Hermana Juliana: entre el atardecer y la orilla de eternidad

 

      Nuestro genial Hugo Wast, en su libro “Navega hacia alta mar”, escribió: “Todo sacerdote joven me parece un buque que parte por primera vez hacia alta mar. Todo sacerdote viejo me parece un buque que va llegando al puerto… No sé por qué razones siempre que veo un buque viejo me pongo a imaginar las aventuras, los peligros, las tormentas que ha pasado; y delante de uno nuevo, todo lo que le aguarda… El viejo va llegando al puerto, con su casco despintado, sus velas en jirones, sus masteleros en astillas, pero con su proa tajante y su timón obediente y firme, de modo que se mantiene en la buena ruta”. Lo mismo puede decirse, claro está, de las religiosas; y de todos aquellos consagrados que, sobre el final del camino en la Tierra, pueden repetir con San Pablo, he combatido el buen combate, he concluido mi carrera, he conservado la fe (2 Tm 4, 7).

 

         Con casi 94 años, la Hermana Juliana se fue a vivir al Hogar para religiosas mayores que su congregación posee en Santos Lugares, a metros del Santuario de Nuestra Señora de Lourdes, y a pocas cuadras del límite con la Capital Federal. Nunca podríamos decir, en su caso, que esa será su casa de descanso… No existe esa palabra en su vocabulario.

 

         La conocí hace poco menos de treinta años, recién llegado a Buenos Aires –adonde fui a buscar progreso profesional y económico, en el periodismo-, desde mi Rosario natal. Estaba dando modestos pasos en mi camino de conversión, y de regreso a la Iglesia; cuando me conmovió su generosa entrega a los pobres más pobres de la zona de Congreso – Once. Claro que, por entonces, aún veía en ella, por sobre cualquier otra consideración, una buena nota para el noticiero televisivo en el que trabajaba…

 

         Había colaborado, desde un principio, con el padre Luis Kukovica, íntegro y fiel jesuita esloveno; quien fundó, en 1982, el comedor para ancianos de la calle en la iglesia Regina Martyrum, a metros del Congreso. Y ocho años después, cuando la conocí, el país estaba en medio de la hiperinflación; y no había dinero ni comida que alcanzara para paliar el hambre de vastísimos sectores. Gracias a la difusión que hacíamos de su obra, por los medios, poco a poco se iban obteniendo recursos… Y el pueblo, generosamente, respondía de acuerdo con sus posibilidades. La historia siempre se repite: en las emergencias, más que nunca, está la Iglesia para hacerse cargo de los pobres que el Estado genera y multiplica…

 

         Era una lucha cada vez que quería entrevistarla. Rechazaba aparecer en cámaras, de manera tajante. Y siempre derivaba los micrófonos hacia algún sacerdote, o laico comprometido en la obra. No quería saber absolutamente nada con figurar. Y recibí, por lo tanto, un sinfín de reproches cuando, con astucia periodística, lograba arrancarle unas palabras, con la cámara encendida; o le mandaba otros colegas para entrevistarla. Solo amainaba, en parte, el temporal cuando veía llegar las donaciones que la Divina Providencia, a través de almas generosas, acercaba a su cocina.

 

         Me enteré, al mismo tiempo, que desde 1971 atendía en la residencia de Matheu e Hipólito Yrigoyen, un comedor a precio simbólico para jubilados, empleadas domésticas, y trabajadores informales, con escasísimos recursos. Apenas, claro está, cubría los costos… Pero lo suyo, obviamente, no era hacer negocio; sino sembrar Evangelio entre el guiso y la soledad, como escribí en uno de mis libros. Y servir a Cristo en los más necesitados (Mt 25, 31 -46).

 

         Poco a poco, nos fuimos haciendo amigos. Y, más allá de las cámaras, almorzamos varias veces; ella, ciertamente, levantándose a cada momento, para atender el comedor. Compartimos innumerables charlas sobre el Señor y la Iglesia. Fue testigo privilegiado de mi discernimiento vocacional, ingreso al Seminario, y de mis primeros años como Sacerdote. Me acompañó en todo momento: en las buenas y, mucho más, en las malas. Yo la adopté como madre espiritual; y ella, con sabiduría y firmeza, ejerció esa condición con absoluta naturalidad.

