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Santa María Magdalena de Pazzi: La oración por los pecadores.

 

"Oren los unos por los otros para que sean salvos: que la oración del justo es poderosa ante Dios" (Sant 5,16)

 

"El que sabe que su hermano ha cometido un pecado, ruegue por él y Dios dará la vida al que peca, no de muerte". (1 Jn 5,16)

 

Comentando estas palabras San Agustín, San Beda y San Ambrosio dicen que aquí se trata del pecador que se empeña en vivir en impenitencia o sea en la muerte del pecado; pues para los obstinados en la maldad se necesita una gracia del todo extraordinaria. A los pecadores que no son culpables de tan grande maldad podemos salvarlos con nuestras acciones. Así lo aseguran, apoyados en esta solemne afirmación del apóstol San Juan: "Reza y Dios dará la vida al pecador".

 

Lo que en todo caso está fuera de duda es que las oraciones que hacemos por los pecadores, a ellos les son muy útiles y agradan mucho al Señor.

 

Y no pocas veces se lamenta el mismo Salvador de que sus siervos no le recomiendan bastante los pecadores.

 

Así lo leemos en la vida de santa María Magdalena de Pazzis, a la cual dijo un día Jesucristo: "Mira, hija, cómo los cristianos viven entre las garras de los demonios. Si mis escogidos no los libran con sus oraciones, serán totalmente devorados". 

 

Muy especialmente pide esto Nuestro Señor Jesucristo a los sacerdotes y religiosos. Por esto la misma santa hablaba así a sus monjas: "Hermanas, Dios nos ha sacado del mundo no sólo para que trabajemos por nosotros, sino también para que aplaquemos la cólera de Dios en favor de los pecadores".

 

Otro día dijo el Señor a la misma santa carmelita: "A vosotras, esposas predilectas, os he confiado la ciudad de refugio, que es mi sagrada Pasión: encerraos en ella y ocupaos en socorrer a aquellos hijos que perecen... y ofreced vuestra vida por ellos".

 

Por esto la santa, inflamada de caridad, cincuenta veces al día ofrecía a Dios la sangre del Redentor por los pecadores y tanto se consumía en las llamas de su devoción, que exclamaba: "¡Qué pena tan grande, Señor, ver que podría muriendo hacer bien a vuestras criaturas y no poder morir!"

 

En todos sus ejercicios de piedad encomendaba al Señor la conversión de los pecadores, y leemos en su biografía, que ni una sola hora del día pasaba sin rezar por ellos.

 

Se levantaba muchas veces a media noche y corría a rezar ante el sagrario por los pecadores. Un día la hallaron llorando amargamente. Le preguntaron la causa de su llanto y contestó: "Lloro, porque me parece que nada hago por la salvación de los pecadores".

 

Llegó hasta ofrecerse a sufrir las penas del infierno, con la sola condición de no odiar allí al Señor. Y el Señor la probó con grandes dolores y penosas enfermedades. Todo lo padecía por la conversión de los pecadores.

 

Rezaba de modo especial por los sacerdotes, porque sabía que su vida santa era salvación de muchos, y su vida descuidada, ruina y condenación de no pocos. Por eso pedía al Señor que castigase en ella los pecados de los desgraciados pecadores. "Señor-decía-, muera yo muchas veces y otras tantas torne a la vida hasta que pueda satisfacer por ellos a vuestra divina justicia".

 

Por este camino salvó muchas almas de las garras del demonio, como se puede leer en su biografía.

 

 

Texto extraído del libro "El gran medio de la oración" de San Alfonso María de Ligorio.

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