Los nuevos desaparecidos y el alquiler de vientres

 

A nivel generalizado, en la Argentina se habló y se habla sobremanera aún hoy sobre el tema de los desaparecidos, en alusión a aquellas personas que –en el contexto de la guerra que la Nación libró contra la subversión y el terrorismo– fueron privadas de su libertad en razón de su colaboración y/o pertenencia a estructuras clandestinas (fuesen inocentes o no) durante el llamado Proceso de Reorganización Nacional, período histórico que atravesó nuestra sociedad entre los años 1976–1983. Es innegable que se trata de una cuestión sumamente sensible, considerada por gran parte de los argentinos como un capítulo infortunado de nuestra historia.
 

En efecto, se proclama constantemente que a aquellas personas se les ha negado el derecho a su identidad, entendida ésta como un derecho fundamental que asiste a todo hombre por su mera condición de tal y que, por tanto, merece ser reparado siempre. Así pues, se habla de una Memoria necesaria para recordar tales hechos aberrantes y del Nunca Más como propósito firme de que no se vuelvan a repetir.

 

Ante ello, corresponde dejar en claro que el derecho a la identidad es vital y que nadie debe ser privado de ella; absolutamente todos tenemos el derecho a saber de dónde provenimos, cuáles son nuestros orígenes, tanto biológicos como históricos. Sin embargo, para que estas afirmaciones sean justas y equilibradas deben ir acompañadas de un proporcional repudio a las acciones perpetradas por los grupos terroristas que en aquellos tiempos asolaron a la Argentina.

 

Sentado aquéllo, debe señalarse la enorme contradicción e hipocresía con la que un sinnúmero de sujetos se maneja en relación a este tema. ¿En qué radica dicha contradicción? En que estas personas, que tanto discurren sobre la mencionada temática, al mismo tiempo que sostienen defender el derecho a la identidad promueven y quieren imponer al resto de la sociedad –incluso mediante la legislación– la ideología de género, cuyos propagandistas persiguen, entre otros objetivos, el que parejas del mismo sexo puedan adoptar o que simplemente un hombre pueda ser padre en soltería.

 

Sabemos que la naturaleza indica que los seres humanos nacen como fruto de una relación de tipo sexual entre un hombre y una mujer. Ahora bien, esto que apuntamos no les interesa a los sujetos que arriba mencionamos. Es que se desentienden sin más de lo que dicta la realidad. Están inmersos en una ideología y por definición ésta busca imponerse a la realidad, sin ajustarse a los límites que ella demarca. Así pues, aquellos ideólogos terminan por negar el derecho a la identidad de las personas. ¿Y cómo sucede tal cosa? Simple: para que dos hombres (o uno sólo que decida ser “padre soltero”) tengan un hijo, será necesaria la donación de gametos femeninos y el alquiler de vientres: la locación de seres humanos como cosas. Por tanto, los bebés que nazcan de tales uniones no sabrán quiénes son sus progenitores, no conocerán a sus padres, sus orígenes biológicos. No tendrán una identidad.

 

Baste como ejemplo de lo antedicho el caso del fallecido Ricardo Fort, quien tuvo a sus dos hijos, Felipe y Marta Fort, a través de la implementación de las técnicas de reproducción artificialmente asistida. Para su obtención, compró primero en forma anónima óvulos, luego los hizo fecundar y finalmente contrató a una tercera persona para que preste su vientre. En consecuencia, sus hijos no conocieron la identidad de la mujer que prestó los óvulos con que fueron engendrados. Es decir que, a pesar de que –desde la óptica de la generación de una nueva vida– existió la intervención de un óvulo femenino (y éste fue implantado en el seno de otra mujer), desde el punto de vista materno-filial ellos no conocen ni tienen vínculo alguno con la persona que los trajo al mundo. No tienen a quién decirle mamá, sólo tienen como “madre” una mujer que prestó su vientre a cambio de dinero: una transacción comercial. A ellos, pues, se les está negando injustamente su derecho a la identidad. Y estas prácticas, si bien no están legalizadas en la Argentina, son defendidas y justificadas por periodistas en ocasión de comentar e informar casos como el de Fort o el de Marley. Éstas víctimas que nacen hoy en tales términos constituyen los nuevos desaparecidos, a quienes se les niega su identidad.

 

Ante esto, nos preguntamos: ¿En qué clase de contradicción incurren quienes pregonan que el derecho a la identidad es primordial, que corresponde por naturaleza a todo ser humano –condenando a quienes han hecho desaparecer forzada, ilegal e injustamente a numerosos ciudadanos argentinos– pero al mismo tiempo promueven enérgicamente ideologías y leyes que implican –en los hechos– el privar a las personas de su derecho básico a conocer sus orígenes, a su identidad? La contradicción es total.

 

Es evidente que tales personas manejan un doble estándar y juzgan que algunos desaparecidos deben lamentarse y otros festejarse.

Seamos coherentes, defendamos el derecho a la identidad de todas las personas, sin restricciones ni discriminaciones arbitrarias.

Por Francisco Llambías, con la colaboración de Juan Carlos Monedero (h)

Permitida su reproducción citando autor y a la www.lacumbrera.com

 

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