Hna. Margarita: 94 años de edad, y 77 de vida religiosa, transfigurados por Cristo

  La Hna. Margarita es de aquellas religiosas que nunca salen en los medios ni en las redes sociales. En primerísimo lugar porque sus apostolados sencillos, y absolutamente ocultos para el mundo, jamás serán noticia. En segundo término porque su amor a Jesucristo, y a la Iglesia; su pureza, su capacidad de sacrificio y coherencia, y su felicidad no fingida como auténticas monjas enamoradas de su Señor, son lisa y llanamente detestables para la agenda anticatólica, globalista y masónica de muchos “comunicadores”. Y, finalmente, y no menos importante, porque su natural bajo perfil, las ubican en las antípodas de cámaras, aplausos y reconocimientos…

 

         Desde hace seis años reside en el sector para religiosas mayores y enfermas, en una casa de la congregación de las Hermanas de la Inmaculada de Génova, a la que pertenece, en el barrio platense de Los Hornos. Llegó allí luego de una vida absolutamente entregada, en diversos destinos, en Argentina. Casi siempre en seminarios y casas de formación de sacerdotes y religiosas.

 

         En mi libro Católico, periodista… y sacerdote, publicado en 2013, escribía sobre ella: Sus manos exhiben discretamente, y llenas de pudor, las huellas de toda una vida gastada y desgastada por Cristo (2 Cor 12, 15). Varias quemaduras y llagas son testigos de su tesonero apostolado, entre ollas y planchas; con las que alimentó, cuidó y formó a varias generaciones de seminaristas –muchos de ellos hoy sacerdotes y hasta obispos-; alumnos y religiosas.

 

         Toneladas de recuerdos tiene de sus múltiples actividades. Y uno de los que más brilla –como no podía ser de otro modo- es la preparación en la curia de Buenos Aires –adonde estaba destinada por entonces- de un almuerzo para San Juan Pablo II, en su segunda visita a la Argentina, en 1987. No sabíamos qué hacerle de comer –comenta confidente-; incluso, claro está, compartimos nuestra preocupación con funcionarios vaticanos y de la Arquidiócesis. Finalmente, nos decidimos por un trozo de pollo, con puré y verduras… ¡Nos temblaba el pulso de la emoción cuando preparábamos las porciones!...

 

         La conocí en 2011, en mi última etapa como seminarista en el Seminario Mayor San José de La Plata. Allí estaba con su hermana de sangre, también religiosa, la Hna. María de San José. Y, por supuesto, con el recuerdo permanente de su también hermana de sangre, y también religiosa, la Hna. Genoveva. “Tres monjas dio mi familia. ¡Y hemos sido intensamente felices…! Vivíamos en la zona; y, desde niñas, veníamos al Seminario, para aprender catequesis. En aquel tiempo se proyectaban películas, los Domingos, con relatos de la vida de Jesús, y de los santos… Nuestra vocación, entonces, se despertó entre juegos y alegrías infantiles…”.

 

         Desde hace varios años prácticamente ciega no puede leer, claro está, el Oficio Divino. Se las ingenia, de cualquier modo, para sentarse cerca de los parlantes, en la capilla, y así poder recitarlo mejor. No pocos de los salmos, y otras citas bíblicas los sabe por cierto de memoria; y gusta repetirlos, en voz alta, aun fuera de las celebraciones litúrgicas.

 

         En el Seminario era la primera en llegar al templo, poco después de las seis de la mañana. Sus jornadas no concluían hasta bien entrada la noche; y no sabían, ni siquiera, de una breve siesta… Gustaba recordar la memorable frase de San Juan Bosco: aquí hay que trabajar, ya tendremos todo el Cielo para descansar.

 

         Sus diálogos con la Hna. María de San José solían tener una intensidad excepcional. Y despertaban, ante los circunstanciales interlocutores, no pocas sorpresas y sonrisas. Hermanas de sangre, al fin, a veces se sacaban chispas en el intercambio de opiniones sobre el trabajo cotidiano, o diversas cuestiones domésticas… Siempre, por supuesto, terminaban ayudándose con todas sus fuerzas.

        

Fue para tantísimos seminaristas una verdadera madre. Especialmente con los más pobres, y con los que tenían lejos a su familia, se prodigaba por completo, con absoluta discreción. Velaba, en particular, para que no les faltaran alimentos, vestimenta, remedios y algunos dinerillos para viajes y viáticos. Recuerda a unos y otros de un modo entrañable; con una discreción contundente, que nunca supo de fisuras.

 

         Genio y figura hasta la sepultura, cada vez que la visito no puede callar su “reproche” porque no lo hago con frecuencia. Me consuela, de cualquier modo, con palabras de aliento; cuando le relato mis apostolados, y la consiguiente falta de tiempo. Y termino arrancándole una sonrisa cuando la felicito por sus nuevas arrugas; y por seguir postergando, indefinidamente, alguna cirugía estética para eliminarlas… Sabe, por cierto, que son las huellas del amoroso paso de Cristo por su vida, y las luce entonces con femenina honra.

 

         Bien monja y, por lo tanto, bien mujer es un testimonio de roble frente al feminismo degradante que busca aniquilar a las mujeres; y, por supuesto, acabar con el hábito y la vida religiosa. Derrocha una paz que ningún poder económico ni mediático podrá destruir jamás. Y, por eso, como tantos otros consagrados, son parte de la solución, y no del problema, en esta hora turbulenta de nuestra amadísima Santa Madre Iglesia.

 

         Quise escribirle este homenaje a horas de iniciar la Semana Santa. Y lo hice convencido de que hoy, más que nunca, debemos honrar a quienes, en la Iglesia, jamás se despegan de su único Señor. Y que lo acompañan, resueltamente, en su camino del Calvario.

 

         ¡Gracias, una vez más, querida Hna. Margarita! ¡Gracias por recordarme, nuevamente, que más allá de todas las reuniones, y de todos los discursos, la verdadera reforma de la Iglesia solo se hace en el combate diario por la santidad! Y que esa lucha, sin cuartel, se libra casi siempre en el anonimato. En ese ámbito maravilloso de eternidad anticipada, donde todo contribuye para la verdadera gloria de Dios…

 

 

 

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