 

         Siempre estuvo un paso adelante. Tiene ese especial olfato de aquellos consagrados que no esperan que se los llame cuando arrecian las tormentas. Estaba en el momento justo, con discreción; pero, también, con absoluta presencia.

 

         Llegó a cocinar, con sus colaboradores, para cerca de quinientas personas, cada mediodía. Detrás de cada plato, de cualquier modo, se escondía una lucha titánica para conseguir los recursos… Todas las donaciones eran bienvenidas; aunque en el comienzo y desarrollo de muchas de ellas, se escribían largas historias de oportunidades y desencuentros…

 

         Huyó, toda su vida, de ese tipo de reuniones en las que se habla mucho, se define poco, y se realiza casi nada… Debió sentarse, de cualquier modo, con presidentes, ministros, y funcionarios de todo pelaje; con empresarios de distintos niveles, y con voluntarios de diversas procedencias. Hablaba allí lo justo y necesario; su propia obra, cristianísima, era elocuente en sí misma.

 

         Jamás se embanderó políticamente, ni usó a los pobres para escalar posiciones o recibir los aplausos del mundo. Rechazó, asimismo, hacer carrera en su congregación; y cuando, por obediencia, debió aceptar cargos de responsabilidad, lo hizo con la mejor voluntad, aunque venciéndose a sí misma. Su fuerte carácter, en colisión con el mío –que no le va en zaga-, hizo que en más de una ocasión estuviera tentado de alejarme… Me rendía, de cualquier modo, ante su lealtad de tiempo completo, lo contundente de su trasparencia, de su amor a Cristo y a las almas; y de su pasión por la Iglesia.

 

         Un poderoso empresario me reveló que estuvo con ella cuando su industria estaba a punto de quebrar. Descargó ante la monja sus pesares, y escuchó de sus labios: “¡Vuelva a Dios! ¡Regresar a la Iglesia será su mejor negocio!” Fue el comienzo de una etapa floreciente en su fábrica; y, sobre todo, de una conversión profunda. De hecho, pasó a ser uno de sus benefactores más generosos.

 

         Carga sobre su diminuta figura una montaña de enfermedades y accidentes. Una vez la encontré a la salida del supermercado, adonde iba cada mañana para las compras, con su cara cubierta de moretones. Con total tranquilidad me explicó que la había atropellado un coche; y que, milagrosamente, salvó su vida. “Usted siempre dándole trabajo extra a su ángel de la guarda”, le repliqué. Breve sonrisa y despedida. Como siempre, estaba apremiada por las urgencias…

 

         El pasado lunes 11 de febrero, fiesta de Nuestra Señora de Lourdes, hace exactamente ocho días, plenamente lúcida y consciente de la importancia de esta nueva etapa, se instaló en su nueva casa. Bajo la protección, claro está, de la Santísima Virgen; salud de los enfermos.

 

         Fui a visitarla, en las últimas horas, y tuve la gracia de compartir, también, con las otras religiosas que allí se encuentran. Ahí seguirá preparándose para el Cielo; pues su preparación comenzó, hace varias décadas, cuando literalmente tuvo que huir, por una ventana, de su casa paterna, para ingresar a la congregación.

 

         Por cierto, sé que me aguarda un nuevo reto, de su parte, cuando se entere de este artículo. Y lo recibiré, con absoluto gusto; pues he aprendido, hace tiempo, que los auténticos homenajes se hacen en vida.

 

          ¡Gracias, enormes gracias, por su fidelidad absoluta a Cristo y a la Iglesia, queridísima Hermana! ¡A seguir navegando, en este atardecer, hacia la Otra Orilla! Allí donde la espera su Divino Esposo, para las auténticas y definitivas vacaciones…

 

Cambaceres, martes 19 de febrero de 2019

 

 

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