él la hora del amor, la reconocerá al mismo tiempo como la hora de la humildad sencilla, que sabe conceder a otro el derecho de no ser más de lo que es, y sabe ver en sí mismo su propias deficiencias.

 

 

La importancia de esto viene de que la humildad conyugal es fuente de paz y de unión. Sólo viven en una paz profunda y estable los esposos que se respetan hasta las mismas imperfecciones, porque en éstas también se reconocen iguales.

 

Si es cierto que «el amor ha instituido una igualdad entre los serres», también lo es que esta igualdad sólo puede darse en la humildad recíproca. Serán felices los hijos que vean en el ejemplo de sus padres que sólo se vive el amor en la humildad.

 

 

 

Texto extraído del libro “Educar: Diálogo de generaciones” de Paul Eugéne Charbonneau.

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