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Otro Samuel; otro que, al fin, escuchó a Dios

  ¿Padre, me puede decir dónde puedo encontrar trabajo, por aquí? La pregunta me tomó absolutamente de sorpresa, no solo porque iba concentrado, por la calle, rezando el Rosario, y me encontraba muy lejos de mis habituales apostolados, sino sobre todo por el contenido del pedido. Es común que, en plena vía pública, a distancia de nuestros diarios lugares de atención(parroquias, colegios, etc.) a los curas nos pidan de todo, menos trabajo…
      
 Percibió, indudablemente, mi cara de asombro y redobló su solicitud: Sí, padre, de cualquier cosa; aunque sean changas. ¡Lo necesito con urgencia! Me di cuenta por su acento de que era extranjero. Y, sin que se lo preguntara, se apresuró a decirme:Nací en Paraguay, de padre argentino y madre paraguaya; pero viví en distintos países, varios años… Acabo de llegar a la Argentina para empezar una nueva vida; y necesito ganarme el pan…

 

       La tórrida mañana porteña dibujaba en su rostro gruesas líneas de sudor. Como si, además de las temperaturas reinantes, cargara sobre sus espaldas las consecuencias de una ardua carrera. Y así era, en efecto… A borbotones me contó su dramática historia de abandonos familiares, y partidas precipitadas. Y de una fe cristiana nunca lo suficientemente creída, ni vivida; que lo había llevado a las garras de una temible secta anticatólica, bien dotada de recursos económicos, y nefastos mecanismos de manipulación y lavado de cerebro…

 

       Y he vuelto –enfatizó- a la Iglesia Católica, padre, luego de años de haberla dejado. ¡Solo Dios sabe qué liberación he vivido! ¡Y aquí estoy; dispuesto a crecer, día a día, de cara al amor del Padre!

 

       ¡Bienvenido en el regreso a casa –le dije- Éste siempre será tu hogar! Y, como San Pablo, olvidando el camino recorrido, a lanzarse hacia adelante, y correr en dirección a la meta, para alcanzar el premio del llamado que Dios te ha hecho en Cristo Jesús (Flp 3, 13 – 14).

 

       Siguió narrándome algunas de sus desventuras; y se le encendieron los ojos al hablar de la Confesión y la Eucaristía.¡Padre –exclamó-…! ¡Años sin confesarme ni comulgar! ¡Lo hice, nuevamente, hace pocos días…!. ¡Por Dios, Señor! ¡La Comunión, la Comunión…!.

 

       Le coloqué, sobre su cuello, el Rosario que venía rezando; lo bendije y le di un fuerte abrazo. Sus lágrimas abundantes, se confundieron con su no menos intenso sudor. Su rostro estaba transfigurado. En pleno estío habíamos vivido, por unos instantes, casi un Tabor…

 

       Por estar en una zona de hospitales (acababa de celebrar, en uno de ellos, la Santa Misa, para ancianísimas monjas que, aun estando más enfermas que muchos enfermos, no dejan de cuidarlos cada día) le di algunas referencias sobre locales de comercio y de servicios; donde, seguramente, podrían echarle una mano. Otro abrazo, y la despedida.
  • No me dijiste tu nombre, hijo…
  • Samuel, padre. Me llamo Samuel; como el de la Biblia…
  • ¡Fuerza, muchísima fuerza, Samuel! En efecto, cuatro fueron los llamados de Dios a Samuel (1 Sam. 3, 1 – 11). Como él, finalmente, supiste reconocer su voz. ¡Que, también, puedas decirle siempre: Habla, Señor, porque tu servidor escucha (1 Sam. 3, 10).
       Seguí rezando el Rosario, con los dedos, pues ya había regalado todos los que llevaba conmigo… Y, como siempre ocurre en estos casos, no paraba de agradecerles, a Dios y a la Virgen, que me enviaran, una y otra vez, estos regalos.

 

       El enorme don del Sacerdocio, una vez más, producía abundantes frutos de gracia. Samuel había llamado a un sacerdote porque lo reconoció, con su vestimenta sacerdotal. Y ese sacerdote, que iba muy apurado, volvió a darse cuenta de la imperiosa necesidad de que lo urgente jamás debe matar a lo importante. Y todo se dio, precisamente, en la memoria de Santo Tomás de Aquino que, como su padre de religión, Santo Domingo de Guzmán, tuvo en el Rosario una de sus armas más potentes…

 

       Fue el Doctor Angélico quien escribió: La esencia de la caridad es hacerse amigo de Dios, en tanto que Él es feliz y la fuente de la felicidad (Santo Tomás de Aquino, Quaestio Disputata De Caritate, II, ad 8). ¡Que Samuel, con su nuevo trabajo; y, sobre todo, con su nueva vida, pueda experimentarlo siempre! ¡Y que nosotros, los curas, especialmente cuando estemos cortos de tiempo, podamos repetir, Habla, Señor, porque tu servidor escucha! Nada hay más urgente que una orden de Dios; a la hora de hacernos cargo de uno de sus hijos…
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